Pablo & Jane en la Dimensión de los Monstruos (de José Domingo)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

 

Reseñoviembre – Día 6 – Palabra: MOTOR

 

Obra: Pablo & Jane en la Dimensión de los Monstruos

Autor: José Domingo

Editorial: Astiberri

 

Es muy difícil que yo empiece está reseña de una forma neutra, objetiva, arrancando con un contexto de la obra o empezar con la trayectoria objetiva del autor. Una de mis máximas a la hora de hacer divulgación es ser lo más honesto posible. Y aquí tengo que empezar diciendo que José Domingo es uno de mis autores favoritos. No os podéis imaginar la de veces que me he leído Aventuras de un oficinista japonés, un tebeo que entra fácilmente el día que me ponga a hacer un top ten imposible de tebeos favoritos por la simple razón de, con treinta y pico años, recrearme el gozo de la lectura de un tebeo como cuando era un niño. Es uno de los pocos cómics de los que me atrevería a decir que es perfecto. Así como suena.

 

Claro, eso juega tanto a favor como en contra a la hora de abordar la reseña de Pablo & Jane en la Dimensión de los Monstruos. La emoción de tener un tebeo nuevo de Domingo, lucha bajo la sombra de la obra precedente. Y en esa tensión, el tebeo que ocupa esta reseña se escapa de la comparación por ser un tebeo diferente, que juega en otra liga, pero que despierta emociones similares: la vuelta a la nostalgia de ser un crío y disfrutar con la lectura de forma lúdica. Porque, de hecho, Pablo & Jane en la Dimensión de los Monstruos es un tebeo para niños, empezando por ahí. Una vuelta a los tebeos de buscar elementos en página en la tradición de los ¿Donde está Wally? de Martin Handford de origen en el Reino Unido, país en el que se da también la edición original de este libro.

 

Ante la duda de si este libro, pues, puede catalogarse como un cómic, no tengan duda alguna. El libro abre con una historieta con la narrativa convencional de páginas con viñetas para saltar en breve a un viaje de escenas a doble página -que recogen el planteamiento lúdico- para terminar finalmente con un desenlace, de nuevo,  en forma de cómic convencional. Todo el libro es una historia, la crónica de un viaje. O si lo prefieren, una aventura. El resumen de la historia es el que sigue. Pablo & Jane son dos niños que descubren una extraña máquina cuyo motor funciona con “aire fantástico”. Un antagonista de apariencia felina les enreda el descubrimiento y embarcados en la extraña máquina viajan a una dimensión alternativa de la Tierra poblada por monstruos y criaturas mitológicas en todas sus ciudades. Como consecuencia del atropellado viaje, piezas de la máquina se pierden por toda la geografía de esta dimensión, que los lectores deberán encontrar en cada ciudad para poder recomponer la máquina.

 

El viaje del estilo gráfico de José Domingo alcanza una nueva etapa en este libro. Domingo, que inició su andadura con un estilo de dibujo más clasicista dio un volantazo importante al pasarse a un estilo más de caricatura geométrica y simplificada de las formas pero llenando de elementos la página. También la narrativa varía poderosamente. El resultado es que, de Cuimhne (com Kike Benlloch al guión) a Aventuras de un oficinista japonés, va un mundo de diferencia a consecuencia de la influencia de autores como Chris Ware o Max, que vuelven a su vez la inspiración de los pioneros del cómic. Así, la de Pablo & Jane viaja un poco más en esa línea, sin perder de vista que quiere ser un cómic para niños moderno y el dibujo de Domingo abunda aun más en esa caricaturización geométrica, en un dibujo, además, al que un niño puede acercarse para reproducir y que revela, pues, otra faceta lúdica más. En definitiva, Pablo & Jane en la Dimensión de los Monstruos se mantiene como otra gran obra de José Domingo: un tebeo bonito, imaginativo y tremendamente entretenido.

