Poncho fue (Sole Otero)

 

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Ediciones La Cúpula, 2017

 

La novela gráfica que nos ocupa hoy empieza con la explicación de las reglas de un juego “social” que es el que da nombre a la obra. El asunto va de la siguiente forma: dos personas acuerdan que cuando una de las dos vea un seiscientos -un poncho- esta, al grito de “poncho”, está en su derecho de propinarle un golpe al otro y anotarse un tanto. En el “poncho fue” los dos rivales se van anotando tantos y propinando golpes hasta que uno de los dos decida retirarse del juego declarando “fue” o “no juego más”. Es importante hablar de este juego no solo porque la pareja protagonista del libro lo practiquen en sus páginas sino porque a nivel subyacente sirve como una suerte de metáfora conceptual representativa de ciertas dinámicas que pueden darse durante una relación sentimental. Y es el caso de lo que sucede entre las dos personas cuya crónica cuenta el libro.

 

La argentina Sole Otero nos cuenta la historia de Lu, que conoce a Santi y ambos empiezan una relación. Su relato empieza “in media res”, con la pareja ya con una relación más o menos establecida -y bastante tormentosa-, si bien va tirando hacia atrás con sucesivos flashbacks para enseñarnos escenas significativas del pasado. La técnica del flashback, en cómic, puede usarse con muchos motivos: desde dotar de cierto ritmo a la obra, a dosificar la información para crear intriga. Yo creo que el objetivo aquí es invitar al lector a que ejerza una cierta reflexividad. Si nos contara la historia de forma lineal, asistiríamos a la crónica de la relación como una montaña rusa, con sus subidas y bajadas. Sería algo que experimentar pero perdiéndonos en la emoción del momento. Sin embargo, al empezar sobre la marcha y posteriormente irnos transportando al pasado, no solo nos pone en la piel de su protagonista, sino que nos pone en el mismo acto de parar, mirar atrás y reflexionar .”¿Como he llegado hasta aquí?”.

 

Las páginas de la novela gráfica vuelan y pronto nos damos cuenta de que a lo que estamos asistiendo es a una suerte de arqueología del proceso de desarrollo de una relación tóxica. Otero divide los roles de forma muy clara y evidente: Santi es el intoxicador, Lu es la intoxicada. Pudiera ser que alguien, a esta distribución le atribuyera una falta de realismo o un exceso de simplificación: “en una relación tóxica ambos pueden serlo”; “las relaciones son cosas muy complejas, difíciles de determinar sobre quien recae la responsabilidad”; “not all men”; “bla-bla-bla”… En definitiva, alguien pudiera quejarse que al hacerlo así la historia de una relación se quede en fábula,  simplificando la realidad de una relación de pareja. A mí no me parece mal que Otero lo cuente como lo hace. Precisamente porque al hacerlo de esta forma la autora puede exponer claramente todas las dinámicas perversas de dominación, manipulación y abuso de una parte hacia la otra y sacarlas a la luz sin confundir a nadie. Cualquier lectora o lector que haya vivido una relación de este tipo -tanto intoxicadores como intoxicados- podrán reconocerlo de inmediato.  Y para los que estén viviendo algo así pero no sean capaces de advertirlo, la lectura los puede poner en alerta y verse a su propia relación con cierta distancia -una de las mejores lecciones que tiene el libro en cierto momento-. Así que, en mi opinión, la obra no solo tiene un enorme valor desde el punto de vista solidario y empático, sino que también lo tiene desde el punto de vista preventivo.

 

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Y a eso viene el caso de que el “poncho fue” sea la metáfora que sintetice lo que es una relación tóxica. Estamos ante el paradigma de la relación de pareja como una competición donde forzosamente, como en todo juego, debe haber alguien que gane y alguien que pierda; debe haber alguien al que derrotar constantemente en cada comportamiento, opinión y decisión. Cada vez que uno convence al otro de que tiene “La Razón” se anota un tanto. Y así, la relación sigue con uno de los dos agrandando su ego en favor de minar la autoestima del otro. Un detalle significativo del “poncho fue” es que se juega las veinticuatro horas del día, siempre está en marcha, siempre que se está con el otro jugador. Igual que en la relación, la duración es indefinida. Pero solo lo es hasta que uno de los dos dice “basta”. Y esta será otra de las lecciones importantes del libro.

 

A este punto hay que decir que estamos ante una obra dura de leer.  Si el lector o lectora ha vivido una relación de estas características, la familiaridad de prácticamente todas las situaciones ilustradas le golpeará como un mazazo. Aunque tampoco es necesario haber pasado por esa experiencia: un mínimo de empatía hacia Lu nos hace pedir, en varios puntos de la lectura, que su calvario termine. Es posible que el estilo de dibujo que usa Otero despiste inicialmente a algún lector de la temática o la historia que se cuenta en el libro: puede recordar a otros géneros o relatos más naifs. Pero si entendemos los estilos de dibujo como una caligrafía, la “voz visual” de la autora -o la voz escogida para este caso- entonces cualquier estilo de dibujo debería permitirnos poder contar cualquier historia. La narrativa es lo que importa y en eso Poncho fue es impecable. Por eso atrapa al lector en las vivencias de Lu y no lo suelta hasta el final: le hace vivir lo que lee y le hace pensar sobre lo que lee. También provoca vergüenza si alguna vez ha tratado de manipular, abusar o culpabilizar a su pareja;  le revela que no es necesaria la violencia física para abusar de alguien. Y para expresar todo eso no es necesario un realismo naturalista en el dibujo. El realismo está en lo que se nos cuenta, en como Otero ha tomado una infinidad de “anécdotas” de pareja y las representa en la historia dentro de ese ciclo eterno del abuso-conflicto-perdón y vuelta a empezar. En ese aspecto, en la narrativa que nos atrapa, Poncho fue cumple y nos pondrá un nudo en el estómago en numerosas ocasiones.

 

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Uno de los aspectos fuertes de la obra está precisamente en las cuestiones de expresividad.  Abunda el uso de la metáfora visual para ilustrar muy efectivamente los sentimientos internos de la protagonista o para representar lo que está sucediendo en la relación. La palabra “culpa”  se clava de forma literal en el cuerpo de Lu, cuando así se siente. Cuando la pareja está perdida en una discusión infructuosa los bocadillos no son capaces de abarcar todo el discurso de cada uno; lo que dicen ya no importa pero sí que importa ilustrar que el discurso ya es solo cháchara y el agobio que provoca. En todos estos recursos -algunos muy comunes en el lenguaje del cómic pero otros de elaboración o adaptación propia- podríamos ver enseguida la referencia al maestro Quino (también de Argentina), que desarrolló muchos de estos en sus viñetas de humor gráfico. Pero el ingenio de Otero reside no en su uso puntual, sino en su uso continuado, como un lenguaje emocional gráfico que se usa constantemente en toda la novela. En ese mismo caso, también recuerdo el Hoy es el último día del resto de tu vida de Ulli Lust, que tira de metáforas visuales para ilustrar estados emocionales en una obra extensa, si bien en Poncho fue el uso mucho más frecuente y añade el uso del color como elemento narrativo. Con el color, Otero expresa sentimientos, sensaciones y estados de conciencia, tanto como lo pueda hacer con el trazo; de esta forma, la obra en conjunto es todavía más única.

 

Para concluir, me gustaría apuntar que mientras leía Poncho fue me parecía una obra excelente para regalar o recomendar a gente que haya vivido una situación como la que la novela describe, como apuntaba más arriba, por ese potencial que creo que tiene de solidaridad para con las víctimas de estas relaciones. Que quizás puede ayudar a abrir los ojos o dar cierre a quien tenga “flecos” por cerrar de relaciones pasadas. Y principalmente lo creo porque a mí me ha servido para el caso: para entender los dos roles y para entender -con cierto horror- que en algún momento he estado en alguno de los dos. No quisiera tampoco dar a entender que el libro deba convertirse en ninguna “biblia” de las relaciones tóxicas; ahora sí, cada persona es un mundo. Y la verdad es que el relato simplemente como relato ya es excelente. Pero sí que me parece que ese plus que tiene de solidarizarse con el abusado y de visibilizar comportamientos tóxicos para aprender a evitarlos -los ejerzamos nosotros o nos los ejerzan- puede ser muy bueno para muchas lectoras y lectores. Eso coloca a Poncho fue en un lugar muy especial y creo que la convierte en una obra de referencia.

