Rituales (Álvaro Ortiz)

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Hace casi tres años Astiberri publicó Panorama, la novela gráfica española hoy, una antología de historietistas contemporáneos bastante interesante coordinada por Santiago García. Cuando leí Derretido de Álvaro Ortiz -uno de los cómics incluidos en la misma- me quedó la sensación de que algo se me escapaba en su lectura, pese a ser una historia interesante, muy intrigante. Posteriormente hice una asociación de ideas: lo relacioné con un género de historieta concreto y aún más con una editorial. Me dio la impresión de que Ortiz había dibujado una vuelta de tuerca de los cómics de terror de la EC, un anticómic de los de aquel estilo. Contemplar Derretido desde esa óptica me hizo valorarla como una de las mejores de la antología.

 

Para quien no conozca lo que son “los cómics de la EC”, me estoy refiriendo a los tebeos que publicaba la editorial americana Entertaining Comics entre mediados de los 40 y mediados de los 50 y que abarcaban todo tipo de historias de terror -pero también tebeos de humor, historias criminales e historias bélicas-, ambientadas en escenarios muy distintos. Su cabecera más conocida era el popular Tales from the crypt. Aquel tipo de historieta -como Derretido– se desarrollaba en muy pocas páginas. A base de leer cómics y cómics de esa casa, uno era capaz de pillar los patrones narrativos que imperaban habitualmente en las historias.

 

Un ejemplo: un par de personas -posiblemente de dudosa reputación o directamente con antecedentes criminales- se encuentran ante una oportunidad de hacer una fortuna, conseguir poder o un artefacto mágico. Algo en el camino supone para conseguirlo: un fantasma, una maldición, un guardián, unas reglas a seguir, un peligro indecible. Sin embargo, el obstáculo definitivo y real es la moralidad de los propios protagonistas. Frecuentemente, el más malo de los personajes muere, básicamente por ser malo pero también por no entender el mecanismo o las normas de a lo que se enfrenta. Siempre queda el auténtico protagonista, que es el que llegará al final. Si éste cede a la baja moral y además se cree más listo que la situación a la que se enfrenta -y no lo es- este acostumbra a pringar al final de la historia. Frecuentemente también, al final de la historia una voz narrativa se dirige al lector diciéndole que es que esto le ha pasado por ser malo/avaricioso/lujurioso/mentiroso/gañán y que jugar con fuerzas que no se comprenden, mal asunto. Los cómics de EC atrajeron la atención del público por toda su truculencia, por el atractivo hacia lo oscuro y por esos giros finales que dejaban al corazón inocente con el culo torcido. Tenían una intención muy clara de acojonar al lector -eran cómics de terror, claro- pero sobre todo eran cómics que buscaban dejar caer alguna moraleja final y en eso no dejaban de ser continuadores de las fábulas y cuentos para niños, una evolución moderna de los mismos. “Las apariencias engañan”, “no vayas con extraños”, “no engañes al prójimo”, “no te aproveches del débil”, “no toques lo que no es tuyo, más si tiene cuatro mil años de antigüedad, tiene inscripciones extrañas y está guardado en sótanos oscuros”.

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Derretido tenía mucho de los elementos de esos tebeos. Empezando con un señor desconocido que se derrite en público, ya me vino a la mente Aire frío, un relato breve de H.P. Lovecraft adaptado a cómic por Bernie Wrightson y publicado en la revista Eerie -revista de tebeos de terror continuadora de la tradición de la EC- en el 1975. Luego había un protagonista que le manga la cartera y otras posesiones a este señor desconocido ya fallecido-ya tenemos algo de amoralidad por ahí- y con ella accede a una extraña estatuilla que representa a un individuo de corte tribal con un falo gigantesco y que no sabe bien-bien de donde proviene ni para qué sirve. Y a partir de ahí el esquema clásico de tebeo de terror se subvierte. La estatuilla sigue estando presente en toda la historia e intuimos que algo va a pasar o está pasando, pero no sabemos el qué. El protagonista, a poco que le conocemos, vemos que tampoco es un avatar de la maldad, ni un ejemplo a evitar. Es un tipo como cualquier otro, con sus historias y sus rollos: lo que ha hecho no es para que lo cuelguen del palo mayor. E incluso el tipo se plantea enmendar el acto del robo. A medida que prosigue la historia vemos que no hay un crescendo del drama, no hay una revelación de la verdad definitiva y auténtica o de un secreto terrible y, por supuesto, no hay moralina final. Nadie nos come la cabeza con lo que está bien o lo que está mal. Solo queda el silencio, para que cada uno valore o imagine lo que quiera. Además de todo eso, si alguien recuerda el estilo gráfico de los cómics de la EC, verá fácilmente que hay un mundo de diferencia entre sus convenciones gráficas y el estilo de Álvaro Ortiz. Pero eso no impide que Ortiz cuente una historia de ese género -trucando truculencia por misterio- y que lo haga con su inconfundible estilo, con su voz, dando como resultado una historieta en las antípodas de su posible referente original, sin perderlo del todo de vista. Y aquello permitía afirmar que Derretido era más una historia “de autor” que una historia “de género”.

