Río Veneno (de Beto Hernández)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 27 – Palabra: VENENO

 

Obra: Río Veneno

Autor: Beto Hernández

Editorial: La Cúpula Ediciones

 

Reseñé por aquí hace unos días Nuevas historias del viejo Palomar de Beto Hernández, que vendrían a ser las últimas historias publicadas sobre la saga de Palomar -aunque no necesariamente las últimas en su cronología- y el azar de la palabra del día -“veneno”- me abre la puerta a reseñar el principio de la saga, recogida en las historias del libro Río Veneno.

 

En realidad, Río Veneno tampoco es exactamente el inicio de la saga de Palomar, pero sí que es el inicio cronológico de la serie, la precuela, para entendernos. Tras dibujar varios comics y asentar el universo y los personajes, Beto decidió coger a su personaje más destacado, Luba y visitar sus orígenes. Y ahí está, en sus primeras páginas, recién nacida y el drama ya flota en el aire. Para quien no haya leído las historias de Palomar, en mi opinión da igual por donde empieces a leer la historia porque en cualquier punto de su entrada te puede atrapar. La Luba de la etapa norteamericana es un personaje al que se le percibe como Beto le dibuja el peso de una vida encima. Por eso, cuando el lector acude a Río Veneno, es imposible que se le escape una lágrima al ver dibujada en ella la inocencia primigenia sabiendo algunas cosas que están por venir. También desborda la Luba adolescente, un personaje cargado de energía que arrolla al resto de los personajes con los que se va topando. Así como vemos desarrollarse la relación que tiene con Ofelia desde niña y el momento en el que el famoso martillo aparece por vez primera en sus manos.

 

Río Veneno carece, eso sí, de las características de realismo mágico que tienen el resto de los libros. Beto la concibe más como una suerte de drama latinoamericano con tonos de noir. Los personajes están desarraigados, prima la desconfianza y la incomunicación y en ese sentido, la llegada a Palomar, al final de la obra deja una idea como de haber llegado a un lugar especial, mágico, una suerte de Shangri-La mundano haciendo una transición idónea hacia los relatos que se dibujaron primero. Todo empieza de nuevo.

 

Se le ha considerado un libro inferior al resto de la serie, quizás por distanciarse en el tono y estilo de los libros de Palomar. Pero para mí sigue siendo un libro esencial, como el resto. En el mosaico de estas vidas de ficción que Beto ha ido construyendo a  lo largo del tiempo cada pieza del puzle importa y aporta.

 

 

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Maldiciones (de Kevin Huizenga)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 26 – Palabra: MALDICIÓN

 

Obra: Maldiciones

Autor: Kevin Huizenga

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Kevin Huizenga es uno de esos autores de los que su obra nos ha llegado de una forma un tanto irregular, no necesariamente a cuentagotas, pero sí de forma extraña. Se le ha publicado en diferentes editoriales, se le han publicado algunos libros y otros no. Y da la impresión de que en España no ha acabado de cuajar del todo. Es algo inusual porque por otra parte la obra de Huizenga llegó a obtener hasta cinco premios Ignatz en la década de los dos miles. Quizás es su fondo experimental, muy desarrollado en su formato favorito, el de los “minicomics”- el que impide de alguna forma su conexión con el público. A pesar de que su personaje Glenn Ganges conecta toda su obra, nunca sabemos que nos vamos a encontrar en sus cómics. Quizás ni el propio Glenn. Recuerdo, por ejemplo, la extraña sensación que me provocó leer El Reino Salvaje, un pequeño libro con historia de tan distinto narrativa, tono y tema, que hacía dudar al lector de si había un hilo de conexión entre todas las historias. En algunas aparecía Glenn, en otras no. Otras eran diagramas científicos sin ningún tipo de base real y en otros, textos sobre zoología encuadrados en viñetas sin ningún tipo de dibujo más allá del marco de las mismas, lo que ponía en duda ya no solo el sentido de todo aquello, sino incluso de estar ante un cómic.