 

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La casa (Paco Roca)

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Yo no quería meter aquí demasiados rollos personales pero me dicen por el pinganillo, que está bien, que los blogs, a lo largo de la corta historia de internet, han ido trufados de las anécdotas de cada bloguero. Así que me van a permitir esta excepción temprana, antes de empezar a hablar del último tebeo de Paco Roca.

El primer recuerdo que tengo de esta vida -y que tengo la certeza de que es genuino- es el de estar en el huerto de mis abuelos maternos entre matas de varios tipos. Mi abuelo comenta siempre que me encantaba cagarme donde él plantaba los limones. Aquellos primeros recuerdos de aquel sitio los recuerdo con mucha luminosidad, a pesar de que realmente la casa era como un apaño de ladrillos y muy oscura en su interior. Llamarla “casa” quizás era un cumplido, porque realmente todo aquello estaba como a medio terminar.  Mi abuelo se vino a Cataluña con la familia desde Granada y siempre tuvo aquí lo que nosotros llamábamos “el terreno”. El primero -este de mi primer recuerdo- fue en Vilanova i la Geltrú. Pero luego lo vendió y compró un segundo, en Castelldefels. El mismo proceso sucedió unos años más tarde con un tercero, en un pueblecito de la Anoia, que es del que guardo más y mejores recuerdos; la casa, en comparación con las anteriores, estaba más acabada.

“El terreno” siempre tenía la misma composición en los tres casos: entre la mitad y una tercera parte de la superficie lo ocupaba una pequeña casa -levantada por mi abuelo y amigos o familiares- y el resto lo ocupaba un huerto con una caseta para tener algunas gallinas o conejos. “El terreno” era el lugar donde se pasaban las vacaciones y muchos fines de semana. Era el lugar donde la familia materna se reunía con frecuencia -jamás entendí como llegábamos a caber tantos en un espacio tan pequeño- y donde nos arrejuntábamos todos los primos de esa parte de la familia para orquestar maldades. Pero pasó el tiempo, los abuelos -aunque parezca mentira- envejecieron y dejaron “el terreno” para irse a vivir a un piso en la localidad donde vivían la mayor parte de los hijos.

Leyendo La casa de Paco Roca al principio no lo advierto pero pronto caigo en la cuenta de que estoy ante -perdónenme la puya- una historia bastante familiar. Narra la historia de tres hermanos que vuelven a la casa del padre para reformarla después de estar mucho tiempo abandonada. Cuando los hermanos retoman el contacto con ese espacio físico y la multitud de elementos que lo componen, se despiertan las memorias del pasado. Una casa ya no es solo una casa. La manguera del patio ya no es solo una manguera. Una higuera ya no es solo una higuera. El recorrido a través de la casa en el espacio es un recorrido también hacia atrás en el tiempo. Los hermanos van rememorando anécdotas sencillas, cotidianas, a veces divertidas, a veces melancólicas. Y todo ello permite que, conjuntamente, reconstruyan la historia y la personalidad del personaje ausente a los ojos del lector: el padre.

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Hay un momento en el que estoy leyendo el tebeo y algo hace “clic” en mi cabeza y conecto la historia que estoy leyendo con la historia de mi familia, con como nos reuníamos todos en aquel “terreno”. Y ahí hay un paralelismo precioso: si la casa de la historia permite a sus personajes rememorar el pasado, La casa (el tebeo) de Paco Roca funciona de la misma forma con sus lectores y sus vivencias particulares con sus respectivas familias. Bueno, a mí al menos me ha pasado pero estoy seguro -por lo que he ido leyendo por ahí- que lo ha hecho también con otros tantos. En mi caso por ejemplo el momento de conexión entre el tebeo y mi familia ha sido una escena en la que dos hermanos se refunfuñan haciendo arreglos: ahí estaba un poco mi familia. A partir de ahí, en la lectura del tebeo, cualquier charla entre hermanos eran las charlas entre mis tíos. Cualquier anécdota del padre plantando algo era la de mi abuelo liado entre tomateras. Y cualquier anécdota y cualquier rincón de “la casa” tenía la plausibilidad perfecta para ser una anécdota y un rincón de “el terreno”, sin importar que hubiera sucedido o no. Hay infinidad de momentos con los que puede conectar cualquier lector: un árbol plantado en un lugar específico, la reparación de una persiana, una visita al médico,… Que nadie vaya a este tebeo buscando un drama victoriano, ni una historia de terribles secretos familiares que salen a la luz. Hay una cierta forma de hacer novela gráfica autobiográfica que parece desesperada por encontrar anécdotas raras, extrañas o extravagantes para elaborar el tebeo perfecto, llamativo y diferente. Jorge de Juan la retrataba y parodiaba un poco en Otra puta novela gráfica. Sin embargo, hay otra vertiente que habla de lo propio y de lo cotidiano sin intentar compararlo con otras experiencias. Que no está constantemente mirando si vive en un lugar común. O que no entiende el “lugar común” como algo defectuoso. Y por ahí anda este tebeo.

