Inio Asano (II): Solanin

 

 

SolaninPortada

 

El manga, como producto cultural exportado por todo el mundo, deja un cierto imaginario en sus lectores sobre las formas de vida y las costumbres del país en el que suceden sus historias. A través de obras de ficción, aventura y fantasía -las primeras que nos llegaron de forma masiva-, tenemos una imagen del adolescente japonés que se perpetúa obra tras obra. Pero este protagonista estereotipado, esta “variedad de jardín” repleta de clichés oculta mucho de la realidad del colectivo al que pretende representar -si es que lo hace- ya sea contando una épica fantástica, un romance o una comedia. ¿Qué pasa cuando termina el instituto? ¿Qué pasa cuando van a la universidad? ¿Qué pasa cuando salen a buscar trabajo? La historia de la juventud japonesa, retratada en los shonen más comerciales que hemos podido leer aquí, empieza y muere en el instituto. Y a sus lectores nos queda lejos una visión realista tanto de la misma como de lo que sucede después.

 

Hay que dar un salto a publicaciones dirigidas a públicos más adultos para dar con esos retratos algo más realistas, para encontrar historias que profundicen en los personajes y que les den un poco de alma. Por mencionar alguna obra precedente a la que trataré en este artículo, destacaría Nana de Ai Yazawa, manga josei -manga destinado a mujeres adultas- seriado que cuenta la historia de dos jóvenes chicas con objetivos muy diferentes en la vida que buscan independizarse en Tokio y acaban compartiendo piso. Nana tuvo bastante éxito -y desprendo de ello que había un público muy amplio interesado en este tipo de relatos-, pero una enfermedad retiró a su autora de la continuación de la obra en el 2009; pese a que Yazawa se recuperó, la obra quedó paralizada y sin final.

 

Solanin, de Inio Asano, por suerte, no ha tenido esa mala fortuna. Una de sus mayores bazas es que, a pesar de haber sido seriada en una revista, está pensada más como una “novela gráfica” con sus correspondientes capítulos -y un mapa de ruta muy claro- que como un “culebrón” a una deriva, algo que los editores podrían pedir estirar mientras la obra sea exitosa entre el público. Solanin no tiene ese problema, no parece regirse por audiencias ni por encuestas de éxito. Y quizás por eso uno de los adjetivos que más se repite cuando se habla de este manga es que es una obra “redonda”. Y es así. Conocemos a los personajes sobre la marcha, en su vida cotidiana, sin un gran evento que marque el arranque de la historia. Paulatinamente se nos presentan sus dilemas, que van evolucionando o complicándose. Y hacia el final estos problemas se resuelven -de una forma o de otra- dejándole al lector una sensación de cierre, de que el autor ha contado exactamente lo que quería contar. Todos los personajes tienen su espacio, tanto los protagonistas como los secundarios -que prácticamente dejan de serlo por el mimo con el que se les trata- y hay un control absoluto del ritmo y del tono con una visión perfecta de la historia al completo. Uno de los éxitos de Solanin, pues, está en desmarcarse de estas dinámicas editoriales que arruinan el conjunto de la obra. Sabe contar una historia y tiene presente que esta tiene que tener un cierre. Y esto es capital en esta obra en la que uno de los temas que toca -quizás el gran tema de la obra, aunque no el único- es el de como los individuos nos sobreponemos a ciertas dificultades poniendo voluntariamente un punto y final a ciertas cosas. Porque si no lo hacemos, a la larga, pueden hacerse obsesivas y perjudiciales para nosotros. El mensaje es poderoso por si mismo. No sé si de forma metaliteraria incluso pueda servir como recadito para el mundo editorial japonés.

 

SolaninPersonajes

 

La historia trata de un grupo de jóvenes que se halla en el momento de transición entre los estudios y el mundo laboral. Asano nos pone en la piel del colectivo de los veinteañeros japoneses en la tesitura de decidir un camino en la vida. ¿Me busco un trabajo de oficina, estable, mecánico y aburrido, donde empezaré siendo el último mono y quizás pueda ascender a algo más dentro de un sistema jerárquico y así hasta el fin de mis días? ¿O bien me decido por una opción más arriesgada, más vocacional y más creativa pero con altas posibilidades de fracasar? Aquí se aborda un “drama” generacional japonés, que no está tan lejos del de las inquietudes de cualquier joven recién salido -o a punto de salir- de la universidad, en cualquier otra parte del primer mundo. Engancha porque, de alguna forma -y al menos inicialmente- trata de responder a estas preguntas. O, como mínimo, pone la pregunta sobre la mesa y así visibiliza una incertidumbre generacional y una crítica hacia un mundo laboral gris, autoritario y poco enriquecedor. La resolución de ese dilema define el salto de la juventud a la adultez. Que no necesariamente a la madurez, ojo. Y eso es mucho.