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El piano oriental (Zeina Abirached)

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Pudiera pensarse que la novela gráfica, como forma ya evolucionada y madura del medio del cómic y basada en la libertad del autor y en la expresión de su estilo personal, nos llevaría a una situación donde abrir las páginas de cada obra sería una sorpresa tanto en lo visual como en lo argumental. Que quedaríamos libres de tópicos y temas recurrentes, pero también de estilos canónicos e imposiciones editoriales. Pero al fin, en la literatura gráfica pasa también como en la literatura textual. Los estilos gráficos y narrativos más personales al final devienen en influencias y escuelas. Y los nuevos autores acuden a los “nuevos temas”, generando el amago perceptivo en los lectores de que nos hallamos delante de géneros y subgéneros modernos asociados permanentemente a la novela gráfica, al cómic en forma de libro: la biografía, la autobiografía, el humor costumbrista, la novela histórica, etc. Por si fuera poco, las convenciones habituales nos pueden llevar a pensar que esos “nuevos géneros” van ligados a unos estilos de dibujo y de narrativa visual muy específicos, como nos tenían acostumbrados los formatos físicos y formas narrativas precedentes, tanto  el cómic de superheroes, como el manga puramente shonen o el album de humor y aventuras franco-belga. “Este estilo de dibujo es muy de superheroes”. “Este estilo de dibujo es muy de manga”. “Este estilo de dibujo es muy de bédé”. Y al fin, también “este estilo de dibujo es muy de novela gráfica”.

 

Por eso, cuando cae en mis manos El piano oriental -especialmente siendo la primera obra de  Zeina Abirached que leo- aparece revoloteando el fantasma de la comparativa prejuiciosa con obras de otros autores de similares características. Creo que es muy difícil leer a Abirached y no pensar en Marjane Satrapi o David B, claro. Pero la cuestión es que además estamos ante una obra que conecta oriente con occidente -con nexo en París-, que también tiene elementos biográficos y para rematar el cúmulo coincidente también tira de realismo mágico. La sombra de Persépolis y Epiléptico es larga, si bien puede ser una referencia interesante para quienes vayan buscando leer “algo como”… una situación típica con la que seguramente se habrá encontrado más de un librero frente a algún que otro lector casual de cómics que empieza a meter un pie en el medio, sin muchas pistas y que ha leído poco y lo habitual.

 

Lo que ocupa las páginas de esta novela gráfica es la vida -o una parte de ella- de Abdalah Kamanja , alter ego del bisabuelo de la autora, músico y afinador de pianos. Esta está centrada en el momento en el que Kamanja tiene la inquietud de hallar una forma de expresar los ritmos orientales a través de un instrumento típicamente occidental como el piano, y que por defecto no puede ejecutar los cuartos de tono. Ese dilema y su resolución es el eje a través del cual se cuenta esta historia, que la autora salpica de anécdotas cotidianas y biográficas para ayudar a explicar el carácter peculiar de su antecesor, un tipo optimista e infatigable. Abirached se esfuerza en resaltar todos los aspectos de contexto que pueden contribuir a influir en ese momento de “eureka”. Y ahí constantemente conecta lo pequeño, lo cotidiano, con lo universal y lo abstracto. Un paseo por la calle repleto de ruidos cotidianos en la mente de Kamanja, de repente dejan de ser “ruido” y se convierten en “música” -o al menos, en ritmo-. Dos hermanos gemelos idénticos en el exterior, pero muy diferentes en lo interior devienen en la representación del equilibrio de los opuestos. Un juego de mikado representa el aprendizaje de un nuevo idioma donde su dominio y comprensión se mezcla con la del idioma de origen y ello forma una madeja única y personal de formas de comunicarse.

 

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Es por esto que, a pesar de que el libro narra una historia, una biografía, tras su lectura vemos que el objetivo es otro y en eso toma distancia con las obras de Marjane Satrapi y David B. La preocupación de la autora va dirigida a expresar todos estos conceptos abstractos que giran en torno a una vida. Expresar  la alegría, la libertad, los entresijos de un lenguaje, la simetría entre culturas -pero también sus diferencias-, la complejidad de las  estructuras musicales, pero también su armonía y su equilibrio . Y para ello, Abirached tira de dos recursos que emplea de forma excepcional. Por un lado, usa la metáfora visual que inevitablemente lleva la obra a los terrenos del realismo mágico ilustrado; y por otro, usa elaboradas composiciones de página donde tanto sentido tiene cada parte de la página -sus viñetas- como el conjunto de las mismas, para expresar esos conceptos abstractos que intenta imprimir en el papel.  La elegancia del libro, a mi entender, es ese cierto ritmo que le pone la autora a la historia: nos lleva a los lectores de lo cotidiano y real a lo abstracto e interior. En un momento Kamanja está paseando por las calles de Beirut y de repente estamos en su mente observando una representación metafórica de la armonía musical. Hay una suerte de idas y venidas que van poniendo en contacto “lo que está arriba” con “lo que está abajo”. Y así, Abirached crea una suerte de sinfonía con la propia historia.

 

Otro aspecto que me ha llamado la atención del libro es un cierto paralelismo que creo que busca su autora. En otras novelas gráficas hay autores cuya estrategia a la hora de contar las biografías de otros es consiste en ponerse en la piel de esos mismos. Diría incluso que no se trata siquiera de una estrategia “racional” sino de una forma de acercarse a la comprensión de una vida ajena de la forma más íntima y comprometida posible. Me viene a la cabeza, por ejemplo, El arte de volar de Kim y Antonio Altarriba: Altarriba busca ponerse en la piel de su padre, para poder contar su historia. Y aquí Abirached dedica una parte de la obra a contar experiencias propias en las que se encuentra entre dos mundos -principalmente aspectos de la cultura occidental y la oriental, y más específicamente en cuestiones de lenguaje- y como busca su propia síntesis. Y en eso, establece un paralelismo con la búsqueda de su bisabuelo en su intento de resolver el rompecabezas de que un instrumento occidental ejecute ritmos orientales. Abirached nos habla de su propio “piano oriental” y con eso convierte el piano oriental de su abuelo en algo más que un instrumento, lo eleva hasta convertirlo en una expresión de la conciliación de aparentes opuestos.

 

Quizás por esa razón la obra tenga también de fondo alguna función terapéutica -que, por cierto, la música también puede tener- buscada de forma consciente o inconsciente. Y me parece muy bien. Al final, Abirached nos demuestra el poder del dibujo para proyectar imágenes y construcciones sobre dilemas o conflictos personales que en la vida real no sabemos ni cómo empezar a abordar y que incluso nos pueden parecer de imposible resolución. Puede que la expresión dibujada en tinta y papel no sea tampoco un chasquido de dedos milagroso que lo resuelva todo, claro, pero como mínimo sí que puede ser un mapa o una carta de navegación que apunte adonde queremos llegar y que nos permita avanzar hacia ello.

