La casa (Paco Roca)

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Yo no quería meter aquí demasiados rollos personales pero me dicen por el pinganillo, que está bien, que los blogs, a lo largo de la corta historia de internet, han ido trufados de las anécdotas de cada bloguero. Así que me van a permitir esta excepción temprana, antes de empezar a hablar del último tebeo de Paco Roca.

El primer recuerdo que tengo de esta vida -y que tengo la certeza de que es genuino- es el de estar en el huerto de mis abuelos maternos entre matas de varios tipos. Mi abuelo comenta siempre que me encantaba cagarme donde él plantaba los limones. Aquellos primeros recuerdos de aquel sitio los recuerdo con mucha luminosidad, a pesar de que realmente la casa era como un apaño de ladrillos y muy oscura en su interior. Llamarla “casa” quizás era un cumplido, porque realmente todo aquello estaba como a medio terminar.  Mi abuelo se vino a Cataluña con la familia desde Granada y siempre tuvo aquí lo que nosotros llamábamos “el terreno”. El primero -este de mi primer recuerdo- fue en Vilanova i la Geltrú. Pero luego lo vendió y compró un segundo, en Castelldefels. El mismo proceso sucedió unos años más tarde con un tercero, en un pueblecito de la Anoia, que es del que guardo más y mejores recuerdos; la casa, en comparación con las anteriores, estaba más acabada.

“El terreno” siempre tenía la misma composición en los tres casos: entre la mitad y una tercera parte de la superficie lo ocupaba una pequeña casa -levantada por mi abuelo y amigos o familiares- y el resto lo ocupaba un huerto con una caseta para tener algunas gallinas o conejos. “El terreno” era el lugar donde se pasaban las vacaciones y muchos fines de semana. Era el lugar donde la familia materna se reunía con frecuencia -jamás entendí como llegábamos a caber tantos en un espacio tan pequeño- y donde nos arrejuntábamos todos los primos de esa parte de la familia para orquestar maldades. Pero pasó el tiempo, los abuelos -aunque parezca mentira- envejecieron y dejaron “el terreno” para irse a vivir a un piso en la localidad donde vivían la mayor parte de los hijos.

Leyendo La casa de Paco Roca al principio no lo advierto pero pronto caigo en la cuenta de que estoy ante -perdónenme la puya- una historia bastante familiar. Narra la historia de tres hermanos que vuelven a la casa del padre para reformarla después de estar mucho tiempo abandonada. Cuando los hermanos retoman el contacto con ese espacio físico y la multitud de elementos que lo componen, se despiertan las memorias del pasado. Una casa ya no es solo una casa. La manguera del patio ya no es solo una manguera. Una higuera ya no es solo una higuera. El recorrido a través de la casa en el espacio es un recorrido también hacia atrás en el tiempo. Los hermanos van rememorando anécdotas sencillas, cotidianas, a veces divertidas, a veces melancólicas. Y todo ello permite que, conjuntamente, reconstruyan la historia y la personalidad del personaje ausente a los ojos del lector: el padre.

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Hay un momento en el que estoy leyendo el tebeo y algo hace “clic” en mi cabeza y conecto la historia que estoy leyendo con la historia de mi familia, con como nos reuníamos todos en aquel “terreno”. Y ahí hay un paralelismo precioso: si la casa de la historia permite a sus personajes rememorar el pasado, La casa (el tebeo) de Paco Roca funciona de la misma forma con sus lectores y sus vivencias particulares con sus respectivas familias. Bueno, a mí al menos me ha pasado pero estoy seguro -por lo que he ido leyendo por ahí- que lo ha hecho también con otros tantos. En mi caso por ejemplo el momento de conexión entre el tebeo y mi familia ha sido una escena en la que dos hermanos se refunfuñan haciendo arreglos: ahí estaba un poco mi familia. A partir de ahí, en la lectura del tebeo, cualquier charla entre hermanos eran las charlas entre mis tíos. Cualquier anécdota del padre plantando algo era la de mi abuelo liado entre tomateras. Y cualquier anécdota y cualquier rincón de “la casa” tenía la plausibilidad perfecta para ser una anécdota y un rincón de “el terreno”, sin importar que hubiera sucedido o no. Hay infinidad de momentos con los que puede conectar cualquier lector: un árbol plantado en un lugar específico, la reparación de una persiana, una visita al médico,… Que nadie vaya a este tebeo buscando un drama victoriano, ni una historia de terribles secretos familiares que salen a la luz. Hay una cierta forma de hacer novela gráfica autobiográfica que parece desesperada por encontrar anécdotas raras, extrañas o extravagantes para elaborar el tebeo perfecto, llamativo y diferente. Jorge de Juan la retrataba y parodiaba un poco en Otra puta novela gráfica. Sin embargo, hay otra vertiente que habla de lo propio y de lo cotidiano sin intentar compararlo con otras experiencias. Que no está constantemente mirando si vive en un lugar común. O que no entiende el “lugar común” como algo defectuoso. Y por ahí anda este tebeo.