Maldiciones es una obra anterior, recoge historias de Glenn Ganges -y algún otro personaje más del mismo “universo”- y su fondo experimental -que lo hay- no está tan “en los límites” como lo estaría luego El Reino Salvaje, quizás a excepción de alguna historieta concreta. Glenn se podría decir que es el americano blanco de clase media que vive con su mujer en una casa en una población americana cualquiera de casa con jardín, lejos de los grandes núcleos urbanos. Podría ser perfectamente el protagonista tabla rasa de cualquier tira cómica americana. Glenn y su situación de americano medio es una suerte de comodín que le sirve a Huizenga para contar casi cualquier historia. Normalmente empezando de la forma más costumbrista posible y luego derivando hacia un absurdo que no necesariamente busca ser cómico. Por ejemplo, en la historia “Calle 28” Glenn y su mujer buscan tener un hijo, pero no lo consiguen. Tras muchas pruebas e intentos, el médico llega a la conclusión de que Glenn tiene una maldición y tiene que arrancarle una pluma a un ogro que vive en la calle 28 para deshacerla. Glenn lo asume como algo “normal” y emprende la búsqueda del ogro.

 

Otras historias usan o introducen frecuentemente un tono académico o divulgativo (algo que como decíamos volvería a usar en El Reino Salvaje). Por ejemplo en “La maldición” una bandada inmensa de estorninos anida en el barrio de Glenn alterando la vida normal de la gente, que no puede dormir por el ruido o se encuentra sus coches llenos de mierda. Entre la narración de estos hecho, Huizenga nos introduce una extensa historia documental sobre la introducción del estornino en Norteamérica, sus costumbres y como la proliferación de los mismos se había intentado combatir con muchas dificultades. El tema ornitológico es también uno que Huizenga retoma con frecuencia: las aves con frecuencias tienen un papel importante en su obra, son como un personaje omnipresente. También lo suele ser la naturaleza.

 

Quizás lo más comentado de las historietas de Ganges es esa suerte de vacío existencial que dejan sus historias. Como si nada tuviera sentido. Como si todo fuera un chiste. Como si el conocimiento de las cosas, sí, es importante, pero al final, para qué. Quizás la historia que más destila esto es la más diferente del resto “Caso 0003128-24”. En ella, se cuenta con textos el informe de la relación entre un hombre y una mujer que termina por el nacimiento de un hijo de ambos. La historia se cuenta con una asepsia total, un informe desprovisto de emoción alguna por parte del informante. Todos estos textos se van narrando en una secuencia de imágenes de paisajes naturales al estilo de los libros ilustrados del Tao Te Ching. De alguna forma parece como si experimentara sobre como las imágenes pueden influir sobre lo narrado en texto. O viceversa. A mí personalmente, este tono de Huizenga, este sentir de contar historias me recuerda un poco a Inio Asano -se llevan tres años de diferencia-, si bien muy probablemente son autores que no tengan ningún tipo de relación entre si y probablemente no se influencien el uno al otro. También son dos autores de contextos y de tradiciones históricas de historieta que están en las antípodas. Si bien los dos han recogido esas tradiciones para acabar contando lo que han querido, experimentando por el camino o probando a contar historias que no se habían contado aun. Y de alguna forma comparten un tono de fondo, una atmósfera un poco deprimida y nihilista. Todo acabó ya hace tiempo y aquí estamos. Vamos tirando. Y vamos contando historias mientras tanto.

 

 

 

¡Háblame de amor! (de Robert Crumb y Aline Kominsky)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 20 – Palabra: ATRACCIÓN

 

Obra: ¡Háblame de amor!

Autores: Robert Crumb y Aline Kominsky

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Hace ya hará unos buenos cinco años escribí un artículo sobre Robert Crumb para la revista trimestral Jot Down. Era el quinto número y el tema propuesto para esa publicación -cada número de la trimestral tiene de fondo un tema, idea, país, etc.- era “Políticamente incorrecto”. Me faltó tiempo, obviamente para proponer escribir sobre el padre -o abuelo, ya- del underground. Y lo que intenté contar en ese artículo es un retrato panorámico del autor que tendría por aquel entonces setenta años ya. Haciendo una revisión de toda su bibliografía, se me ocurrió que podía dividir al autor en tres etapas -que se solapan más o menos en el tiempo- o tres facetas del autor. El artículo lo titulé haciendo un juego de palabras desordenado con el de un western muy famoso. Lo titulé “El feo, el malo y el bueno”.