 

comic  El piano oriental  de Zeina Abirached

 

Crisálida (Carlos Giménez)

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Si tuviera que hacer aquí un repaso de la obra y trayectoria de Carlos Giménez probablemente acabaría con muñones en los dedos. Por ello, doy por hecho que el lector frecuente de cómics que aterrice en esta reseña conoce a este autor y su importancia en la historia del cómic español. Para el lector casual que no haya entrado en su obra, valga anotarle que es uno de los autores imprescindibles en la historia del cómic español. Giménez tiene una extensa producción en géneros clásicos -aventuras y ciencia-ficción- pero también se le considera un pionero en el campo de la biografía o el retrato costumbrista de su generación en cómic, dejando algunas obras realmente memorables. Por ejemplo, en la revista Jot Down elegimos Los profesionales como una de las cien obras imprescindibles del cómic de todos los tiempos, pero seguramente Paracuellos o Barrio podrían haberse incluido con igual reconocimiento en esa o en cualquier lista similar. Lo que sí que no puedo evitar plasmar en esta introducción es la rara sensación que experimento al ser esta la primera vez que escribo sobre una obra de Carlos Giménez y que al mismo tiempo esa obra, tras leerla, dé la impresión de que pueda ser la única. Espero, evidentemente, que no sea así.

 

Crisálida, el último trabajo de Giménez, es en varios aspectos tan típica de su autor como una cierta vuelta de tuerca -sería más correcto decir una mutación, quizás- de lo que ha venido haciendo desde siempre. En una sinopsis breve, el tebeo cuenta la etapa de la vida de un dibujante de cómics, Raúl -un alter ego del propio Giménez-, en la que experimenta una desilusión creciente que le lleva a un cierto aislamiento; Raúl va agarrándose a su profesión casi como el último remanente de plenitud y felicidad que le queda. Este estado anímico, esta “crisálida” como el propio personaje bautiza en las primeras páginas del cómic empieza en el momento en que el individuo toma consciencia de su propia mortalidad y terminaría, inevitablemente al suceder ese evento. Raúl comparte protagonismo en este tebeo con el Tío Pablo, otro personaje ya usado con anterioridad por Giménez -también un alter ego de sí mismo, atentos a la carambola-, que presenta aquí como amigo de Raúl y que ejerce el rol de narrador del crepúsculo de éste de cara al lector.

 

Una de las características notables de este trabajo reside en que, así como una parte de la obra del Carlos Giménez abunda en la biografía de una generación con un coro amplio de personajes -en los que se puede incluir él mismo- y un trasfondo histórico notable, esta vez el colectivo humano y el contexto temporal se difuminan. Hay elementos biográficos, sí. Pero si Giménez con anterioridad ha contado la biografía de un colectivo o la de algún compañero en particular -véase su reciente Pepe, que narra la vida del dibujante Pepe González- esta vez trata la suya propia exclusivamente, con un foco potentísimo. Nada más importa que contar lo que a él le pasa o le está pasando. Carlos Giménez aclara en el prólogo de la obra la razón de las semejanzas entre los dos personajes protagonistas de la obra y comenta el rizo del rizo elaborado con esos dos personajes que son, en el fondo, avatares de sí mismo. Sin embargo, a mí personalmente el motivo no me acaba de quedar claro ¿Distanciar personaje y autor para poder observarlo y representarlo con mayor honestidad? ¿Por costumbre del propio autor? ¿Son el Tío Pablo y Raúl dos aspectos diferentes de Carlos Giménez? ¿O son imaginarios del propio autor de si mismo en épocas distintas encontrados aquí? Quién sabe. En cualquier caso el resultado es interesante dado que permite narrar desde múltiples puntos de vista: la historia que cuenta el propio Raúl en primera persona -el relato directo-, la que cuenta el Tío Pablo sobre Raúl -la reflexión vista desde fuera- y la que el propio Raúl deja escrita en sus diarios -la crónica de la vivencia intimista y aislada-. Por una parte, a Giménez le sirve para paliar la monotonía que podría provocar la encadenación de escenas de tono similar -monólogos,  conversaciones y anécdotas narradas con un mismo tema de fondo-. Pero además le permite jugar a aumentar la tensión y la intriga con el lector, aislando y conectando al protagonista con los lectores según le conviene. No es lo mismo que el personaje nos cuente algo, copazo en mano y rodeado de amigos que leer una nota que ha dejado escrita en manos de otros.

 

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En la parte negativa… bueno, debo confesar que he escuchado -ojo, que no leído- más opiniones negativas de Crisálida de las que yo compartiría. Una crítica habitual que me he encontrado es la del abuso de recursos gráficos “fáciles” como la ausencia de fondos  -o que estos queden difuminados-, la repetición de los mismos planos cambiando pequeños detalles o el uso del zoom. Si bien es cierto que la factura final del tebeo no es de las mejores en la carrera de Giménez, me parece que muchos de esos recursos son más que apropiados para lo que quiere expresar el autor y de ahí su pertinencia. Seguramente a esta defensa que esgrimo saldría rápidamente el contraargumento de que esos recursos no los inventa Giménez y que están algo más que manidos. Sinceramente, no me parece que Crisálida, teniendo el objetivo de ser un manifiesto emocional del autor tenga que ser una obra en la que revolucionar desde el ingenio gráfico. Y en esas ¿nos resultaría honesta una obra en la que un autor nos cuenta sus horas más bajas siendo esta misma obra un dechado de creatividad?

 

En mi opinión, la relevancia y la potencia de Crisálida reside en su discurso. Creo que hay pasajes de Giménez que pondrán la piel de gallina a cualquiera que haya pasado por algo similar o que conozca a alguien que lo haya vivido. “Ya no quieres verte con según qué personas, no quieres acudir a según qué actos, no quieres figurar en según qué listas ni salir en según qué fotos. Solo quieres que te dejen en paz. Y así es como te vas encerrando en tu crisálida”. Leer estas líneas, a mí personalmente, me sobrecogió.

 

Con todo y con eso, me parece que Crisálida no funciona como una historia que cuente como se vive una depresión o un estado de aislamiento de forma universal. A pesar de los seudónimos -que en el fondo creo que es simplemente un recurso que Giménez usa por costumbre- la obra cuenta muy particularmente las vicisitudes de su protagonista. Así, si bien eso convierte al tebeo en un ítem importante en la bibliografía del autor -y por lo tanto de interés natural para sus seguidores habituales- eso la aleja del interés de un público mayor que no lo conoce o lo conoce poco. Por decirlo de otra forma, Carlos Giménez está en Crisálida más cerca de autores como Joe Matt o Chester Brown cuando narran sus vivencias o cuando manifiestan sus estados de ánimo que, por ejemplo, de Paco Roca cuando coge un vivencia emocional particular con fondo biográfico y le da el traslado a una sensibilidad más amplia y compartida. Comento esto no porque un tipo de historia o de voz sea mejor que la otra, por supuesto. Lo hago porque creo que ha habido un cambio de tono respecto de las anteriores historias de Giménez en las que sí que conseguía llegar mejor a una cierta universalidad. Aquí se ha dado un giro. Crisálida es un relato muy personal, muy desde el “yo” que el lector podrá captar fácilmente, y que atraviesa cualquier juego de seudónimos que nos haga su autor.

 

Para terminar, me queda expresar una duda. Es extraño que para lo que le sucede a Raúl en el tebeo el personaje -también su autor, claro- decida denominarlo “crisálida”. Siendo, según la definición expresada en el tebeo un estado anímico que empieza con la conciencia de la muerte y termina con la llegada de la misma me parece extraño que la figura que se use como símil sea una crisálida y no por ejemplo una mortaja o un sudario, que hace más referencia a la mortalidad. La figura de la crisálida lleva implícita un proceso de transformación, de cambio. Me hace pensar también en algo que dice Giménez en el prólogo y que el crítico Gerardo Vilches destaca en su reseña en Entrecomics. Giménez niega la existencia de experimentación en el mundo del cómic actual en un momento en que precisamente rebosa la experimentación, especialmente en artistas independientes y editoriales pequeñas. Y precisamente al final del tebeo -atención al breve spoiler- lo que “sale de la crisálida” yo al menos lo asocio con esos estilos independientes, experimentales, que expresan rarezas y misterios con unos pocos trazos garabateados, dejando al lector reflexionando, pensando sobre qué es lo que ha visto exactamente. Eso pasa, de alguna forma, al final de Crisálida. Y quizás eso pueda ser un cambio, algo nuevo, para el propio Giménez.

