Carvalho. La soledad del manager (de Hernán Migoya y Bartolomé Seguí)

Carvalho La soledad del manager

 

 

 

#Reseñoviembre es una iniciativa que imita al reto de los artistas del #Inktober, pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

 

Reseñoviembre – Día 26 – Palabra: ARPA

 

 

Obra: Carvalho: La soledad del manager

Autores: Hernán Migoya y Bartolomé Seguí (basándose en la obra de Manuel Vázquez-Montalbán)

Editorial: Norma Editorial

 

Mientras leía el segundo volumen de la serie de adaptaciones de las novelas de Pepe Carvalho, escritas por Manuel Vázquez-Montalbán, me vino una suerte de paralelismo con otra obra con algunas coordenadas no exactamente iguales, pero sí similares. El caso es el de los cómics de Corto Maltés de Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Es distinto porque en el de Carvalho hablamos de una adaptación de una obra ya existente en otro medio, el literario mientras que en el caso de los nuevos cómics de Corto Maltés estamos hablando de obra nueva, si bien de un personaje precedente. De lo que quiero hablar precisamente es de la similitud en la carga de un legado que se transmite a otros autores. ¿Qué se debe hacer con eso? ¿Como soportamos el peso del original? ¿Cuanto puede poner uno de su parte sin que se pierda la esencia del original? ¿Qué es la esencia del original? ¿Tienen valor esas historias o esos personajes de años atrás en el contexto actual? Y tanto en Carvalho de Hernán Migoya y Bartolomé Seguí como en el Corto Maltés de Canales y Pellejero la respuesta es que ambas duplas han respondido al desafío con sendos trabajos en los que se transmite el carácter y los ecos de lo precedente y al mismo tiempo los rasgos autorales propios y la vigencia en el día de hoy se mantienen.  Esa no es una tarea precisamente sencilla. Y los segundos álbumes de la serie, Equatoria en el caso de Corto y La soledad del manager en el caso de Carvalho, asientan este hecho, como si los primeros hubieran sido los intentos bastante resolutivos de echarle las riendas a sendos caballos salvajes y los segundos ya una cabalgada en ruta muy firme.

 

Centrándonos en el caso de Carvalho, diría que la doma ya iba muy bien encarrilada desde el primer volumen y parte del hecho de la selección de un tándem ideal para la translación de estas novelas detectivescas ambientadas en la España de la Transición al medio de las viñetas. Debo exponer de antemano, por honestidad, que no he leído las novelas de Carvalho, por lo que ciertas afirmaciones que escribiré a continuación, en buena medida, son conjeturas. Pero sí que conozco el carácter de los autores que firman la serie y por lo tanto extrapolo que sus fortalezas se han sumado a las de la obra original, permitiendo resaltar tanto la esencia de esta como la de sus adaptadores. Quizás esa es la clave que hace que las adaptaciones o las continuaciones de ciertos legados funcionen: que el autor encuentra que hay de esas obras o del carácter de esos personajes en si mismos.

 

En el caso del guionista, Hernán Migoya, hay un par de rasgos claros: la ausencia de miedo y el carácter. Migoya toma una obra con un personaje con maneras de otros tiempos y no tiene miedo a reflejarlo en sus escritos tal cual es. Si su trabajo es el de seleccionar lo esencial del personaje -además de la trama en la que se enzarza en cada libro- para que se refleje en las páginas, todo lo que ha entrado contribuye a la perfección al mosaico. Cada pieza de monólogo interior, cada ademán físico, cada plato degustado, cada relación sexual, cada puñetazo dado es seleccionado con mimo. En la primera parte del libro, por ejemplo, Carvalho se entrevista con diferentes personajes intentando obtener información del caso. Son escenas prácticamente procedimentales. Pero en todas ellas Carvalho lanza un apunte mental para definir a su interlocutor y con eso podemos advertir su percepción viva y su carácter juicioso -si bien por dentro-. También Carvalho se mide con los investigados. Cada charla no solo es un retrato del interlocutor, sino del propio Carvalho, y eso lleva la acción más allá del mero procedimiento para resolver el caso. Desconozco, como decía, si todo eso está tal cual en el libro (deduzco que sí) pero al decidir trasladarlo al cómic, Migoya mantiene esa autodefinición constante del personaje e imprime su carácter por todo el álbum. Que es como creo que funciona correctamente una novela de detectives.

 

Y si en el Carvalho del cómic vemos las fortalezas del guionista, en el retrato de una época , de un lugar y de una sociedad vemos las fortalezas del dibujante. Seguí llena las páginas con un momento histórico que parece más pertinente que nunca conocer, en una ciudad donde la agitación social es más que patente. Ilustra unos despachos donde los trapicheos corruptos mandan y el fascio sigue bastante vivo y con funciones nuevas. El recorrido que hacía Vazquez-Montalbán por la sociedad española de aquellos años tiene ahora las caras y los colores que Seguí les ha dado. Y recorre todos los estratos. Desde el más rico al más pobre. Desde el autoritario hasta el rebelde. Aquí Migoya habrá disfrutado mostrándolos a todos con sus contradicciones y sus hipocresias, como seguramente también habría hecho Vazquez-Montalbán.

 

No tengo miedo a precipitarme y creo que puede decirse ya, aunque, como decía, ya teníamos buenas pistas en el primer álbum. La adaptación de las novelas de Carvalho son más que una mera adaptación. Es un trabajo concienzudo y preciso, con tanta fuerza como inteligencia que permite acercar un gran clásico de nuestra literatura a más lectores.

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