 

A grosso modo, “el feo” sería el Crumb joven, grotesco, experimental, desagradable para ciertas morales. “El malo sería el Crumb más adulto, ya con estatus de gran celebridad, no solo del cómic, sino de la contracultura, que se hizo a si mismo personaje, sabedor de que su forma de ser y sus perversiones llamaban la atención, provocaban. Era el Crumb sin pelos en la lengua; aunque nunca los había tenido. Finalmente, “el bueno” sería el Crumb más maduro el admirador de la belleza, el artesano preciosista de sus trabajos, un Crumb al que ya le queda lejos el underground y su obra tras pasar por manos de editoriales como Taschen, bueno, diríamos que ya no es contracultura precisamente. Todos esos Crumbs se han sucedido los unos a los otros y al mismo tiempo han coexistido en “diferentes porcentajes”.

 

Retomo y me enrollo con todo esto porque hay una única obra de Crumb que podría decirse que recoge buena parte de esas facetas o al menos las dos últimas. ¡Háblame del amor! recoge tebeos autobiográficos dibujados por el autor desde 1974 hasta 2011 en cabeceras como Dirty Laundry o Self-Loathing Comics. Sin embargo, en esta serie de tebeos Crumb es solo un 50% de la parte creativa. ¿Como? ¿El egocentrista Crumb cediendo espacio en sus cómics?

 

Pues sí.

 

La otra parte de ¡Háblame de amor! la lleva Aline Kominsky. Kominsky es una autora de cómics autobiográficos que empezó en el mundillo del underground a través de autores como Spain Rodriguez o Kim Deitch. Publicó cómics en obras colectivas como Wimmen’s Comix y Twisted Sisters junto con Diane Noomin y Trina Robbins. Y se la considera una de las autoras pioneras del cómic autobiográfico, cuyo trabajo debería tener un mejor reconocimiento. Lo último -o al menos no lo primero- que deberíamos reseñar de Kominsky en cualquier revisión de su carrera, debería ser su relación con Robert Crumb. Pero en este caso es inevitable sacarlo a colación porque los dos han sido pareja hasta la fecha actual y este cómic -que cubre casi todo ese periodo- está hecho por los dos. A cuatro manos. Pero literalmente.

 

Cuando digo literalmente es que Crumb y Kominsky hicieron un pacto. Cada uno dibujaría alternativamente estas historias biográficas que irían sobre su relación de pareja -con algunos offsides puntuales- y lo que estaban viviendo en cada momento. Se alternarían los episodios. Pero en cada episodio, independientemente de quien lo dibuje, cada uno de los autores se dibujaría a si mismo. Así, por ejemplo, en los tebeos dibujados por Crumb, cuando Kominsky aparece, su personaje está dibujado por ella. Y viceversa, en los cómics dibujados por Kominsky, en los que Crumb-personaje está dibujado por Crumb-autor. El resultado es un juego interesante de cederse el espacio narrativo para contar sus historias, manteniendo un espacio propio independiente, el de la representación del propio cuerpo. Esta regla se rompería en alguna ocasión puntual, pero durante todo el libro que recoge estas historias que comprenden décadas, el juego se mantiene en su mayor parte. Incluso hay incursiones de otros autores, cuando estos aparecen por la vida de la pareja, como Art Spiegelman o Charles Burns, que toman los lápices para dibujarse a si mismos, en una ocasión especial.

 

Por lo demás, en lo que vemos, no hay conflicto a la hora de contar las historias respecto al qué se enseña y al como. Con todo lo diferentes que son sus estilos gráficos, los dos son bastante directos, grotescos y autoflageladores. No tienen mucho problema para expresar opiniones que puedan ofender más o menos al personal, ni de expresar sus traumas internos más personales, ni tampoco mostrar sus aventuras sexuales sin filtro alguno. Y así, somos testigos de la historia de vida de esta pareja, fruto de una atracción que no ha cesado desde que se conocieron. Desde la California de los setenta hasta el retiro en Francia actual, veremos sus primeras anécdotas de pareja, la llegada de su hija Sophie Crumb -que recogería la tradición familiar- y su adaptación -más o menos- a la vida europea. En definitiva, un libro imprescindible para completar la panorámica de dos autores que son igualmente imprescindibles para entender una parte de la historia de los comics.