Inio Asano (III): La chica a la orilla del mar

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Cuando en nuestra vida de lector descubrimos a un autor que nos parece interesante –o nos encandila con la primera obra de este que cae en nuestras manos- lo más normal es tirarnos a la lectura de la segunda esperando que muchas de sus coordenadas autorales sean las mismas o al menos muy similares. En mi caso al comentar con otros lectores lo mucho que me había gustado Solanin de Inio Asano, me recomendaron La chica a la orilla del mar fervientemente. Eso sí, la recomendación iba acompañada del aviso de que la obra era muy distinta de la que ya había leído. Lo era y no lo era: habrá que ir por partes.

 

Un punto en común es que los protagonistas de esta historia son jóvenes. Si bien, si en Solanin los protagonistas andaban por una especie de tardoadolescencia, aquí podemos hablar de adolescencia pura y dura. Hace tiempo alguien me dijo que si algo se puede decir con certeza de la adolescencia es que no se puede decir nada con certeza. En la historia se retrata el ir y venir emocional de esas edades y la incertidumbre del no saber lo que se quiere –o cambiar de opinión al respecto según cambie el viento-. Pero también ronda en el retrato una apatía ante un futuro incierto, un dejarse hacer un tanto derrotisa y nihilista. Si bien en Solanin el tema del “futuro incierto” iba en relación al desarrollo de una carrera profesional y vital, aquí las incertidumbres de los personajes residen en el ámbito más íntimo y personal. “¿Me querrá alguien?” “¿Soy normal?” “¿Estaré solo toda la vida?” son los dilemas que atenazan a los protagonistas de esta obra. Y así como en Solanin se expresaban las inquietudes vitales de forma directa, aquí todos estos dilemas quedan prácticamente enterrados dejando patente la incapacidad -o la falta de voluntad- por parte de los personajes para expresar de forma clara emociones y aspiraciones, si es que se tienen. Todo esta tormenta -o vacío- interior (dejo a manos de la lectura de la obra ver qué personaje está retratado como cada cual) está trasladada en las páginas de este manga que cuenta la historia de la relación entre Sato e Isobe y que a poco que el lector desarrolle un poco de empatía con los personajes y con la historia, verá que está condenada a acabar de forma trágica.

 

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Pero ¿es posible ejercer la “empatía”, ponernos en la piel del otro, en La chica a la orilla del mar como en Solanin? En Solanin, Asano nos lo daba todo hecho. Nos ponía cara a cara con personajes que nos lo contaban todo y nos escribía sobre las viñetas sus pensamientos regalándonos una fuente de información exhaustiva sobre sus intimidades. Sin embargo, aquí todo eso desaparece. Se acabaron los personajes hablándote a ti como si estuvieras allí: si en Solanin nos metían en el tebeo como uno más de la troupe de personajes, aquí Asano nos condena a ser un fantasma, alguien que está pero no está con ellos. Y también se acabaron los cuadros de diálogo textualizando pensamientos. En La chica a la orilla del mar se hace el silencio. Y sin embargo, algo percibimos. Asano prescinde de algunos canales de comunicación, pero seguimos viendo que todo sigue ahí: que los personajes tienen un mundo emocional interior nos es patente. Si alguna vez has advertido que alguien a quien conoces muy bien -un familiar cercano o un buen amigo-, le sucede algo aunque no lo verbalice -detectas pequeños detalles de comportamiento- entonces entenderás lo que hace Asano en este manga para dejarnos atisbar las interioridades de los personajes. Sabemos que algo les sucede, pero no sabemos el qué y avanzamos como posesos en su lectura para desentrañar el misterio interior de cada uno. Y es harto difícil: lo que hacen los personajes difiere de lo que dicen; y lo que dicen muy probablemente difiere de lo que piensan.

 

Por otra parte, uno de los elementos que más sorprende del tebeo es su tratamiento del sexo. No es ninguno secreto que en el manga más comercial los personajes están tremendamente sexualizados. El grupo de personajes de los shonen habituales consisten en un protagonista masculino tan entusiasmado como anodino rodeado por un harén de personajes femeninos de diferentes características físicas diseñadas para conectar con los fetiches de todos los lectores posibles. Por eso es raro encontrar una historia en el que el sexo cumpla una función realista en la historia. El sexo, cuando aparece está introducido en la historia para los personajes, no para el lector. En La chica a la orilla del mar el sexo es uno de los ejes de la historia, de lo que hay que contar. El sexo es lo único que une a los dos personajes protagonistas, que son incapaces de sincerarse el uno con el otro, de entenderse. Y quizás a través del sexo tampoco mucho, dado que los personajes reproducen constantemente los fetiches más variados de la pornografía de forma preeminentemente física, sin ningún tipo de conexión emocional. Sería muy fácil decir que este manga es como un Nueve semanas y media a la japonesa, pero la verdad es que hay mucho más. Difícilmente su lectura resulta erotizante -no la consideraría cómic erótico, aunque algunas de sus imágenes puedan serlo-, sabiendo que, fuera del sexo, Sato e Isobe están profundamente heridos. Están desconectados del resto del mundo. Solo se tienen el uno al otro y no les vendría mal contarse las cosas que no se cuentan pero que realmente les importan. Pero no lo hacen. Solo follan. Se usan mutuamente como desahogo.

 

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El caso es que cuando nos proponemos afirmar que estamos ante un slice of life de la relación sexual de dos adolescentes, hacemos aguas cuando Asano inserta en el manga algunos componentes de thriller o incluso de terror. El tema de la ausencia del ser querido flota en esta obra como en otras de este mismo autor. Hay personajes que no están, pero de los que se habla: han tenido un peso profundo en otros, podrían aparecer más adelante o no, pero Asano magistralmente convierte su ausencia en una presencia. En Solanin, los puntos de humor aligeraban la dureza de algunos momentos de la obra. En La chica a la orilla del mar no se nos concede este alivio. Los golpes de efecto puntuales buscarán subir la tensión a través de dosis de realismo mágico un tanto tenebroso. Y así nos tendrá en vilo con el destino de los protagonistas hasta el final.

 

Concluyendo, supongo que habrá quien caiga en la tentación fácil de afirmar que el final de La chica a la orilla del mar –y atención porque es inevitable dejar caer algunos elementos de SPOILER a continuación- es un final fácil, ingenuo y feliz. Todo parece arreglarse porque sí, por fortuna, por casualidad. Cada personaje parece caer donde debe o donde puede. Y parece que no les va tan mal. Y sin embargo, si lo pensamos dos veces, el final es terrorífico. Solanin era un retrato de la solidaridad y de la comprensión entre pares. La chica a la orilla del mar es todo lo contrario: es un retrato del egoísmo de sus personajes, de proyectar en otros necesidades que van y vienen sin llegar a colmar el pozo infinito de sus anhelos, utilizandolos como objeto. Al final, no hay reflexión de lo sucedido, no se alcanza ningún tipo de madurez emocional, no hay ningún tipo de superación personal. La vida sigue y es más grande que nosotros mismos. Si acaso a Isobe en la última escena, se le intuye una cierta conciencia de lo sucedido, pero no queda claro si realmente se ha aprendido o si se puede aprender algo de lo sucedido. Y por ello, La chica a la orilla del mar se queda en prácticamente unas antípodas perfectas de lo que se nos contaba en Solanin, sin bajar un ápice la calidad de la historia narrada.

 

 

La estructura del primer ciclo de Las aventuras del Capitan Torrezno

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Se habla poco de Las aventuras del Capitán Torrezno de Santiago Valenzuela. Quizás es el sino de la que es probablemente una de las series más extensas –tanto en lo que lleva publicado con anterioridad como en su ambición de cara al futuro- publicadas en nuestro país en la actualidad. Damos por hecho la publicación continuada de la misma y con certeza absoluta esperamos la salida de un nuevo libro cada año o año y medio, cadencia media de la obra. Iniciada en el año 2002, Las aventuras del Capitán Torrezno tienen en su haber  un ciclo entero, compuesto de seis volúmenes, y un segundo ciclo en proceso cuyo tercer volumen apareció a principios del año pasado. Creo que no es nada descabellado afirmar que estamos ante algo prácticamente inédito. Además, según su autor, el completo de la obra está bastante planificado a la salvedad de los detalles o decisiones que se puedan tomar sobre la marcha. Lo importante de la cuestión es que en Las Aventuras del Capitán Torrezno, cuyo conjunto consta ya de unas mil seiscientas páginas, no hay huidas hacia adelante. Todo parece estar planificado de antemano.

