Poncho fue (Sole Otero)

 

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Ediciones La Cúpula, 2017

 

La novela gráfica que nos ocupa hoy empieza con la explicación de las reglas de un juego “social” que es el que da nombre a la obra. El asunto va de la siguiente forma: dos personas acuerdan que cuando una de las dos vea un seiscientos -un poncho- esta, al grito de “poncho”, está en su derecho de propinarle un golpe al otro y anotarse un tanto. En el “poncho fue” los dos rivales se van anotando tantos y propinando golpes hasta que uno de los dos decida retirarse del juego declarando “fue” o “no juego más”. Es importante hablar de este juego no solo porque la pareja protagonista del libro lo practiquen en sus páginas sino porque a nivel subyacente sirve como una suerte de metáfora conceptual representativa de ciertas dinámicas que pueden darse durante una relación sentimental. Y es el caso de lo que sucede entre las dos personas cuya crónica cuenta el libro.

 

La argentina Sole Otero nos cuenta la historia de Lu, que conoce a Santi y ambos empiezan una relación. Su relato empieza “in media res”, con la pareja ya con una relación más o menos establecida -y bastante tormentosa-, si bien va tirando hacia atrás con sucesivos flashbacks para enseñarnos escenas significativas del pasado. La técnica del flashback, en cómic, puede usarse con muchos motivos: desde dotar de cierto ritmo a la obra, a dosificar la información para crear intriga. Yo creo que el objetivo aquí es invitar al lector a que ejerza una cierta reflexividad. Si nos contara la historia de forma lineal, asistiríamos a la crónica de la relación como una montaña rusa, con sus subidas y bajadas. Sería algo que experimentar pero perdiéndonos en la emoción del momento. Sin embargo, al empezar sobre la marcha y posteriormente irnos transportando al pasado, no solo nos pone en la piel de su protagonista, sino que nos pone en el mismo acto de parar, mirar atrás y reflexionar .”¿Como he llegado hasta aquí?”.

 

Las páginas de la novela gráfica vuelan y pronto nos damos cuenta de que a lo que estamos asistiendo es a una suerte de arqueología del proceso de desarrollo de una relación tóxica. Otero divide los roles de forma muy clara y evidente: Santi es el intoxicador, Lu es la intoxicada. Pudiera ser que alguien, a esta distribución le atribuyera una falta de realismo o un exceso de simplificación: “en una relación tóxica ambos pueden serlo”; “las relaciones son cosas muy complejas, difíciles de determinar sobre quien recae la responsabilidad”; “not all men”; “bla-bla-bla”… En definitiva, alguien pudiera quejarse que al hacerlo así la historia de una relación se quede en fábula,  simplificando la realidad de una relación de pareja. A mí no me parece mal que Otero lo cuente como lo hace. Precisamente porque al hacerlo de esta forma la autora puede exponer claramente todas las dinámicas perversas de dominación, manipulación y abuso de una parte hacia la otra y sacarlas a la luz sin confundir a nadie. Cualquier lectora o lector que haya vivido una relación de este tipo -tanto intoxicadores como intoxicados- podrán reconocerlo de inmediato.  Y para los que estén viviendo algo así pero no sean capaces de advertirlo, la lectura los puede poner en alerta y verse a su propia relación con cierta distancia -una de las mejores lecciones que tiene el libro en cierto momento-. Así que, en mi opinión, la obra no solo tiene un enorme valor desde el punto de vista solidario y empático, sino que también lo tiene desde el punto de vista preventivo.

 

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Y a eso viene el caso de que el “poncho fue” sea la metáfora que sintetice lo que es una relación tóxica. Estamos ante el paradigma de la relación de pareja como una competición donde forzosamente, como en todo juego, debe haber alguien que gane y alguien que pierda; debe haber alguien al que derrotar constantemente en cada comportamiento, opinión y decisión. Cada vez que uno convence al otro de que tiene “La Razón” se anota un tanto. Y así, la relación sigue con uno de los dos agrandando su ego en favor de minar la autoestima del otro. Un detalle significativo del “poncho fue” es que se juega las veinticuatro horas del día, siempre está en marcha, siempre que se está con el otro jugador. Igual que en la relación, la duración es indefinida. Pero solo lo es hasta que uno de los dos dice “basta”. Y esta será otra de las lecciones importantes del libro.

