¡Háblame de amor! (de Robert Crumb y Aline Kominsky)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 20 – Palabra: ATRACCIÓN

 

Obra: ¡Háblame de amor!

Autores: Robert Crumb y Aline Kominsky

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Hace ya hará unos buenos cinco años escribí un artículo sobre Robert Crumb para la revista trimestral Jot Down. Era el quinto número y el tema propuesto para esa publicación -cada número de la trimestral tiene de fondo un tema, idea, país, etc.- era “Políticamente incorrecto”. Me faltó tiempo, obviamente para proponer escribir sobre el padre -o abuelo, ya- del underground. Y lo que intenté contar en ese artículo es un retrato panorámico del autor que tendría por aquel entonces setenta años ya. Haciendo una revisión de toda su bibliografía, se me ocurrió que podía dividir al autor en tres etapas -que se solapan más o menos en el tiempo- o tres facetas del autor. El artículo lo titulé haciendo un juego de palabras desordenado con el de un western muy famoso. Lo titulé “El feo, el malo y el bueno”.

 

A grosso modo, “el feo” sería el Crumb joven, grotesco, experimental, desagradable para ciertas morales. “El malo sería el Crumb más adulto, ya con estatus de gran celebridad, no solo del cómic, sino de la contracultura, que se hizo a si mismo personaje, sabedor de que su forma de ser y sus perversiones llamaban la atención, provocaban. Era el Crumb sin pelos en la lengua; aunque nunca los había tenido. Finalmente, “el bueno” sería el Crumb más maduro el admirador de la belleza, el artesano preciosista de sus trabajos, un Crumb al que ya le queda lejos el underground y su obra tras pasar por manos de editoriales como Taschen, bueno, diríamos que ya no es contracultura precisamente. Todos esos Crumbs se han sucedido los unos a los otros y al mismo tiempo han coexistido en “diferentes porcentajes”.

 

Retomo y me enrollo con todo esto porque hay una única obra de Crumb que podría decirse que recoge buena parte de esas facetas o al menos las dos últimas. ¡Háblame del amor! recoge tebeos autobiográficos dibujados por el autor desde 1974 hasta 2011 en cabeceras como Dirty Laundry o Self-Loathing Comics. Sin embargo, en esta serie de tebeos Crumb es solo un 50% de la parte creativa. ¿Como? ¿El egocentrista Crumb cediendo espacio en sus cómics?

 

Pues sí.

 

La otra parte de ¡Háblame de amor! la lleva Aline Kominsky. Kominsky es una autora de cómics autobiográficos que empezó en el mundillo del underground a través de autores como Spain Rodriguez o Kim Deitch. Publicó cómics en obras colectivas como Wimmen’s Comix y Twisted Sisters junto con Diane Noomin y Trina Robbins. Y se la considera una de las autoras pioneras del cómic autobiográfico, cuyo trabajo debería tener un mejor reconocimiento. Lo último -o al menos no lo primero- que deberíamos reseñar de Kominsky en cualquier revisión de su carrera, debería ser su relación con Robert Crumb. Pero en este caso es inevitable sacarlo a colación porque los dos han sido pareja hasta la fecha actual y este cómic -que cubre casi todo ese periodo- está hecho por los dos. A cuatro manos. Pero literalmente.

 

Cuando digo literalmente es que Crumb y Kominsky hicieron un pacto. Cada uno dibujaría alternativamente estas historias biográficas que irían sobre su relación de pareja -con algunos offsides puntuales- y lo que estaban viviendo en cada momento. Se alternarían los episodios. Pero en cada episodio, independientemente de quien lo dibuje, cada uno de los autores se dibujaría a si mismo. Así, por ejemplo, en los tebeos dibujados por Crumb, cuando Kominsky aparece, su personaje está dibujado por ella. Y viceversa, en los cómics dibujados por Kominsky, en los que Crumb-personaje está dibujado por Crumb-autor. El resultado es un juego interesante de cederse el espacio narrativo para contar sus historias, manteniendo un espacio propio independiente, el de la representación del propio cuerpo. Esta regla se rompería en alguna ocasión puntual, pero durante todo el libro que recoge estas historias que comprenden décadas, el juego se mantiene en su mayor parte. Incluso hay incursiones de otros autores, cuando estos aparecen por la vida de la pareja, como Art Spiegelman o Charles Burns, que toman los lápices para dibujarse a si mismos, en una ocasión especial.