Sin embargo, no hay que dejarse deslumbrar solo por las cuestiones de extensión. La obra tiene tal cantidad de aspectos salientes que me gustaría comentar que solo se me ocurre irlos abordando de uno en uno. Y en este artículo en particular he decidido empezar por la, a mi entender, brillante arquitectura de la estructura del primer ciclo.

Alguien que pueda leer esto de “la arquitectura de la estructura” puede pensar que aquí el articulista está marcándose una redundante floritura innecesaria –como ahora sí acabo de hacer- pero no, no es el caso. Pero vayamos por partes. Empezaré explicando de que va el tebeo de Valenzuela a modo de iniciación para quien desconozca esta obra y a su autor, y simultaneamente iré desarrollando lo que quiero explicar.

Introducción : Un principio que contiene un final

El primer volumen de esta extensa saga –Horizontes lejanos– expone la premisa de su historia. Un individuo “corriente” –de momento dejémoslo ahí- acaba en un mundo extraño con una cierta imaginería fantástica. La premisa recordará fácilmente al Den de Richard Corben. Ese personaje es el Capitán Torrezno y aunque no lo parezca, esta no es su primera aventura. Sus primeras historias tuvieron lugar en varios fanzines madrileños de inspiración underground. El Torrezno –su nombre real no lo sabemos, este es más un mote- era un parroquiano de los bares de las barriadas madrileñas, que junto con otros personajes variopintos vivía aventuras de un surrealismo bastante oscuro, con bastantes golpes de humor. Esta podría ser una más, esto es así, pero la aspiración de la misma es la de “la aventura definitiva”. El Torrezno acaba en este mundo extraño y pronto se convierte en una suerte de “héroe por accidente”. Sus correrías en este primer volumen terminan por llevarle a Deeneim, una de las ciudades más importantes de este mundo -situada en una posición elevada, defendida por una doble línea de formidables muros y flanqueada parcialmente por vías fluviales- y en la que se centrará la acción del primer ciclo; el tema principal de este girará entorno al épico asedio que sufrirá dicha ciudad y que se desarrollará a partir del segundo volumen.

Pero el primer volumen no es solo una mera introducción. El tercio final del libro nos revela el origen de este extraño mundo, que el avezado lector descubrirá casi antes de llegar a él y que el Torrezno, para divertimento del lector, ignorará. Pero también nos cuenta algo de lo que parece ser su final. En pocas palabras, Valenzuela nos cuenta el alfa y el omega de lo que tiene pensado contar antes de entrar en el nudo que desarrollará la acción del primer ciclo, el asedio de Deeneim.

Así, si hiciéramos un diagrama cronológico de la historia, colocando los volúmenes en la línea temporal de forma ordenada, para empezar, el primer volumen se situaría en estas posiciones:

EstructuraTorrezno 1

(espero disculpen mi impericia con el Paint)

La maniobra de guión es, en mi opinión, habilísima y necesaria desde el punto de vista de generar interés en el lector de cara poder interesarlo po una obra larga, una aventura épica, unas “Torrezníadas”, si se me permite. Así, Santiago Valenzuela, ya en el primer volumen, además de dar altas dosis de aventura, entretenimiento y humor, genera preguntas que contesta hacia el final de ese mismo libro, pero que a su vez generan más preguntas, fidelizando al lector a la lectura continuada.

Nudo : El asedio de Deeneim en cuatro actos

El final del primer volumen deja al Torrezno en Deeneim. Y lo deja a punto de sufrir un asedio de proporciones enormes. En él se enfrentan las dos grandes culturas del mundo y que se asemejan parcialmente a las nuestras en el sentido de que aglutinan aspectos de occidente (Deeneim) y oriente (ejército del Tártaro). No entraremos en mucho detalle de los acontecimientos, pero sí que señalaremos que la historia del asedio ocupará los cuatro volúmenes centrales del primer ciclo, esto es, del segundo al quinto, entre la conquista de las murallas de la ciudad desde fuera y las conspiraciones que se suceden dentro. Las historias narradas en este gran bloque combinarán aventura, acción bélica e intriga política. Por el camino, el Torrezno seguirá descubriendo más cosas del mundo en el que vive y Valenzuela seguirá dotando de fondo a este mismo por el camino. El estilo gráfico variará. Así como en el primer volumen, el estilo es más oscuro y grotesco, más heredero de los fanzines de los que provenía el personaje, aquí ya se da una deriva hacia una línea más clara y limpia -seguramente más asociable en el imaginario del lector de tebeos con el estilo gráfico del tebeo común de aventuras- y los paisajes ganan en profundidad de espacio, creando una sensación de mayor amplitud del universo.

Al margen de que en algún momento muy puntual se eche un vistazo al futuro o al pasado, el tiempo en el que suceden los acontecimientos de estos cuatro volúmenes es completamente lineal y consecutivo. Es una crónica del asedio de Deeneim, tanto desde la perspectiva de un bando como de la del otro, que empieza en el segundo volumen y termina en el quinto.

Completando un poco más la línea cronológica que hemos dibujado en el diagrama anterior, colocando estos cuatro volúmenes, el asunto quedaría así.

EstructuraTorrezno 2

Aunque el final mostrado en el primer volumen no se alcanzará con el final del quinto volumen –todavía cabrán historias antes de que este llegue-, queda patente como el inicio de la historia, Horizontes lejanos, rodea el relato de la crónica del asedio en anterioridad y posterioridad.

Hasta aquí, todo parece más o menos una estructura sencilla -introducción, desarrollo y desenlace- pero no se vayan todavía que viene la ejercicio que finaliza la acrobacia, un espectacular y arriesgado salto mortal hacia atrás.

Conclusión : Un final que contiene un principio

El último volumen del primer ciclo de Las aventuras del Capitán Torrezno supone una jugada genial por parte de Valenzuela. Empezando su lectura, nos damos cuenta de que la acción está situada mucho más allá de lo que aparentaba ser el final  de la historia en el primer volumen. La acción transcurre en una entrevista de estilo periodístico –entre dos personajes que a priori no conocemos- que sucede en el futuro. El motivo de esa entrevista consiste en escarbar eventos pasados, para tratar de entender quien era el Torrezno en su día antes de que todo empezara. Por lo tanto, Valenzuela coloca un nuevo omega en su historia; amplia de nuevo la meta para enganchar a los lectores con el segundo ciclo.

Pero también amplia el alfa de la historia. En la narración que se da de los orígenes del Torrezno en esta entrevista, Valenzuela aprovecha para insertarnos algunas de las historias publicadas en fanzines, ya difíciles de encontrar para el lector que tuviera curiosidad por aquellos primeros trabajos en los que se gestó el personaje, las primeras historias reales del Torrezno y su curiosa troupe. El resultado es más que interesante. El estilo oscuro, sucio, expresionista -muy underground– de aquellas historias surrealistas, cachondas y salvajes de los fanzines contrasta mucho con el estilo más limpio y claro usado en el desarrollo de este primer ciclo y en el que se ilustra también la entrevista. Realmente nos da la impresión de estar accediendo a la prehistoria del Torrezno, a otros tiempos en los que todo era diferente tanto temática como formalmente. No en vano el volumen se titula Los años oscuros.