 

 

 

 

Piscina Molitor – La vida swing de Boris Vian (de Herve Bouris y Christian Cailleux)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 18 – Palabra: POESÍA

 

Obra: Piscina Molitor – La vida swing de Boris Vian

Autores: Herve Bouris y Christian Cailleaux

Editorial: Impedimenta

 

Aunque bajo la etiqueta de “novela gráfica” pueden caber obras de muchos estilos y temáticas distintas, desde la aparición y proliferación del uso de esta misma se la ha asociado frecuentemente con los trabajos biográficos . Probablemente cada lector se acerque a unos u otros por el interés del lector en la figura del biografiado. Pero la verdad es que tanto la narrativa visual, el estilismo gráfico o la elección de los momentos a contar para destacar un enfoque u otro pueden producir obras que despierten el interés más allá de los conocimientos previos que tuvieramos sobre la persona en cuestión. En este caso, yo apenas conocía nada de Boris Vian, me llegó como un regalo. Y eso fue tras terminar su lectura también: un agradecido regalo.

 

Piscina Molitor transcurre como aquella leyenda que cuenta que antes de la muerte la vida transcurre ante los ojos de la persona. Así sucede pero a lo largo de un día, el último día de su vida en el que visitó el complejo recreativo cuyo nombre da nombre a esta novela gráfica, en París, antes de ir a la proyección de la película basada en una de sus novelas, Escupiré sobre vuestras tumbas. La historia no tiene compasión con el lector y antes de que Vian abandone su casa para acudir a su práctica de apnea, le revela la enfermedad cardiaca que padece. De esta forma, en soledad, se recorren pasajes de la infancia, la juventud y la vida de adulto del artista francés.

 

Los autores practican un viaje biográfico interesante. No solo es la representación de algunos de los hechos más significativos de la vida de Vian como sus primeros escarceos con las diversas artes, su contacto con la escena cultural francesa, la llegada de la guerra o el juicio por escándalo de la mencionada novela. Es también un retrato emocional que ilustra muy bien un carácter complejo, tan tímido como osado, tan melancólico como vivaz. Ayuda a su representación tanto o más que el dibujo desgarbado, una variedad de paletas para cada escena, con pocos colores, que inundan las escenas de forma atmosférica. De alguna forma, los autores parecen darnos a entender que Vian era “aquel lugar en aquel momento”. Y así, sabiendo las horas contadas, como lo sabía el artista francés, recorremos la vida hacia adelante, disfrutando de cada página, siendo testigos de la vida que él eligió vivir.

 

Travesía (De Aude Picault)

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Reseñoviembre – Día 17 – Palabra: VIAJE

 

Obra: Travesía

Autora: Aude Picault

Editorial: Sins Entido

 

 

Dar voz a lo que llevas dentro. Creo que ese es uno de los factores que hacen de Aude Picault, una de las autoras más interesantes de Francia, cuya obra está siendo muy descuidada aquí. Lo primero que nos llegó, una obra primeriza fueron unas reflexiones dibujadas sobre su difunto padre. Papá destacaba por un dibujo desgarbado, muy impulsivo, que hablaba con energía al energía al lector. Corrijamos. Más que con energía, sería con “energías”. Cada dibujo está dotado de un ánimo distinto. El objetivo era trazar recuerdos en los que la memoria iba vinculada, inevitablemente, a la emoción. Seguramente también lanzar mensajes pendientes.  Un poco con un aire más recreativo -aparentemente- nos llegaba después Rollos míos y Más rollos míos, un conjunto de anécdotas autobiográficas, reflexiones íntimas y demás, siempre ahondadando en el tema de la emoción.