 

Por lo demás, en lo que vemos, no hay conflicto a la hora de contar las historias respecto al qué se enseña y al como. Con todo lo diferentes que son sus estilos gráficos, los dos son bastante directos, grotescos y autoflageladores. No tienen mucho problema para expresar opiniones que puedan ofender más o menos al personal, ni de expresar sus traumas internos más personales, ni tampoco mostrar sus aventuras sexuales sin filtro alguno. Y así, somos testigos de la historia de vida de esta pareja, fruto de una atracción que no ha cesado desde que se conocieron. Desde la California de los setenta hasta el retiro en Francia actual, veremos sus primeras anécdotas de pareja, la llegada de su hija Sophie Crumb -que recogería la tradición familiar- y su adaptación -más o menos- a la vida europea. En definitiva, un libro imprescindible para completar la panorámica de dos autores que son igualmente imprescindibles para entender una parte de la historia de los comics.

 

 

 

 

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Nuevos Guerreros – Preludio a Civil War (de Zeb Wells y Skottie Young)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 19 – Palabra: SHOW

 

Obra: Nuevos Guerreros – Preludio a Civil War

Autores: Zeb Wells y Skottie Young

Editorial: Panini Comics

 

Hace unos días publiqué por aquí la reseña sobre Civil War, uno de los mejores eventos que han habido en la historia de Marvel, en mi opinión. El detonante de los sucesos del evento, como conté, fue una catástrofe sucedida por la irresponsabilidad de unos superheroes juveniles. ¿Cual fue esa irresponsabilidad? Bueno, tuvieron la idea de montar un reality show con una cadena de televisión, que iba, de eso, de superheroes juveniles de ruta por América buscando supervillanos a los que atundar. Un melocotonazo.

 

Si uno solo ha leído Civil War, y no la serie que contaba las aventuras de esos superhéroes juveniles, pues bueno, la historia resultaba tremendamente ridícula, la idea de una mente inestable que buscaba fama y dineros. Y tal y como se presentaba en los tebeos de Civil War parecía exactamente eso. Unos superhéroes novatos, aparentemente sin formación (aunque había gente como Speedball, Night Trasher o Namorita ya con años de carrera a sus espaldas y de los que decir que son “adolescentes” igual es un poco como cuando Anabel Alonso interpretaba a una actriz de culebrones juveniles que aparentaba tener quince años menos de los que tenía), terminaban por toparse con Nitro, un supervillano con poderes explosivos que, al usar sus habilidades causó la muerte de 612 personas, niños entre ellos y casi todos los miembros del grupo de superhéroes. Todo ello provocaba el debate sobre el registro de superhumanos y el susodicho acta, que derivaba en la gran guerra civil. En fin, un caso precoz de “malditos millenials”.

 

Sin embargo, si nos vamos a la serie que guionizó Zeb Wells -co-responsable, además de otros títulos de cómic, de la serie Robot Chicken– y dibujada por Skottie Young, nos encontrábamos otra cosa distinta. La idea era original, fresca y divertida. Uno de aquellos conceptos que buscaban ser diferentes en el maremagnum de los tebeos de superhéroes habituales. Sí, Speedball la liaba parda metiendo al grupo en un reality, pero lo hacía con buenas intenciones, rescatar al grupo de la miseria y el olvido. Y ello iniciaba una serie de aventuras en plan road movie cuyo primer problema -no sin risas- era encontrar supervillanos a los que enfrentarse. Todo el mundo sabe que el 90% de los supervillanos están en Nueva York. Para que te vas por ahí de ruta, si en el vasto mundo la gente vive tranquila de lides superheroicas y todos los malos están tramando cosas en lo urbano.