Y de esta forma, concluyendo el diagrama que hemos ido elaborando, este volumen de epílogo rodearía de la siguiente forma la línea cronológica

Estructura Torrezno 3

El efecto final es tan práctico como ingenioso. Los volúmenes inicial y final están elaborados de una forma que buscan enganchar al lector con la historia, hacia adelante. Pero la forma de ir “construyendo” la línea cronológica según sus volúmenes, trazan un paralelismo entre la estructura de la obra y la estructura física de la ciudad protagonista, la ciudad de Deeneim. Así como se cuenta la historia del asedio a una gran ciudad rodeada por dos prominentes murallas, la propia crónica del asedio queda rodeada dos veces por las historias que lo flanquean en su pasado y en su futuro. En el primer libro hay un inicio y un final de la historia; y en el último libro hay un principio y un final que abarca lo anterior. Sin lugar a dudas, creo que hay una cierta “meta-“ buscada por su autor, que consigue y que permite cerrar con broche de oro el primer ciclo de una gran obra.

Algunas reflexiones

Al margen de los paralelismos que uno quiera trazarle –aunque seguramente habrá quien quiera ver en estas comparaciones mías un entretenimiento similar a buscar caras de Bélmez si bien yo creo que es evidente que esto proviene de un diseño buscado por su autor- sí que me parece que se pueden sacar unas conclusiones y reflexiones de estos mecanismos estructurales.

Por un lado, destacar la habilidad de Valenzuela para usar un personaje de unos cómics de un formato estilístico, temático y editorial y llevarlo a otro: del underground fanzinero al álbum de aventuras épicas y fantásticas. Acertadamente, el Torrezno toma su inspiración visual, su icónico perfil, del clásico bufón de las barajas de cartas y que representa la carta comodín en el juego; y a Valenzuela le sirve tanto para un roto como para un descosido. Al jugar con la estructura de esta forma, Valenzuela justifica la transición del personaje, y a la vez mantiene el recuerdo de sus orígenes. Juega al contraste, pero a la vez unifica el conjunto de la obra. No deja nada detrás. Esto se ha visto antes, ciertamente. Lo hemos visto en obras y personajes con las que han pasado décadas y que otros autores han recuperado y han reinventado. A bote pronto, podríamos hablar de cómics muy célebres de Moore o de Morrison recuperando a personajes de décadas de antigüedad. Pero en este caso, la obra no cambia de manos. Es el propio autor el que se permite jugar con su propio personaje.

Por el otro, destacar el carácter único de la obra de Valenzuela. Se me ocurren muy pocos cómics actuales llevados por un mismo autor, capaz de plantear una base estructural de este tipo. Sí, existen series muy extensas, pero todas están condicionadas a sus formatos mínimos editoriales, esto es, el tebeo de grapa o el álbum europeo. La gran mayoría creo que ni tan siquiera se plantean contar una “gran historia” y crear una hoja de ruta tan estudiada y planificadas -¡establecer ciclos!- por razones editoriales y comerciales. Muchas de ellas no salen de la serie limitada o la trilogía de álbumes. Sí que sucede, sin embargo, en la literatura, con todo el fenómeno de las llamadas “novelas-río” y sobre todo con autores de patente popularidad.

Otorgarle a la obra el premio nacional hace unos años creo que fue importantísimo para la continuidad de la obra. Seguramente, el número de lectores que llegaron a Las aventuras del Capitán Torrezno mediante la obtención del premio –entre los que me incluyo- fue considerable. Y no solo de ello se benefició esta saga, sino el resto de su obra –de la que cabría escribir todavía más artículos- haciendo que el público apueste aun más ya no solo por esta “novela-gráfica-río” sino por su autor. Lo que hace que se retroalimente su continuidad.

Sin embargo, aun me da la impresión de que el Torrezno no acaba de salir de un cierto estatus de obra de culto. Tiene unos lectores muy acérrimos, defensores de la obra y de su autor, pero una repercusión menor entre el global de los lectores habituales de cómic. A mí personalmente, me gustaría que el Torrezno entrara definitivamente en ese hall of fame de personajes creados por autores españoles reconocidos con bastante popularidad tanto por los lectores frecuentes de cómic como por los ocasionales. Aunque esto creo que va a ser bastante difícil, aun con un premio nacional en su haber.

Segundo ciclo: lo que está sucediendo ahora

El segundo ciclo del Torrezno ha visto publicado su tercer volumen en 2015 y continua con las aventuras de su protagonista. El trasfondo bélico sigue, ya que si el primer ciclo trataba de un asedio, el segundo habla de una campaña bélica de conquista. Pero me parece que, más allá de eso el segundo ciclo va sobre una búsqueda. La figura que aparece constantemente en el segundo ciclo, es la de una escalera, otro elemento seleccionado por Valenzuela que es tanto un elemento cotidiano y habitual como simbólico. Subiendo la escalera se “alcanza un estadio superior”. De momento, no detecto en este segundo ciclo juegos especiales con la estructura o paralelismos entre la estructura de la historia y su contenido o elementos relevantes de su contenido. Aunque sí que hay una diferencia del tamaño de los2peldaño volúmenes del primer ciclo con los del segundo. En mi estantería, cada ciclo podría ser un “peldaño”. Pero consideremos esto como algo ocasional, de momento.

En un artículo que escribí sobre Las aventuras del Capitán Torrezno en Jot Down 100: Cómics –aquí desarrollo algunas de las ideas que apunté allí- señalé que en la distribución temática por ciclos, me parecía que la obra pudiera estar buscando tocar cada uno de los grandes temas de la literatura señalados por Borges en el relato Los cuatro ciclos. El primero es un asedio y el segundo, una búsqueda. Los dos restantes serían, un regreso y el sacrificio de un dios. Y hay indicios en los volúmenes del primer ciclo de que estos temas podrían tratarse. Estos son temas que suelen aparecer con frecuencia en las grandes historias, desde las clásicas de la antigüedad, hasta las comerciales modernas. Creo que Valenzuela es muy consciente de ellos y ya los ha tratado con evidencia en obras como El gabinete del Doctor Salgari. Por lo que no sería raro que el Torrezno tirara por ahí. Y sería algo genial, espectacular. Sin embargo, me cabe la duda por el hecho de que el autor, en algún momento, ha señalado que Las aventuras del Capitán Torrezno poseerían solo tres ciclos. Lo que no quitaría que los temas apareciesen igualmente, a pesar de que cada gran tema estuviera dedicado a un ciclo.

Lo que sí que es claro –insisto, para terminar- es que estamos ante una gran obra, una obra única, que, en mi opinión, aun necesita de mayor difusión. Quizás incluso un intento de importación al extranjero. Italia sería un interesante punto de mira. Un tebeo de aventuras, seriado extensamente, con gran cantidad de diálogos, en blanco y negro…  todo esto es treméndamente cercano para el público italiano lector de los tebeos de la Bonelli. Por lo pronto, cabe que aquí celebremos con gran jolgorio la aparición de cada nuevo libro de esta monumental serie de tebeos y sigamos recomendándola a los que aun no la conocen.

Inio Asano (II): Solanin

 

 

SolaninPortada

 

El manga, como producto cultural exportado por todo el mundo, deja un cierto imaginario en sus lectores sobre las formas de vida y las costumbres del país en el que suceden sus historias. A través de obras de ficción, aventura y fantasía -las primeras que nos llegaron de forma masiva-, tenemos una imagen del adolescente japonés que se perpetúa obra tras obra. Pero este protagonista estereotipado, esta “variedad de jardín” repleta de clichés oculta mucho de la realidad del colectivo al que pretende representar -si es que lo hace- ya sea contando una épica fantástica, un romance o una comedia. ¿Qué pasa cuando termina el instituto? ¿Qué pasa cuando van a la universidad? ¿Qué pasa cuando salen a buscar trabajo? La historia de la juventud japonesa, retratada en los shonen más comerciales que hemos podido leer aquí, empieza y muere en el instituto. Y a sus lectores nos queda lejos una visión realista tanto de la misma como de lo que sucede después.

