El piano oriental (Zeina Abirached)

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Pudiera pensarse que la novela gráfica, como forma ya evolucionada y madura del medio del cómic y basada en la libertad del autor y en la expresión de su estilo personal, nos llevaría a una situación donde abrir las páginas de cada obra sería una sorpresa tanto en lo visual como en lo argumental. Que quedaríamos libres de tópicos y temas recurrentes, pero también de estilos canónicos e imposiciones editoriales. Pero al fin, en la literatura gráfica pasa también como en la literatura textual. Los estilos gráficos y narrativos más personales al final devienen en influencias y escuelas. Y los nuevos autores acuden a los “nuevos temas”, generando el amago perceptivo en los lectores de que nos hallamos delante de géneros y subgéneros modernos asociados permanentemente a la novela gráfica, al cómic en forma de libro: la biografía, la autobiografía, el humor costumbrista, la novela histórica, etc. Por si fuera poco, las convenciones habituales nos pueden llevar a pensar que esos “nuevos géneros” van ligados a unos estilos de dibujo y de narrativa visual muy específicos, como nos tenían acostumbrados los formatos físicos y formas narrativas precedentes, tanto  el cómic de superheroes, como el manga puramente shonen o el album de humor y aventuras franco-belga. “Este estilo de dibujo es muy de superheroes”. “Este estilo de dibujo es muy de manga”. “Este estilo de dibujo es muy de bédé”. Y al fin, también “este estilo de dibujo es muy de novela gráfica”.

 

Por eso, cuando cae en mis manos El piano oriental -especialmente siendo la primera obra de  Zeina Abirached que leo- aparece revoloteando el fantasma de la comparativa prejuiciosa con obras de otros autores de similares características. Creo que es muy difícil leer a Abirached y no pensar en Marjane Satrapi o David B, claro. Pero la cuestión es que además estamos ante una obra que conecta oriente con occidente -con nexo en París-, que también tiene elementos biográficos y para rematar el cúmulo coincidente también tira de realismo mágico. La sombra de Persépolis y Epiléptico es larga, si bien puede ser una referencia interesante para quienes vayan buscando leer “algo como”… una situación típica con la que seguramente se habrá encontrado más de un librero frente a algún que otro lector casual de cómics que empieza a meter un pie en el medio, sin muchas pistas y que ha leído poco y lo habitual.

 

Lo que ocupa las páginas de esta novela gráfica es la vida -o una parte de ella- de Abdalah Kamanja , alter ego del bisabuelo de la autora, músico y afinador de pianos. Esta está centrada en el momento en el que Kamanja tiene la inquietud de hallar una forma de expresar los ritmos orientales a través de un instrumento típicamente occidental como el piano, y que por defecto no puede ejecutar los cuartos de tono. Ese dilema y su resolución es el eje a través del cual se cuenta esta historia, que la autora salpica de anécdotas cotidianas y biográficas para ayudar a explicar el carácter peculiar de su antecesor, un tipo optimista e infatigable. Abirached se esfuerza en resaltar todos los aspectos de contexto que pueden contribuir a influir en ese momento de “eureka”. Y ahí constantemente conecta lo pequeño, lo cotidiano, con lo universal y lo abstracto. Un paseo por la calle repleto de ruidos cotidianos en la mente de Kamanja, de repente dejan de ser “ruido” y se convierten en “música” -o al menos, en ritmo-. Dos hermanos gemelos idénticos en el exterior, pero muy diferentes en lo interior devienen en la representación del equilibrio de los opuestos. Un juego de mikado representa el aprendizaje de un nuevo idioma donde su dominio y comprensión se mezcla con la del idioma de origen y ello forma una madeja única y personal de formas de comunicarse.

 

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Es por esto que, a pesar de que el libro narra una historia, una biografía, tras su lectura vemos que el objetivo es otro y en eso toma distancia con las obras de Marjane Satrapi y David B. La preocupación de la autora va dirigida a expresar todos estos conceptos abstractos que giran en torno a una vida. Expresar  la alegría, la libertad, los entresijos de un lenguaje, la simetría entre culturas -pero también sus diferencias-, la complejidad de las  estructuras musicales, pero también su armonía y su equilibrio . Y para ello, Abirached tira de dos recursos que emplea de forma excepcional. Por un lado, usa la metáfora visual que inevitablemente lleva la obra a los terrenos del realismo mágico ilustrado; y por otro, usa elaboradas composiciones de página donde tanto sentido tiene cada parte de la página -sus viñetas- como el conjunto de las mismas, para expresar esos conceptos abstractos que intenta imprimir en el papel.  La elegancia del libro, a mi entender, es ese cierto ritmo que le pone la autora a la historia: nos lleva a los lectores de lo cotidiano y real a lo abstracto e interior. En un momento Kamanja está paseando por las calles de Beirut y de repente estamos en su mente observando una representación metafórica de la armonía musical. Hay una suerte de idas y venidas que van poniendo en contacto “lo que está arriba” con “lo que está abajo”. Y así, Abirached crea una suerte de sinfonía con la propia historia.

 

Otro aspecto que me ha llamado la atención del libro es un cierto paralelismo que creo que busca su autora. En otras novelas gráficas hay autores cuya estrategia a la hora de contar las biografías de otros es consiste en ponerse en la piel de esos mismos. Diría incluso que no se trata siquiera de una estrategia “racional” sino de una forma de acercarse a la comprensión de una vida ajena de la forma más íntima y comprometida posible. Me viene a la cabeza, por ejemplo, El arte de volar de Kim y Antonio Altarriba: Altarriba busca ponerse en la piel de su padre, para poder contar su historia. Y aquí Abirached dedica una parte de la obra a contar experiencias propias en las que se encuentra entre dos mundos -principalmente aspectos de la cultura occidental y la oriental, y más específicamente en cuestiones de lenguaje- y como busca su propia síntesis. Y en eso, establece un paralelismo con la búsqueda de su bisabuelo en su intento de resolver el rompecabezas de que un instrumento occidental ejecute ritmos orientales. Abirached nos habla de su propio “piano oriental” y con eso convierte el piano oriental de su abuelo en algo más que un instrumento, lo eleva hasta convertirlo en una expresión de la conciliación de aparentes opuestos.

 

Quizás por esa razón la obra tenga también de fondo alguna función terapéutica -que, por cierto, la música también puede tener- buscada de forma consciente o inconsciente. Y me parece muy bien. Al final, Abirached nos demuestra el poder del dibujo para proyectar imágenes y construcciones sobre dilemas o conflictos personales que en la vida real no sabemos ni cómo empezar a abordar y que incluso nos pueden parecer de imposible resolución. Puede que la expresión dibujada en tinta y papel no sea tampoco un chasquido de dedos milagroso que lo resuelva todo, claro, pero como mínimo sí que puede ser un mapa o una carta de navegación que apunte adonde queremos llegar y que nos permita avanzar hacia ello.

 

comic  El piano oriental  de Zeina Abirached

 

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