¡Háblame de amor! (de Robert Crumb y Aline Kominsky)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 20 – Palabra: ATRACCIÓN

 

Obra: ¡Háblame de amor!

Autores: Robert Crumb y Aline Kominsky

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Hace ya hará unos buenos cinco años escribí un artículo sobre Robert Crumb para la revista trimestral Jot Down. Era el quinto número y el tema propuesto para esa publicación -cada número de la trimestral tiene de fondo un tema, idea, país, etc.- era “Políticamente incorrecto”. Me faltó tiempo, obviamente para proponer escribir sobre el padre -o abuelo, ya- del underground. Y lo que intenté contar en ese artículo es un retrato panorámico del autor que tendría por aquel entonces setenta años ya. Haciendo una revisión de toda su bibliografía, se me ocurrió que podía dividir al autor en tres etapas -que se solapan más o menos en el tiempo- o tres facetas del autor. El artículo lo titulé haciendo un juego de palabras desordenado con el de un western muy famoso. Lo titulé “El feo, el malo y el bueno”.

 

A grosso modo, “el feo” sería el Crumb joven, grotesco, experimental, desagradable para ciertas morales. “El malo sería el Crumb más adulto, ya con estatus de gran celebridad, no solo del cómic, sino de la contracultura, que se hizo a si mismo personaje, sabedor de que su forma de ser y sus perversiones llamaban la atención, provocaban. Era el Crumb sin pelos en la lengua; aunque nunca los había tenido. Finalmente, “el bueno” sería el Crumb más maduro el admirador de la belleza, el artesano preciosista de sus trabajos, un Crumb al que ya le queda lejos el underground y su obra tras pasar por manos de editoriales como Taschen, bueno, diríamos que ya no es contracultura precisamente. Todos esos Crumbs se han sucedido los unos a los otros y al mismo tiempo han coexistido en “diferentes porcentajes”.

 

Retomo y me enrollo con todo esto porque hay una única obra de Crumb que podría decirse que recoge buena parte de esas facetas o al menos las dos últimas. ¡Háblame del amor! recoge tebeos autobiográficos dibujados por el autor desde 1974 hasta 2011 en cabeceras como Dirty Laundry o Self-Loathing Comics. Sin embargo, en esta serie de tebeos Crumb es solo un 50% de la parte creativa. ¿Como? ¿El egocentrista Crumb cediendo espacio en sus cómics?

 

Pues sí.

 

La otra parte de ¡Háblame de amor! la lleva Aline Kominsky. Kominsky es una autora de cómics autobiográficos que empezó en el mundillo del underground a través de autores como Spain Rodriguez o Kim Deitch. Publicó cómics en obras colectivas como Wimmen’s Comix y Twisted Sisters junto con Diane Noomin y Trina Robbins. Y se la considera una de las autoras pioneras del cómic autobiográfico, cuyo trabajo debería tener un mejor reconocimiento. Lo último -o al menos no lo primero- que deberíamos reseñar de Kominsky en cualquier revisión de su carrera, debería ser su relación con Robert Crumb. Pero en este caso es inevitable sacarlo a colación porque los dos han sido pareja hasta la fecha actual y este cómic -que cubre casi todo ese periodo- está hecho por los dos. A cuatro manos. Pero literalmente.

 

Cuando digo literalmente es que Crumb y Kominsky hicieron un pacto. Cada uno dibujaría alternativamente estas historias biográficas que irían sobre su relación de pareja -con algunos offsides puntuales- y lo que estaban viviendo en cada momento. Se alternarían los episodios. Pero en cada episodio, independientemente de quien lo dibuje, cada uno de los autores se dibujaría a si mismo. Así, por ejemplo, en los tebeos dibujados por Crumb, cuando Kominsky aparece, su personaje está dibujado por ella. Y viceversa, en los cómics dibujados por Kominsky, en los que Crumb-personaje está dibujado por Crumb-autor. El resultado es un juego interesante de cederse el espacio narrativo para contar sus historias, manteniendo un espacio propio independiente, el de la representación del propio cuerpo. Esta regla se rompería en alguna ocasión puntual, pero durante todo el libro que recoge estas historias que comprenden décadas, el juego se mantiene en su mayor parte. Incluso hay incursiones de otros autores, cuando estos aparecen por la vida de la pareja, como Art Spiegelman o Charles Burns, que toman los lápices para dibujarse a si mismos, en una ocasión especial.

 

Por lo demás, en lo que vemos, no hay conflicto a la hora de contar las historias respecto al qué se enseña y al como. Con todo lo diferentes que son sus estilos gráficos, los dos son bastante directos, grotescos y autoflageladores. No tienen mucho problema para expresar opiniones que puedan ofender más o menos al personal, ni de expresar sus traumas internos más personales, ni tampoco mostrar sus aventuras sexuales sin filtro alguno. Y así, somos testigos de la historia de vida de esta pareja, fruto de una atracción que no ha cesado desde que se conocieron. Desde la California de los setenta hasta el retiro en Francia actual, veremos sus primeras anécdotas de pareja, la llegada de su hija Sophie Crumb -que recogería la tradición familiar- y su adaptación -más o menos- a la vida europea. En definitiva, un libro imprescindible para completar la panorámica de dos autores que son igualmente imprescindibles para entender una parte de la historia de los comics.

 

 

 

 

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