 

Hay que dar un salto a publicaciones dirigidas a públicos más adultos para dar con esos retratos algo más realistas, para encontrar historias que profundicen en los personajes y que les den un poco de alma. Por mencionar alguna obra precedente a la que trataré en este artículo, destacaría Nana de Ai Yazawa, manga josei -manga destinado a mujeres adultas- seriado que cuenta la historia de dos jóvenes chicas con objetivos muy diferentes en la vida que buscan independizarse en Tokio y acaban compartiendo piso. Nana tuvo bastante éxito -y desprendo de ello que había un público muy amplio interesado en este tipo de relatos-, pero una enfermedad retiró a su autora de la continuación de la obra en el 2009; pese a que Yazawa se recuperó, la obra quedó paralizada y sin final.

 

Solanin, de Inio Asano, por suerte, no ha tenido esa mala fortuna. Una de sus mayores bazas es que, a pesar de haber sido seriada en una revista, está pensada más como una “novela gráfica” con sus correspondientes capítulos -y un mapa de ruta muy claro- que como un “culebrón” a una deriva, algo que los editores podrían pedir estirar mientras la obra sea exitosa entre el público. Solanin no tiene ese problema, no parece regirse por audiencias ni por encuestas de éxito. Y quizás por eso uno de los adjetivos que más se repite cuando se habla de este manga es que es una obra “redonda”. Y es así. Conocemos a los personajes sobre la marcha, en su vida cotidiana, sin un gran evento que marque el arranque de la historia. Paulatinamente se nos presentan sus dilemas, que van evolucionando o complicándose. Y hacia el final estos problemas se resuelven -de una forma o de otra- dejándole al lector una sensación de cierre, de que el autor ha contado exactamente lo que quería contar. Todos los personajes tienen su espacio, tanto los protagonistas como los secundarios -que prácticamente dejan de serlo por el mimo con el que se les trata- y hay un control absoluto del ritmo y del tono con una visión perfecta de la historia al completo. Uno de los éxitos de Solanin, pues, está en desmarcarse de estas dinámicas editoriales que arruinan el conjunto de la obra. Sabe contar una historia y tiene presente que esta tiene que tener un cierre. Y esto es capital en esta obra en la que uno de los temas que toca -quizás el gran tema de la obra, aunque no el único- es el de como los individuos nos sobreponemos a ciertas dificultades poniendo voluntariamente un punto y final a ciertas cosas. Porque si no lo hacemos, a la larga, pueden hacerse obsesivas y perjudiciales para nosotros. El mensaje es poderoso por si mismo. No sé si de forma metaliteraria incluso pueda servir como recadito para el mundo editorial japonés.

 

SolaninPersonajes

 

La historia trata de un grupo de jóvenes que se halla en el momento de transición entre los estudios y el mundo laboral. Asano nos pone en la piel del colectivo de los veinteañeros japoneses en la tesitura de decidir un camino en la vida. ¿Me busco un trabajo de oficina, estable, mecánico y aburrido, donde empezaré siendo el último mono y quizás pueda ascender a algo más dentro de un sistema jerárquico y así hasta el fin de mis días? ¿O bien me decido por una opción más arriesgada, más vocacional y más creativa pero con altas posibilidades de fracasar? Aquí se aborda un “drama” generacional japonés, que no está tan lejos del de las inquietudes de cualquier joven recién salido -o a punto de salir- de la universidad, en cualquier otra parte del primer mundo. Engancha porque, de alguna forma -y al menos inicialmente- trata de responder a estas preguntas. O, como mínimo, pone la pregunta sobre la mesa y así visibiliza una incertidumbre generacional y una crítica hacia un mundo laboral gris, autoritario y poco enriquecedor. La resolución de ese dilema define el salto de la juventud a la adultez. Que no necesariamente a la madurez, ojo. Y eso es mucho.

 

El caso es que Solanin empieza desde lo cotidiano y desde lo universal, mostrándonos a unos personajes con los que el lector se puede identificar más o menos fácilmente. Pero a medida que pasan las páginas los personajes dejan rápidamente de ser “cualquier posible joven” o “cualquier posible persona”. El autor va ahondando en los personajes y hace aflorar ante el lector sus miedos y sus inquietudes. Y los inunda de pequeños detalles expresivos que los hacen únicos. Ya no nos importan porque pudieran ser como nosotros por tener vidas o inquietudes similares. Nos importa lo que se cuentan -lo que nos cuentan-, lo que van a hacer, lo que van a decir o lo que sienten porque les sucede a ellos y solo a ellos. Los personajes se convierten un poco en amigos del lector. Asano ha conseguido que desarrollemos una empatía con los personajes, colocándonos, como uno más, dentro del grupo.

 

Leyendo el cómic se me descubren un par de técnicas narrativas de como Asano llega a eso -en Solanin es tan importante el qué como el cómo-, a crear esa relación directa entre un personaje y el lector. Una de ellas es el uso del primer plano en los diálogos entre los personajes. Cuando un personaje tiene una charla con otro, el autor nos pone el punto de vista del personaje que escucha, “nos convierte en él”; o casi, a veces a un metro por detrás del personaje. Pero lo que importa es que nos pone cara a cara con el personaje que se está expresando y prácticamente parece que nos lo cuente todo mirándonos a los ojos. Y así, a medida que vamos leyendo el cómic no es raro que nos sintamos como parte de ese grupo de amigos. Asano se ha preocupado de dedicarles momentos significativos a cada personaje, incluso a los secundarios, por lo que a todos los vamos conociendo a base de incluirnos en esas conversaciones en las que estamos muy cerca del personaje que nos explica su vida. Esta técnica, por supuesto, no la inventa Asano, pero la aplica y desarrolla excelentemente bien. Es característica de otros mangakas y en particular me recuerda mucho -aunque no tengan nada que ver en cuanto a género- al Naruto de Masashi Kishimoto, que constantemente nos pone la cámara junto a sus personajes, como si estuviéramos al flanco de los mismos, como un personaje más.

 

SolaninMeiko

 

La otra técnica relevante para el desarrollo de la empatía es mucho más íntima, cuando se expresa un monólogo interior en forma de texto acomodado en viñetas enteras. Se hace partícipe al lector de la intimidad última del pensamiento de los personajes de lo que quizás no expresarían a nadie. Así, de alguna forma, ese monólogo interior deja de serlo para convertirse, de nuevo, en una especie de diálogo con el lector. Bueno, yo al menos me he encontrado a mí mismo leyendo pasajes de la intimidad de los personajes y evocando mis propias experiencias personales mentalmente como si a ese personaje -a ese amigo- pudiera servirle mi experiencia como ayuda.

 

A Solanin, para concluir, no le falta ni le sobra nada. Sabe lo que quiere contar y como quiere contarlo. Es quizás la obra más luminosa de Asano de entre las que hemos podido ir leyendo por aquí aun con sus “medias horas oscuras del alma”. No le falta tampoco algunos golpes de humor con los que el autor consigue aliviar y/o romper algunos momentos de drama o incluso para jugar un poco a la tragicomedia-un recurso que hemos visto en las obras de más reciente publicación como Buenas noches, Punpun o Dead dead demons dededede destruction-. Al final, Solanin es un canto a la fuerza interior de cada individuo para tomar decisiones en momentos duros, al salto al vacío hecho con valentía. Pero también es un canto a la solidaridad, al apoyo mutuo ante las dificultades, a seguir hacia adelante acompañado de los que queremos. Es una despedida de las inseguridades a las que nos habíamos ido agarrando y que nos conectaban más con una soledad estéril que con un mundo compartido con otros lleno de posibilidades.

La casa (Paco Roca)

lacasa

Yo no quería meter aquí demasiados rollos personales pero me dicen por el pinganillo, que está bien, que los blogs, a lo largo de la corta historia de internet, han ido trufados de las anécdotas de cada bloguero. Así que me van a permitir esta excepción temprana, antes de empezar a hablar del último tebeo de Paco Roca.