 

Travesía supone un salto respecto a esos primeros trabajo en tanto supone embarcarse -perdón por el chiste implícito- en una novela gráfica más hilada, que va más allá de momentos más o menos desconectados de la vida. En ella nos cuenta como harta de la monotonía, se propuso escapar del cubículo de la rutina urbana para embarcarse en un viaje a bordo de un velero para cruzar el Atlántico. Travesía es, de nuevo, un viaje emocional con punto de partida en un relato del presente en el que abunda la disconformidad con el mundo y la soledad -más o menos aceptada- y que gira hacia una suerte de aventura programada. No solo se trata de cruzar el charco, sino también de abrirse a extraños, a la gente que se va topando por el camino, los individuos que han decidido vivir en otra suerte de rutina, marítima, si se quiere. Durante el viaje, Picault se reconcilia de alguna forma con el mundo. Conecta de nuevo.

 

Su dibujo me parece soberbio, a punto de serlo más todavía en el siguiente libro, Charanga. Caricatura minimalista pero expresiva, muy plástica. Le permite representarlo todo. En los fondos y los espacios, muy detallista. Y en un momento determinado del viaje, el del cruce del océano, naturalista. Picault quiere que el lector vea por sus ojos, lo que sintió al llevar el timón del velero que le permitió cruzar un océano. La paz silenciosa, la conexión con el entorno salvaje, el “estoy aquí y ahora”. Y lo consigue.

 

A día de hoy, Travesía sigue siendo una obra tan fresca como atractiva. Un soplo de aire fresco. Y como decía al principio, es una lástima que todavía no tengamos una puesta al día de sus obras en España. La editorial que publicó las obras aquí mencionadas y Charanga, Sins Entido cerró su actividad y el relevo de la publicación de las obras de Picault no lo ha retomado nadie hasta la fecha. Habiendo trabajos tan interesantes y distintas como Comtesse, L’air de rien, Idéal Standard, Les mélomaniaks o Eva ya es raro que nadie se lance a ser su editor por aquí.

 

 

Burbujas (de Daniel Torres)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 14 – Palabra: BURBUJAS

 

Obra: Burbujas

Autor: Daniel Torres

Editorial: Norma Editorial

 

Burbujas seguramente no es el mejor cómic de la carrera de Daniel Torres -lo que no significa que sea un mal tebeo, ojo- pero sin embargo me parece uno de los cómics más interesantes en la carrera de Daniel Torres. Lo es porque es el tebeo más atípico en comparación al resto de la carrera del autor valenciano, más conocido en su carrera anterior a Burbujas por sus cómics de Roco Vargas, el célebre aventurero espacial o por sus tebeos de humor infantil/juvenil de Tom. Ya entrado en los  dos miles publicó esta novela gráfica, que tenía muchas cosas que descolocaban al lector habitual de cómics que hubiera seguido la trayectoria de Torres.

 

Básicamente, Burbujas no parecía un tebeo de Torres. La ausencia de color, la historia intimista y cotidiana con algún puntito de fantasía, el constante monólogo interior. Sin embargo parecía exactamente “la típica novela gráfica”. En un momento en el que empezaba a despuntar un tipo de tebeo publicado en formato de libro -sin seguir los cánones de la industria del tebeo tradicional europea o americana en cuanto a estilo, número de páginas o forma del libro- con temática biográfica y/o costumbrista con componente intimista. Burbujas contaba la historia de un padre de familia que, entrada la cuarentena, se encuentra con el repentino dilema del “como he llegado yo hasta aquí”. El mundo que tiene alrededor le parece algo extraño y ajeno -su mujer, sus hijos, sus amigos- y solo encuentra paz en los momentos de reflexión ante un acuario de un parque. Se sienta allí y deja a su mente divagar alejado de todo lo demás.

 

En ese sentido, me parece interesante porque provoca la pregunta de hasta que punto un tebeo así significaba que Torres intentaba subirse a caballo de una cierta dinámica que estaba funcionando a nivel editorial. Pero también cabía la posibilidad de que la obra, con todos los temas que trataba pudiera ser una forma de que el autor desahogara sus inquietudes vitales. En alguna entrevista lo confirmó si bien, como comentaba, la obra se alimentaba de su propias vicisitudes tanto como de personas que conocía, con cuestiones similares. Así, esta obra, si bien no tan popular como el resto, puede ser tan significativa en su bibliografía de carrera como puede serlo, por ejemplo, Crisálida, para Carlos Giménez.