 

El caso es que acaban encontrando cosas malosas y acabaron viviendo aventuras. Y lo que es más importante, se recuperaba un poco, el espíritu de los Nuevos Guerreros de siempre. Los personajes se relacionaban entre ellos; también con el escaso equipo técnico del programa. Y a confesarse sus dramas, a resolver sus conflictos. Las apariciones de los villanos eran originales, diferentes. Y al final de cada aventura siempre había algo de aprendizaje y, curiosamente, algo de responsabilidad. No todo se resolvía a hostias. El dibujo de Young le iba al pelo a la serie. Le daba frescura y diversión. Energía, dinamismo, expresividad. Iba fetén tanto para el drama como para la acción.

 

En resumen, era una buena serie. Con todo lo que me puedan disgustar a mi personalmente los realities por toda la parafernalia falsa y manipuladora de la opinión que se gastan, la serie en la que los Nuevos Guerreros se montaron uno era auténtica. Y seguramenet los que decidieron usarlos como detonante de la Civil War no se la leyeron. O sí y les daba igual todo. Comentaba yo en el artículo de Civil War que me parecía que es uno de los eventos que menos afectó desfavorablemente en su momento a las series a las que arrastró. La lastimosa excepción estuvo en su origen, fíjense que cosa más irónica.

 

Piscina Molitor – La vida swing de Boris Vian (de Herve Bouris y Christian Cailleux)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 18 – Palabra: POESÍA

 

Obra: Piscina Molitor – La vida swing de Boris Vian

Autores: Herve Bouris y Christian Cailleaux

Editorial: Impedimenta

 

Aunque bajo la etiqueta de “novela gráfica” pueden caber obras de muchos estilos y temáticas distintas, desde la aparición y proliferación del uso de esta misma se la ha asociado frecuentemente con los trabajos biográficos . Probablemente cada lector se acerque a unos u otros por el interés del lector en la figura del biografiado. Pero la verdad es que tanto la narrativa visual, el estilismo gráfico o la elección de los momentos a contar para destacar un enfoque u otro pueden producir obras que despierten el interés más allá de los conocimientos previos que tuvieramos sobre la persona en cuestión. En este caso, yo apenas conocía nada de Boris Vian, me llegó como un regalo. Y eso fue tras terminar su lectura también: un agradecido regalo.

 

Piscina Molitor transcurre como aquella leyenda que cuenta que antes de la muerte la vida transcurre ante los ojos de la persona. Así sucede pero a lo largo de un día, el último día de su vida en el que visitó el complejo recreativo cuyo nombre da nombre a esta novela gráfica, en París, antes de ir a la proyección de la película basada en una de sus novelas, Escupiré sobre vuestras tumbas. La historia no tiene compasión con el lector y antes de que Vian abandone su casa para acudir a su práctica de apnea, le revela la enfermedad cardiaca que padece. De esta forma, en soledad, se recorren pasajes de la infancia, la juventud y la vida de adulto del artista francés.

 

Los autores practican un viaje biográfico interesante. No solo es la representación de algunos de los hechos más significativos de la vida de Vian como sus primeros escarceos con las diversas artes, su contacto con la escena cultural francesa, la llegada de la guerra o el juicio por escándalo de la mencionada novela. Es también un retrato emocional que ilustra muy bien un carácter complejo, tan tímido como osado, tan melancólico como vivaz. Ayuda a su representación tanto o más que el dibujo desgarbado, una variedad de paletas para cada escena, con pocos colores, que inundan las escenas de forma atmosférica. De alguna forma, los autores parecen darnos a entender que Vian era “aquel lugar en aquel momento”. Y así, sabiendo las horas contadas, como lo sabía el artista francés, recorremos la vida hacia adelante, disfrutando de cada página, siendo testigos de la vida que él eligió vivir.

 

Travesía (De Aude Picault)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 17 – Palabra: VIAJE

 

Obra: Travesía

Autora: Aude Picault

Editorial: Sins Entido

 

 

Dar voz a lo que llevas dentro. Creo que ese es uno de los factores que hacen de Aude Picault, una de las autoras más interesantes de Francia, cuya obra está siendo muy descuidada aquí. Lo primero que nos llegó, una obra primeriza fueron unas reflexiones dibujadas sobre su difunto padre. Papá destacaba por un dibujo desgarbado, muy impulsivo, que hablaba con energía al energía al lector. Corrijamos. Más que con energía, sería con “energías”. Cada dibujo está dotado de un ánimo distinto. El objetivo era trazar recuerdos en los que la memoria iba vinculada, inevitablemente, a la emoción. Seguramente también lanzar mensajes pendientes.  Un poco con un aire más recreativo -aparentemente- nos llegaba después Rollos míos y Más rollos míos, un conjunto de anécdotas autobiográficas, reflexiones íntimas y demás, siempre ahondadando en el tema de la emoción.