En la casa hay emoción y hay sensibilidad, pero construida con calma y a través de un coro amplio de detalles y experiencias sencillas muy cercanas para todo el mundo. Roca usa abundantemente un estilo de narración visual que abunda en el plano fijo, para situarnos y emplazarnos en cada parte de la casa. Pero también lo salpimenta con algunos diagramas muy ingeniosos -que creo que en momentos puntuales conecta mucho esta obra con los tebeos de  Chris Ware– y que acentúan el vínculo entre espacio físico y memoria -o paso del tiempo- por el que nos movemos durante la lectura de toda la obra.

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El caso es que cuando llego al final de La casa, leo el epílogo de Fernando Marías y me cuenta que esta obra guarda un fondo autobiográfico importante. Y yo ya me pongo de rodillas. Paco Roca ha creado una ficción para contar su propia historia -para él- y por el camino ha conectado con todos nosotros. Ha construido una casa en la que todos nos reconocemos y todos nos encontramos.

Para terminar, me van a permitir otra anécdota personal. Hace cinco años visitaba yo el Saló del Cómic de Barcelona con mi infatigable amigo, Diego Cuevas. Jot Down -la web en la que nos estrenamos escribiendo de lo que nos gusta para un público más amplio- estaba a punto de ponerse en marcha y nosotros cruzábamos las puertas del recinto del salón al grito de “SEMOS PERIODISTAS DE TEBEOS” con una ilusión infinita. Y nos zampábamos casi todas las charlas del salón. Yo iba incluso con una grabadora que colocaba indistintamente en la mesa de Javier Mariscal o en la de los fanzineros: todos eran importantes. Una de esas charlas estaba dedicada al pasado, el presente y el futuro del cómic. En una versión de los espíritus de la Navidad de aquel cuento, pero para encarnar el mundo del cómic, el Saló reunía allí a José Lanzón (pasado), Paco Roca (presente) y Carlos Azaustre (futuro). Y en un momento de aquella charla un señor anciano que estaba entre el público se levantó y pidió el micro para agradecerle encarecidamente a Paco Roca que hubiera dibujado Arrugas. Aquel señor -que hasta Arrugas, probablemente solo había leído cómics de cuando Lanzón los dibujaba- agradecía a Paco Roca que hubiera contado su historia y la de muchas personas como él, llegando a mucha gente;  y que para más señas ganaría el Premio Nacional de su año. Es más que probable que a Paco Roca esta escena se le haya dado en mil charlas y presentaciones más. Pero yo estaba fascinado contemplando la prueba de que Paco Roca había conseguido llevar una novela gráfica a un público probablemente muy duro de sacar del antiguo preconcepto de que los cómics son solo para niños, jóvenes y de unos géneros y temáticas muy específicas. Y lo hizo contando la historia presente de esos mismos lectores. Y pese a todo tampoco estaba tan sorprendido: yo, que había leído Maus, Persépolis y otras tantas, ya sabía que una novela gráfica, sin requisitos industriales o comerciales, permite contar cualquier tipo de historia. Claro.

Y entonces va Paco Roca, dibuja La casa para contar una historia propia y me sorprendo dándome cuenta de que con ella está explicando también la mía y la de mucha gente más, con una habilidad y una empatía tremenda, otra vez. Por un rato me devuelve los luminosos recuerdos del terreno de mis abuelos ¡a través de un cómic!. Y tras su lectura me convierte en un señor anciano que humildemente pide un micro para darle las gracias.

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