 

Si algo sí mantuvo Torres en Burbujas, relacionable con su obra anterior, fueron dos cosas. Una, el recurso a la fantasía. El protagonista, frecuentemente, divagaba en sus reflexiones para hablar con personajes ficticios o ya fallecidos. La realidad se alteraba en su percepción, para ayudarle a superar la crisis que vive. La segunda, su precisa línea clara, que sigue y ha seguido luciendo imperturbable para goce de todos sus lectores.

Étunwan (de Thierry Murat)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 12 – Palabra: SUPRIMIR

 

Obra: Etunwan

Autor: Thierry Murat

Editorial: Ponent Mon

 

De alguna retorcida forma es poético como triste que Etunwan haya pasado desapercibida en su publicación. Y lo seguirá siendo tras publicarse estas palabras. Porque es una obra que conecta muy bien de cosas que están sucediendo ahora, sin que su autor lo pretenda -o quizás sí, no hace referencias explícitas- hablando de sucesos pasados.

Etunwan es de aquellos westerns que en realidad no es un western porque no funciona con los giros o arquetipos habituales del género. Ni siquiera se podría decir que es una obra de género. Su trasfondo es un tiempo y un lugar que coincide con las obras de ese estilo, pero ya está. Estamos ante una ficción histórica ambientada en los últimos días de lo que llamaríamos “el Salvaje Oeste” (1867). Aquellos tiempos están por terminarse con la llegada de la industrialización -que empezaría a ser lo único “salvaje” a lo que se le podría aplicar la palabra- y la historia la cuenta Joseph Wallace, un fotógrafo en los tiempos en los que esta tecnología empezaba a asomar la cabeza para representar el mundo. El protagonista tiene el encargo de acompañar a una expedición para explorar nuevos yacimientos y territorios colonizables y hacer fotos de estos durante el viaje. Pero por el camino hace otras fotografías, a los nativos a los que se va encontrando. Joseph nos cuenta en primera persona su fascinación por el mundo y la cultura de los nativos. Cree que a través de su trabajo fotográfico y de una gran exposición con la que fantasea narcisísticamente podrá dar a conocer al “mundo civilizado” la belleza de la cultura de los nativos americanos y la importancia de protegerla.

Salvo al lector el spoiler del recorrido de como el protagonista toma contacto con esta cultura, pero no del hecho que se da hacia el final del libro, del que consecuentemente somos conocedores todos por conocer ya la historia pese a no haber aprendido nada de ella. El último capítulo nos muestra al fotógrafo ya viejo, odiándose a si mismo por su maldita vanidad y lo egoísta e infructuoso de su objetivo. No se logró nada. La forma de vida de los nativos americanos fue suprimida del continente y las fotos que hizo… no fueron más que fotos. Nada se arregló con ellas.

Es probablemente uno de los cómics más duros que yo haya leído. Thierry Murat refuerza el tono “más allá de lo crepuscular” con el tonos oscuros y terrosos que dominan toda la obra. El dibujo está elaborado con trazos pincelados, prescindiendo del exceso de detalle e imitando de alguna forma los planos fotográficos más habituales: retrato, paisaje, representación de momentos costumbristas. Pero la representación es a pincel. Lo que nos da a los lectores una sensación de que los que estamos viendo ha perdido realismo, ya no existe “solo quedan pinceladas”. El abismo es mayor cuando saltamos al capítulo final, en el que domina un negro nocturno que sirve para darnos a entender de que ha terminado todo. El oscuro negro de las chimeneas industriales lo ha ahogado todo.
La ejecución de Murat es escalofriante por lo acertada, como lo es la historia. No son muchas las historias en las que se da una correlación tan precisa entre forma y fondo. Y esta una historia que podría servir de aviso o de testimonio de que lo que está sucediendo ahora, el cúmulo de buenas intenciones que sale a flote de vez en cuando en el primer mundo no es más que ansia de protagonismo y ego. No aprendemos. Y cuando alguien nos lo puede estar haciendo ver, no escuchamos. No nos interesa oir que nos equivocamos, fueron otros. No nos interesa oir que estamos equivocados.Al final y al cabo, no estamos haciendo nada malo.Nos gusta mirar y mirarnos. Y salir bien en la foto.