 

Travesía supone un salto respecto a esos primeros trabajo en tanto supone embarcarse -perdón por el chiste implícito- en una novela gráfica más hilada, que va más allá de momentos más o menos desconectados de la vida. En ella nos cuenta como harta de la monotonía, se propuso escapar del cubículo de la rutina urbana para embarcarse en un viaje a bordo de un velero para cruzar el Atlántico. Travesía es, de nuevo, un viaje emocional con punto de partida en un relato del presente en el que abunda la disconformidad con el mundo y la soledad -más o menos aceptada- y que gira hacia una suerte de aventura programada. No solo se trata de cruzar el charco, sino también de abrirse a extraños, a la gente que se va topando por el camino, los individuos que han decidido vivir en otra suerte de rutina, marítima, si se quiere. Durante el viaje, Picault se reconcilia de alguna forma con el mundo. Conecta de nuevo.

 

Su dibujo me parece soberbio, a punto de serlo más todavía en el siguiente libro, Charanga. Caricatura minimalista pero expresiva, muy plástica. Le permite representarlo todo. En los fondos y los espacios, muy detallista. Y en un momento determinado del viaje, el del cruce del océano, naturalista. Picault quiere que el lector vea por sus ojos, lo que sintió al llevar el timón del velero que le permitió cruzar un océano. La paz silenciosa, la conexión con el entorno salvaje, el “estoy aquí y ahora”. Y lo consigue.

 

A día de hoy, Travesía sigue siendo una obra tan fresca como atractiva. Un soplo de aire fresco. Y como decía al principio, es una lástima que todavía no tengamos una puesta al día de sus obras en España. La editorial que publicó las obras aquí mencionadas y Charanga, Sins Entido cerró su actividad y el relevo de la publicación de las obras de Picault no lo ha retomado nadie hasta la fecha. Habiendo trabajos tan interesantes y distintas como Comtesse, L’air de rien, Idéal Standard, Les mélomaniaks o Eva ya es raro que nadie se lance a ser su editor por aquí.

 

 

Saturn Babe (de Josep Busquet y Ramon F. Bachs)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 16 – Palabra: PADRE

 

Obra: Saturn Babe

Autores: Josep Busquet y Ramon F. Bachs

Editorial: Planeta Comics – Amaniaco Ediciones

Justo antes  del cambio de milenio, cuando en España aun no empezaba a despuntar la novela gráfica, Josep Busquet y Ramón F. Bachs se hicieron fuertes en el género. Publicaron cómics en la línea de grapa de Laberinto, sello de Planeta de Agostini, una iniciativa editorial que, por desgracia acabó cancelada a los tres años de vida a pesar de que por ella habían pasado títulos muy interesantes y autores idem. De entre los más interesantes, yo destacaría la vuelta de tuerca del tema mutante con el Mentat de Francisco Pérez Navarro y Javier Pulido, el amago de crear un universo superheroico con sede en España “a la Marvel” de Rafa Marín y Rafa Fonteriz en Iberia Inc. o El baile del vampiro de Sergio Bleda, una explotación de la temática de moda con sede en la ciudad condal.

 

Laberinto admitía todo tipo de género y variantes, así que Busquet y Bachs fraguaron Saturn Babe, una entretenida comedia de aventuras en un trasfondo de ciencia-ficción que bebía de muchas fuentes. La protagonizaba un veterano “hombre de frontera” -conocido simplemente como “Jack”- que había sembrado la galaxia con un montón de hijas, resultado de sus múltiples lides románticas. El cachondeo con el asunto era tal que si en las páginas del tebeo se presentaba un personaje femenino nuevo había muchas probabilidades de que fuera progenie de su protagonista. Han Solo meets Padres forzosos.