 

El salto de Derretido a Rituales, la obra que nos ocupa y que incluye a la primera, tarda unos dos años aproximadamente. La historia original pierde su título -además de ser redibujada por completo- y entra a formar parte del coro de relatos que conforman esta novela gráfica. La premisa que yo le encuentro a Rituales es muy parecida a lo que creo que se buscaba en Derretido. Si antes teníamos el eco de una historia de terror ahora lo que tenemos es un eco de una gran novela de intriga, conspiraciones, tramas con sectas que quieren despertar a antiguos dioses y por supuesto, terror. Pero Ortiz obvia todo eso o casi todo eso en el cómic. Por decirlo de alguna forma, rodea el grueso de lo que podría ser una novela de ese género, contando historias paralelas o secundarias, historias con un punto muy costumbrista y que aquí se convierten el relato principal. Así, nos cuenta la historia de varios personajes en varias geografías y épocas. Muchas tienen que ver con algunos de los temas-fetiche de Ortiz: viajes al extranjero, biografías breves, historias de estudiantes que quedan para tomar café… De alguna forma y en mayor o menor grado, todas esas historias tienen relación con la gran historia, con “lo gordo” que está sucediendo fuera de cámara y que nunca se nos enseña por completo. Porque realmente no es necesario: cuando uno llega al final de Rituales sin enseñarnos “lo gordo”, nosotros sabemos exactamente lo que ha sucedido y podemos imaginarnos como puede haber sucedido. Somos conscientes de que han habido unos relatos explícitos de los que hemos sido testigos y un gran relato implícito que no hemos visto, pero que sabemos que estaba ahí. La gracia, en este caso, es no ver a los heroicos investigadores -o verlos y que estos no estén a la altura de lo que se viene- no ver a los villanos sectarios, no ver los preparativos para la llegada de una gran invocación. Y a pesar de todo sabemos que andan por ahí aunque no estén dibujados, ni su historia sea la protagonista. Y al final sucede lo que tiene que suceder. Hay un muy sutil marcador “contrarreloj” escondido en las páginas de Rituales, que marca que algo se acerca paulatinamente. Aunque, claro, este es un guiño solo para el lector; los personajes no cazan una al vuelo.

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Álvaro Ortiz, con Rituales, mantiene uno de sus mejores rasgos como autor y, para mí, una de las razones para leerle en cada nuevo tebeo que saca. Y esa es la capacidad de narrar historias con temas realmente “jodidos” -asesinatos, funerales, muertos, algún arranque gore, la llegada del apocalipsis- sin recurrir al drama exagerado ni a la necesidad de epatar al lector. Tiene una capacidad admirable para no caer en trucos sensacionalistas, un cierto espíritu “zen” para la narración pausada y tranquila, prácticamente contemplativa. Nos cuenta ficciones trágicas acariciando lo truculento y continua con un “bueno ¿y qué? La vida sigue, a ver qué es lo siguiente que viene”. En ese punto estoico me recuerda mucho a Beto Hernández en sus historias de Palomar y a cierto maestro japonés del manga tristemente fallecido recientemente, Shigeru Mizuki.

 

No quiero terminar este artículo sin decir también que Rituales me ha parecido la obra más divertida de Ortiz. Pese a que la defino como un “anticómic de terror”, no creo que eso la lleve a ser una parodia de ese género. Pero sin embargo sí que tiene algunos elementos que son más que suficientes para arrancarle una risa al lector. Por un lado, está el hecho de la estatuilla protagonista con su enorme falo y que rompe con cualquier imagen de terrorífico primigenio Lovecraftiano que podamos tener en la cabeza. También hay algunos guiños sueltos, a la mitología de ese mismo autor, que el lector podrá encontrar en algunas viñetas. Y Ortiz tampoco pierde la oportunidad de hacerse autoparodia incluyendo a un personaje que es un sosías de si mismo, que recibe críticas de críticos de cómic variados. Eso sí, a mí lo que más gracia me ha hecho -aunque seguramente no era del todo buscado- ha sido la forma de pisarle a Milo Manara la biografía en cómic de Caravaggio, puliéndosela él en un capítulo de Rituales. Y sin enseñar un solo culo.