El primer recuerdo que tengo de esta vida -y que tengo la certeza de que es genuino- es el de estar en el huerto de mis abuelos maternos entre matas de varios tipos. Mi abuelo comenta siempre que me encantaba cagarme donde él plantaba los limones. Aquellos primeros recuerdos de aquel sitio los recuerdo con mucha luminosidad, a pesar de que realmente la casa era como un apaño de ladrillos y muy oscura en su interior. Llamarla “casa” quizás era un cumplido, porque realmente todo aquello estaba como a medio terminar.  Mi abuelo se vino a Cataluña con la familia desde Granada y siempre tuvo aquí lo que nosotros llamábamos “el terreno”. El primero -este de mi primer recuerdo- fue en Vilanova i la Geltrú. Pero luego lo vendió y compró un segundo, en Castelldefels. El mismo proceso sucedió unos años más tarde con un tercero, en un pueblecito de la Anoia, que es del que guardo más y mejores recuerdos; la casa, en comparación con las anteriores, estaba más acabada.

“El terreno” siempre tenía la misma composición en los tres casos: entre la mitad y una tercera parte de la superficie lo ocupaba una pequeña casa -levantada por mi abuelo y amigos o familiares- y el resto lo ocupaba un huerto con una caseta para tener algunas gallinas o conejos. “El terreno” era el lugar donde se pasaban las vacaciones y muchos fines de semana. Era el lugar donde la familia materna se reunía con frecuencia -jamás entendí como llegábamos a caber tantos en un espacio tan pequeño- y donde nos arrejuntábamos todos los primos de esa parte de la familia para orquestar maldades. Pero pasó el tiempo, los abuelos -aunque parezca mentira- envejecieron y dejaron “el terreno” para irse a vivir a un piso en la localidad donde vivían la mayor parte de los hijos.

Leyendo La casa de Paco Roca al principio no lo advierto pero pronto caigo en la cuenta de que estoy ante -perdónenme la puya- una historia bastante familiar. Narra la historia de tres hermanos que vuelven a la casa del padre para reformarla después de estar mucho tiempo abandonada. Cuando los hermanos retoman el contacto con ese espacio físico y la multitud de elementos que lo componen, se despiertan las memorias del pasado. Una casa ya no es solo una casa. La manguera del patio ya no es solo una manguera. Una higuera ya no es solo una higuera. El recorrido a través de la casa en el espacio es un recorrido también hacia atrás en el tiempo. Los hermanos van rememorando anécdotas sencillas, cotidianas, a veces divertidas, a veces melancólicas. Y todo ello permite que, conjuntamente, reconstruyan la historia y la personalidad del personaje ausente a los ojos del lector: el padre.

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Hay un momento en el que estoy leyendo el tebeo y algo hace “clic” en mi cabeza y conecto la historia que estoy leyendo con la historia de mi familia, con como nos reuníamos todos en aquel “terreno”. Y ahí hay un paralelismo precioso: si la casa de la historia permite a sus personajes rememorar el pasado, La casa (el tebeo) de Paco Roca funciona de la misma forma con sus lectores y sus vivencias particulares con sus respectivas familias. Bueno, a mí al menos me ha pasado pero estoy seguro -por lo que he ido leyendo por ahí- que lo ha hecho también con otros tantos. En mi caso por ejemplo el momento de conexión entre el tebeo y mi familia ha sido una escena en la que dos hermanos se refunfuñan haciendo arreglos: ahí estaba un poco mi familia. A partir de ahí, en la lectura del tebeo, cualquier charla entre hermanos eran las charlas entre mis tíos. Cualquier anécdota del padre plantando algo era la de mi abuelo liado entre tomateras. Y cualquier anécdota y cualquier rincón de “la casa” tenía la plausibilidad perfecta para ser una anécdota y un rincón de “el terreno”, sin importar que hubiera sucedido o no. Hay infinidad de momentos con los que puede conectar cualquier lector: un árbol plantado en un lugar específico, la reparación de una persiana, una visita al médico,… Que nadie vaya a este tebeo buscando un drama victoriano, ni una historia de terribles secretos familiares que salen a la luz. Hay una cierta forma de hacer novela gráfica autobiográfica que parece desesperada por encontrar anécdotas raras, extrañas o extravagantes para elaborar el tebeo perfecto, llamativo y diferente. Jorge de Juan la retrataba y parodiaba un poco en Otra puta novela gráfica. Sin embargo, hay otra vertiente que habla de lo propio y de lo cotidiano sin intentar compararlo con otras experiencias. Que no está constantemente mirando si vive en un lugar común. O que no entiende el “lugar común” como algo defectuoso. Y por ahí anda este tebeo.

En la casa hay emoción y hay sensibilidad, pero construida con calma y a través de un coro amplio de detalles y experiencias sencillas muy cercanas para todo el mundo. Roca usa abundantemente un estilo de narración visual que abunda en el plano fijo, para situarnos y emplazarnos en cada parte de la casa. Pero también lo salpimenta con algunos diagramas muy ingeniosos -que creo que en momentos puntuales conecta mucho esta obra con los tebeos de  Chris Ware– y que acentúan el vínculo entre espacio físico y memoria -o paso del tiempo- por el que nos movemos durante la lectura de toda la obra.

DiagramaPacoRoca

El caso es que cuando llego al final de La casa, leo el epílogo de Fernando Marías y me cuenta que esta obra guarda un fondo autobiográfico importante. Y yo ya me pongo de rodillas. Paco Roca ha creado una ficción para contar su propia historia -para él- y por el camino ha conectado con todos nosotros. Ha construido una casa en la que todos nos reconocemos y todos nos encontramos.

Para terminar, me van a permitir otra anécdota personal. Hace cinco años visitaba yo el Saló del Cómic de Barcelona con mi infatigable amigo, Diego Cuevas. Jot Down -la web en la que nos estrenamos escribiendo de lo que nos gusta para un público más amplio- estaba a punto de ponerse en marcha y nosotros cruzábamos las puertas del recinto del salón al grito de “SEMOS PERIODISTAS DE TEBEOS” con una ilusión infinita. Y nos zampábamos casi todas las charlas del salón. Yo iba incluso con una grabadora que colocaba indistintamente en la mesa de Javier Mariscal o en la de los fanzineros: todos eran importantes. Una de esas charlas estaba dedicada al pasado, el presente y el futuro del cómic. En una versión de los espíritus de la Navidad de aquel cuento, pero para encarnar el mundo del cómic, el Saló reunía allí a José Lanzón (pasado), Paco Roca (presente) y Carlos Azaustre (futuro). Y en un momento de aquella charla un señor anciano que estaba entre el público se levantó y pidió el micro para agradecerle encarecidamente a Paco Roca que hubiera dibujado Arrugas. Aquel señor -que hasta Arrugas, probablemente solo había leído cómics de cuando Lanzón los dibujaba- agradecía a Paco Roca que hubiera contado su historia y la de muchas personas como él, llegando a mucha gente;  y que para más señas ganaría el Premio Nacional de su año. Es más que probable que a Paco Roca esta escena se le haya dado en mil charlas y presentaciones más. Pero yo estaba fascinado contemplando la prueba de que Paco Roca había conseguido llevar una novela gráfica a un público probablemente muy duro de sacar del antiguo preconcepto de que los cómics son solo para niños, jóvenes y de unos géneros y temáticas muy específicas. Y lo hizo contando la historia presente de esos mismos lectores. Y pese a todo tampoco estaba tan sorprendido: yo, que había leído Maus, Persépolis y otras tantas, ya sabía que una novela gráfica, sin requisitos industriales o comerciales, permite contar cualquier tipo de historia. Claro.

Y entonces va Paco Roca, dibuja La casa para contar una historia propia y me sorprendo dándome cuenta de que con ella está explicando también la mía y la de mucha gente más, con una habilidad y una empatía tremenda, otra vez. Por un rato me devuelve los luminosos recuerdos del terreno de mis abuelos ¡a través de un cómic!. Y tras su lectura me convierte en un señor anciano que humildemente pide un micro para darle las gracias.