 

Es una lástima que se quedara en un “one shot” porque la historia funcionaba muy bien y en un universo más amplio con algo de lore, toda la cuadrilla de hijas de Jack -y el mismo Jack- habrían dado mil aventuras. Pese a todo, en Saturn Babe los personajes se introducían muy bien sobre la marcha y la acción era bastante dinámica. El trazo grueso de Bachs y sus masas de negro hacían que el tebeo fuera tan potente como atractivo. Tanto el trasfondo de ciencia-ficción como el tono desenfadado funcionaban muy bien y si no que nos lo digan a los que aun nos lamentamos por la cancelación de la serie Firefly de Joss Whedon. Aun sin el tono de western Busquet y Bachs se adelantaron cuatro años a la acción con un poco de humor en medio del espacio.

 

Civil War (Mark Millar, Steve McNiven y varios autores)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 15 – Palabra: DIVIDIR

 

Obra: Civil War

Autores: Mark Millar y Steve McNiven (serie central), varios autores en el resto de series, spin-offs, etc…

Editorial: Panini Comics

Vamos al grano, que las palabras andan contadas. Civil War es, en mi opinión, el mejor evento de Marvel hasta la fecha. Muy pocos eventos en la historia de La Casa de las Ideas han reunido tantos factores interesantes como el que fue este gran repartimiento de hostias superheroicas con inspiración en la actualidad política y social norteamericana.

Para empezar, la gran mayoría de los eventos en Marvel han tenido como elemento tradicional la violencia desproporcionada, en ocasiones sin la excusa de un supervillano liándola parda. Esta es una de las consignas originales del universo Marvel en el que, a pocos números de empezarse una serie ya aparecía un personaje invitado de otra -cuya colección apenas había arrancado- para, con cualquier excusa pasajera, empezar a medirse el lomo un rato. Este era un tema recurrente en Los Vengadores: al grito de “traidor skrull” los héroes más nobles se enzarzaban a guantazo limpio para disfrute del lector. Sin embargo, podríamos afirmar que hasta Civil War no veíamos un despliegue tan masivo de héroes zurrándose contra otros héroes. Podían haberse dado ensayos puntuales entre mutantes y otros superhéroes, por ejemplo, por cuestiones de rivalidad, tipología o clandestinidad de unos y otros. Pero Civil War pone un dilema sobre la mesa ante el cual CADA superhéroe del universo Marvel debe dar su propia respuesta y, en consecuencia, tomar partido. Las hostias van a darse sí o sí, pero en este caso se podía jugar al desarrollo de personaje planteando qué bando iba a tomar cada héroe.

La cuestión era simple. Tras una gran catástrofe de la cual se hace responsable a un grupo de héroes juveniles, el gobierno americano plantea un acta de registro de todos los superhumanos, que deberán facilitar sus identidades e información sobre sus poderes. La historia enlaza con la crisis por temas de seguridad vivida en Estados Unidos tras los atentados del 11-S. Sobre la mesa, seguridad vs libertad. Y eso es lo que se traslada a los tebeos. Los guionistas inteligentemente trasladaron los argumentos por boca de los propios personajes. La comunidad superheroica quedaba dividida por la conformidad a una decisión política. Y la aventura quedaba servida.

Los prolegómenos se ejecutaron muy bien -pese a sacrificar una serie, Los Nuevos Guerreros, que era simpática y naif- y el desarrollo de la trama principal resultó impecable. Solo es cuestionable, en mi opinión, su precipitado -y un pelín absurdo- final y su obligación canónica de que todo deber terminar en una gran confrontación entre superhéroe y supervillano -sí o sí- en este caso entre los representantes de las respectivas posiciones ideológicas, el Capitán América e Iron Man. En cualquier caso, la historia dejaba buen sabor de boca porque lo que había sucedido en el universo Marvel dejaba efectos en el universo Marvel. El respeto por la continuidad mientras los personajes crecen y evolucionan -o involucionan- siempre ha sido uno de los pilares del paradigma del universo Marvel y aquí se daba.