En la casa hay emoción y hay sensibilidad, pero construida con calma y a través de un coro amplio de detalles y experiencias sencillas muy cercanas para todo el mundo. Roca usa abundantemente un estilo de narración visual que abunda en el plano fijo, para situarnos y emplazarnos en cada parte de la casa. Pero también lo salpimenta con algunos diagramas muy ingeniosos -que creo que en momentos puntuales conecta mucho esta obra con los tebeos de  Chris Ware– y que acentúan el vínculo entre espacio físico y memoria -o paso del tiempo- por el que nos movemos durante la lectura de toda la obra.

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El caso es que cuando llego al final de La casa, leo el epílogo de Fernando Marías y me cuenta que esta obra guarda un fondo autobiográfico importante. Y yo ya me pongo de rodillas. Paco Roca ha creado una ficción para contar su propia historia -para él- y por el camino ha conectado con todos nosotros. Ha construido una casa en la que todos nos reconocemos y todos nos encontramos.

Para terminar, me van a permitir otra anécdota personal. Hace cinco años visitaba yo el Saló del Cómic de Barcelona con mi infatigable amigo, Diego Cuevas. Jot Down -la web en la que nos estrenamos escribiendo de lo que nos gusta para un público más amplio- estaba a punto de ponerse en marcha y nosotros cruzábamos las puertas del recinto del salón al grito de “SEMOS PERIODISTAS DE TEBEOS” con una ilusión infinita. Y nos zampábamos casi todas las charlas del salón. Yo iba incluso con una grabadora que colocaba indistintamente en la mesa de Javier Mariscal o en la de los fanzineros: todos eran importantes. Una de esas charlas estaba dedicada al pasado, el presente y el futuro del cómic. En una versión de los espíritus de la Navidad de aquel cuento, pero para encarnar el mundo del cómic, el Saló reunía allí a José Lanzón (pasado), Paco Roca (presente) y Carlos Azaustre (futuro). Y en un momento de aquella charla un señor anciano que estaba entre el público se levantó y pidió el micro para agradecerle encarecidamente a Paco Roca que hubiera dibujado Arrugas. Aquel señor -que hasta Arrugas, probablemente solo había leído cómics de cuando Lanzón los dibujaba- agradecía a Paco Roca que hubiera contado su historia y la de muchas personas como él, llegando a mucha gente;  y que para más señas ganaría el Premio Nacional de su año. Es más que probable que a Paco Roca esta escena se le haya dado en mil charlas y presentaciones más. Pero yo estaba fascinado contemplando la prueba de que Paco Roca había conseguido llevar una novela gráfica a un público probablemente muy duro de sacar del antiguo preconcepto de que los cómics son solo para niños, jóvenes y de unos géneros y temáticas muy específicas. Y lo hizo contando la historia presente de esos mismos lectores. Y pese a todo tampoco estaba tan sorprendido: yo, que había leído Maus, Persépolis y otras tantas, ya sabía que una novela gráfica, sin requisitos industriales o comerciales, permite contar cualquier tipo de historia. Claro.