 

A este punto hay que decir que estamos ante una obra dura de leer.  Si el lector o lectora ha vivido una relación de estas características, la familiaridad de prácticamente todas las situaciones ilustradas le golpeará como un mazazo. Aunque tampoco es necesario haber pasado por esa experiencia: un mínimo de empatía hacia Lu nos hace pedir, en varios puntos de la lectura, que su calvario termine. Es posible que el estilo de dibujo que usa Otero despiste inicialmente a algún lector de la temática o la historia que se cuenta en el libro: puede recordar a otros géneros o relatos más naifs. Pero si entendemos los estilos de dibujo como una caligrafía, la “voz visual” de la autora -o la voz escogida para este caso- entonces cualquier estilo de dibujo debería permitirnos poder contar cualquier historia. La narrativa es lo que importa y en eso Poncho fue es impecable. Por eso atrapa al lector en las vivencias de Lu y no lo suelta hasta el final: le hace vivir lo que lee y le hace pensar sobre lo que lee. También provoca vergüenza si alguna vez ha tratado de manipular, abusar o culpabilizar a su pareja;  le revela que no es necesaria la violencia física para abusar de alguien. Y para expresar todo eso no es necesario un realismo naturalista en el dibujo. El realismo está en lo que se nos cuenta, en como Otero ha tomado una infinidad de “anécdotas” de pareja y las representa en la historia dentro de ese ciclo eterno del abuso-conflicto-perdón y vuelta a empezar. En ese aspecto, en la narrativa que nos atrapa, Poncho fue cumple y nos pondrá un nudo en el estómago en numerosas ocasiones.

 

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Uno de los aspectos fuertes de la obra está precisamente en las cuestiones de expresividad.  Abunda el uso de la metáfora visual para ilustrar muy efectivamente los sentimientos internos de la protagonista o para representar lo que está sucediendo en la relación. La palabra “culpa”  se clava de forma literal en el cuerpo de Lu, cuando así se siente. Cuando la pareja está perdida en una discusión infructuosa los bocadillos no son capaces de abarcar todo el discurso de cada uno; lo que dicen ya no importa pero sí que importa ilustrar que el discurso ya es solo cháchara y el agobio que provoca. En todos estos recursos -algunos muy comunes en el lenguaje del cómic pero otros de elaboración o adaptación propia- podríamos ver enseguida la referencia al maestro Quino (también de Argentina), que desarrolló muchos de estos en sus viñetas de humor gráfico. Pero el ingenio de Otero reside no en su uso puntual, sino en su uso continuado, como un lenguaje emocional gráfico que se usa constantemente en toda la novela. En ese mismo caso, también recuerdo el Hoy es el último día del resto de tu vida de Ulli Lust, que tira de metáforas visuales para ilustrar estados emocionales en una obra extensa, si bien en Poncho fue el uso mucho más frecuente y añade el uso del color como elemento narrativo. Con el color, Otero expresa sentimientos, sensaciones y estados de conciencia, tanto como lo pueda hacer con el trazo; de esta forma, la obra en conjunto es todavía más única.

 

Para concluir, me gustaría apuntar que mientras leía Poncho fue me parecía una obra excelente para regalar o recomendar a gente que haya vivido una situación como la que la novela describe, como apuntaba más arriba, por ese potencial que creo que tiene de solidaridad para con las víctimas de estas relaciones. Que quizás puede ayudar a abrir los ojos o dar cierre a quien tenga “flecos” por cerrar de relaciones pasadas. Y principalmente lo creo porque a mí me ha servido para el caso: para entender los dos roles y para entender -con cierto horror- que en algún momento he estado en alguno de los dos. No quisiera tampoco dar a entender que el libro deba convertirse en ninguna “biblia” de las relaciones tóxicas; ahora sí, cada persona es un mundo. Y la verdad es que el relato simplemente como relato ya es excelente. Pero sí que me parece que ese plus que tiene de solidarizarse con el abusado y de visibilizar comportamientos tóxicos para aprender a evitarlos -los ejerzamos nosotros o nos los ejerzan- puede ser muy bueno para muchas lectoras y lectores. Eso coloca a Poncho fue en un lugar muy especial y creo que la convierte en una obra de referencia.

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