 

El caso es que Solanin empieza desde lo cotidiano y desde lo universal, mostrándonos a unos personajes con los que el lector se puede identificar más o menos fácilmente. Pero a medida que pasan las páginas los personajes dejan rápidamente de ser “cualquier posible joven” o “cualquier posible persona”. El autor va ahondando en los personajes y hace aflorar ante el lector sus miedos y sus inquietudes. Y los inunda de pequeños detalles expresivos que los hacen únicos. Ya no nos importan porque pudieran ser como nosotros por tener vidas o inquietudes similares. Nos importa lo que se cuentan -lo que nos cuentan-, lo que van a hacer, lo que van a decir o lo que sienten porque les sucede a ellos y solo a ellos. Los personajes se convierten un poco en amigos del lector. Asano ha conseguido que desarrollemos una empatía con los personajes, colocándonos, como uno más, dentro del grupo.

 

Leyendo el cómic se me descubren un par de técnicas narrativas de como Asano llega a eso -en Solanin es tan importante el qué como el cómo-, a crear esa relación directa entre un personaje y el lector. Una de ellas es el uso del primer plano en los diálogos entre los personajes. Cuando un personaje tiene una charla con otro, el autor nos pone el punto de vista del personaje que escucha, “nos convierte en él”; o casi, a veces a un metro por detrás del personaje. Pero lo que importa es que nos pone cara a cara con el personaje que se está expresando y prácticamente parece que nos lo cuente todo mirándonos a los ojos. Y así, a medida que vamos leyendo el cómic no es raro que nos sintamos como parte de ese grupo de amigos. Asano se ha preocupado de dedicarles momentos significativos a cada personaje, incluso a los secundarios, por lo que a todos los vamos conociendo a base de incluirnos en esas conversaciones en las que estamos muy cerca del personaje que nos explica su vida. Esta técnica, por supuesto, no la inventa Asano, pero la aplica y desarrolla excelentemente bien. Es característica de otros mangakas y en particular me recuerda mucho -aunque no tengan nada que ver en cuanto a género- al Naruto de Masashi Kishimoto, que constantemente nos pone la cámara junto a sus personajes, como si estuviéramos al flanco de los mismos, como un personaje más.

 

SolaninMeiko

 

La otra técnica relevante para el desarrollo de la empatía es mucho más íntima, cuando se expresa un monólogo interior en forma de texto acomodado en viñetas enteras. Se hace partícipe al lector de la intimidad última del pensamiento de los personajes de lo que quizás no expresarían a nadie. Así, de alguna forma, ese monólogo interior deja de serlo para convertirse, de nuevo, en una especie de diálogo con el lector. Bueno, yo al menos me he encontrado a mí mismo leyendo pasajes de la intimidad de los personajes y evocando mis propias experiencias personales mentalmente como si a ese personaje -a ese amigo- pudiera servirle mi experiencia como ayuda.

 

A Solanin, para concluir, no le falta ni le sobra nada. Sabe lo que quiere contar y como quiere contarlo. Es quizás la obra más luminosa de Asano de entre las que hemos podido ir leyendo por aquí aun con sus “medias horas oscuras del alma”. No le falta tampoco algunos golpes de humor con los que el autor consigue aliviar y/o romper algunos momentos de drama o incluso para jugar un poco a la tragicomedia-un recurso que hemos visto en las obras de más reciente publicación como Buenas noches, Punpun o Dead dead demons dededede destruction-. Al final, Solanin es un canto a la fuerza interior de cada individuo para tomar decisiones en momentos duros, al salto al vacío hecho con valentía. Pero también es un canto a la solidaridad, al apoyo mutuo ante las dificultades, a seguir hacia adelante acompañado de los que queremos. Es una despedida de las inseguridades a las que nos habíamos ido agarrando y que nos conectaban más con una soledad estéril que con un mundo compartido con otros lleno de posibilidades.

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Un comentario en “Inio Asano (II): Solanin

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