Y entonces va Paco Roca, dibuja La casa para contar una historia propia y me sorprendo dándome cuenta de que con ella está explicando también la mía y la de mucha gente más, con una habilidad y una empatía tremenda, otra vez. Por un rato me devuelve los luminosos recuerdos del terreno de mis abuelos ¡a través de un cómic!. Y tras su lectura me convierte en un señor anciano que humildemente pide un micro para darle las gracias.

Rituales (Álvaro Ortiz)

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Hace casi tres años Astiberri publicó Panorama, la novela gráfica española hoy, una antología de historietistas contemporáneos bastante interesante coordinada por Santiago García. Cuando leí Derretido de Álvaro Ortiz -uno de los cómics incluidos en la misma- me quedó la sensación de que algo se me escapaba en su lectura, pese a ser una historia interesante, muy intrigante. Posteriormente hice una asociación de ideas: lo relacioné con un género de historieta concreto y aún más con una editorial. Me dio la impresión de que Ortiz había dibujado una vuelta de tuerca de los cómics de terror de la EC, un anticómic de los de aquel estilo. Contemplar Derretido desde esa óptica me hizo valorarla como una de las mejores de la antología.

 

Para quien no conozca lo que son “los cómics de la EC”, me estoy refiriendo a los tebeos que publicaba la editorial americana Entertaining Comics entre mediados de los 40 y mediados de los 50 y que abarcaban todo tipo de historias de terror -pero también tebeos de humor, historias criminales e historias bélicas-, ambientadas en escenarios muy distintos. Su cabecera más conocida era el popular Tales from the crypt. Aquel tipo de historieta -como Derretido– se desarrollaba en muy pocas páginas. A base de leer cómics y cómics de esa casa, uno era capaz de pillar los patrones narrativos que imperaban habitualmente en las historias.

 

Un ejemplo: un par de personas -posiblemente de dudosa reputación o directamente con antecedentes criminales- se encuentran ante una oportunidad de hacer una fortuna, conseguir poder o un artefacto mágico. Algo en el camino supone para conseguirlo: un fantasma, una maldición, un guardián, unas reglas a seguir, un peligro indecible. Sin embargo, el obstáculo definitivo y real es la moralidad de los propios protagonistas. Frecuentemente, el más malo de los personajes muere, básicamente por ser malo pero también por no entender el mecanismo o las normas de a lo que se enfrenta. Siempre queda el auténtico protagonista, que es el que llegará al final. Si éste cede a la baja moral y además se cree más listo que la situación a la que se enfrenta -y no lo es- este acostumbra a pringar al final de la historia. Frecuentemente también, al final de la historia una voz narrativa se dirige al lector diciéndole que es que esto le ha pasado por ser malo/avaricioso/lujurioso/mentiroso/gañán y que jugar con fuerzas que no se comprenden, mal asunto. Los cómics de EC atrajeron la atención del público por toda su truculencia, por el atractivo hacia lo oscuro y por esos giros finales que dejaban al corazón inocente con el culo torcido. Tenían una intención muy clara de acojonar al lector -eran cómics de terror, claro- pero sobre todo eran cómics que buscaban dejar caer alguna moraleja final y en eso no dejaban de ser continuadores de las fábulas y cuentos para niños, una evolución moderna de los mismos. “Las apariencias engañan”, “no vayas con extraños”, “no engañes al prójimo”, “no te aproveches del débil”, “no toques lo que no es tuyo, más si tiene cuatro mil años de antigüedad, tiene inscripciones extrañas y está guardado en sótanos oscuros”.