 

No hay que olvidar que por el camino, también, se dieron series y sucesos muy interesantes y bien jugados. Front Line cubría la perspectiva humana de todo lo que estaba sucediendo, desde unos medios de comunicación también polarizados en cierta forma. La revelación de la identidad pública de Peter Parker fue una jugada comercial brillante pero también daba un juego nuevo a su historia. Así mismo, si un personaje debía de cambiar de bando durante el transcurso de la refriega, sin duda alguna este debía ser el inseguro Peter Parker. Y me resulta imposible olvidar la decisión de La Cosa de “¡Que os den!¡Me piro al Canadá!” muy apropiada con su arrollador carácter.

 

En resumen, un evento que fue un disfrute en conjunto. Muchos eventos ponen en riesgo series regulares empobreciendo sus guiones al tener que introducir forzosamente algún aspecto del evento y aquí apenas se nota. Este lector de tebeos, por ejemplo, conserva con mucho mimo e individualizada del resto de series de grapa de todo lo de Civil War en un aparte significativo. Por aquello de que algún día llega alguien y le pregunta “oye, la Civil War de los tebeos ¿qué tal? ¿la tienes?”. Y le presto la caja mágica donde todas esas historias están bien guardadas.

Burbujas (de Daniel Torres)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 14 – Palabra: BURBUJAS

 

Obra: Burbujas

Autor: Daniel Torres

Editorial: Norma Editorial

 

Burbujas seguramente no es el mejor cómic de la carrera de Daniel Torres -lo que no significa que sea un mal tebeo, ojo- pero sin embargo me parece uno de los cómics más interesantes en la carrera de Daniel Torres. Lo es porque es el tebeo más atípico en comparación al resto de la carrera del autor valenciano, más conocido en su carrera anterior a Burbujas por sus cómics de Roco Vargas, el célebre aventurero espacial o por sus tebeos de humor infantil/juvenil de Tom. Ya entrado en los  dos miles publicó esta novela gráfica, que tenía muchas cosas que descolocaban al lector habitual de cómics que hubiera seguido la trayectoria de Torres.

 

Básicamente, Burbujas no parecía un tebeo de Torres. La ausencia de color, la historia intimista y cotidiana con algún puntito de fantasía, el constante monólogo interior. Sin embargo parecía exactamente “la típica novela gráfica”. En un momento en el que empezaba a despuntar un tipo de tebeo publicado en formato de libro -sin seguir los cánones de la industria del tebeo tradicional europea o americana en cuanto a estilo, número de páginas o forma del libro- con temática biográfica y/o costumbrista con componente intimista. Burbujas contaba la historia de un padre de familia que, entrada la cuarentena, se encuentra con el repentino dilema del “como he llegado yo hasta aquí”. El mundo que tiene alrededor le parece algo extraño y ajeno -su mujer, sus hijos, sus amigos- y solo encuentra paz en los momentos de reflexión ante un acuario de un parque. Se sienta allí y deja a su mente divagar alejado de todo lo demás.

 

En ese sentido, me parece interesante porque provoca la pregunta de hasta que punto un tebeo así significaba que Torres intentaba subirse a caballo de una cierta dinámica que estaba funcionando a nivel editorial. Pero también cabía la posibilidad de que la obra, con todos los temas que trataba pudiera ser una forma de que el autor desahogara sus inquietudes vitales. En alguna entrevista lo confirmó si bien, como comentaba, la obra se alimentaba de su propias vicisitudes tanto como de personas que conocía, con cuestiones similares. Así, esta obra, si bien no tan popular como el resto, puede ser tan significativa en su bibliografía de carrera como puede serlo, por ejemplo, Crisálida, para Carlos Giménez.

 

Si algo sí mantuvo Torres en Burbujas, relacionable con su obra anterior, fueron dos cosas. Una, el recurso a la fantasía. El protagonista, frecuentemente, divagaba en sus reflexiones para hablar con personajes ficticios o ya fallecidos. La realidad se alteraba en su percepción, para ayudarle a superar la crisis que vive. La segunda, su precisa línea clara, que sigue y ha seguido luciendo imperturbable para goce de todos sus lectores.