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Derretido tenía mucho de los elementos de esos tebeos. Empezando con un señor desconocido que se derrite en público, ya me vino a la mente Aire frío, un relato breve de H.P. Lovecraft adaptado a cómic por Bernie Wrightson y publicado en la revista Eerie -revista de tebeos de terror continuadora de la tradición de la EC- en el 1975. Luego había un protagonista que le manga la cartera y otras posesiones a este señor desconocido ya fallecido-ya tenemos algo de amoralidad por ahí- y con ella accede a una extraña estatuilla que representa a un individuo de corte tribal con un falo gigantesco y que no sabe bien-bien de donde proviene ni para qué sirve. Y a partir de ahí el esquema clásico de tebeo de terror se subvierte. La estatuilla sigue estando presente en toda la historia e intuimos que algo va a pasar o está pasando, pero no sabemos el qué. El protagonista, a poco que le conocemos, vemos que tampoco es un avatar de la maldad, ni un ejemplo a evitar. Es un tipo como cualquier otro, con sus historias y sus rollos: lo que ha hecho no es para que lo cuelguen del palo mayor. E incluso el tipo se plantea enmendar el acto del robo. A medida que prosigue la historia vemos que no hay un crescendo del drama, no hay una revelación de la verdad definitiva y auténtica o de un secreto terrible y, por supuesto, no hay moralina final. Nadie nos come la cabeza con lo que está bien o lo que está mal. Solo queda el silencio, para que cada uno valore o imagine lo que quiera. Además de todo eso, si alguien recuerda el estilo gráfico de los cómics de la EC, verá fácilmente que hay un mundo de diferencia entre sus convenciones gráficas y el estilo de Álvaro Ortiz. Pero eso no impide que Ortiz cuente una historia de ese género -trucando truculencia por misterio- y que lo haga con su inconfundible estilo, con su voz, dando como resultado una historieta en las antípodas de su posible referente original, sin perderlo del todo de vista. Y aquello permitía afirmar que Derretido era más una historia “de autor” que una historia “de género”.

 

El salto de Derretido a Rituales, la obra que nos ocupa y que incluye a la primera, tarda unos dos años aproximadamente. La historia original pierde su título -además de ser redibujada por completo- y entra a formar parte del coro de relatos que conforman esta novela gráfica. La premisa que yo le encuentro a Rituales es muy parecida a lo que creo que se buscaba en Derretido. Si antes teníamos el eco de una historia de terror ahora lo que tenemos es un eco de una gran novela de intriga, conspiraciones, tramas con sectas que quieren despertar a antiguos dioses y por supuesto, terror. Pero Ortiz obvia todo eso o casi todo eso en el cómic. Por decirlo de alguna forma, rodea el grueso de lo que podría ser una novela de ese género, contando historias paralelas o secundarias, historias con un punto muy costumbrista y que aquí se convierten el relato principal. Así, nos cuenta la historia de varios personajes en varias geografías y épocas. Muchas tienen que ver con algunos de los temas-fetiche de Ortiz: viajes al extranjero, biografías breves, historias de estudiantes que quedan para tomar café… De alguna forma y en mayor o menor grado, todas esas historias tienen relación con la gran historia, con “lo gordo” que está sucediendo fuera de cámara y que nunca se nos enseña por completo. Porque realmente no es necesario: cuando uno llega al final de Rituales sin enseñarnos “lo gordo”, nosotros sabemos exactamente lo que ha sucedido y podemos imaginarnos como puede haber sucedido. Somos conscientes de que han habido unos relatos explícitos de los que hemos sido testigos y un gran relato implícito que no hemos visto, pero que sabemos que estaba ahí. La gracia, en este caso, es no ver a los heroicos investigadores -o verlos y que estos no estén a la altura de lo que se viene- no ver a los villanos sectarios, no ver los preparativos para la llegada de una gran invocación. Y a pesar de todo sabemos que andan por ahí aunque no estén dibujados, ni su historia sea la protagonista. Y al final sucede lo que tiene que suceder. Hay un muy sutil marcador “contrarreloj” escondido en las páginas de Rituales, que marca que algo se acerca paulatinamente. Aunque, claro, este es un guiño solo para el lector; los personajes no cazan una al vuelo.

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Álvaro Ortiz, con Rituales, mantiene uno de sus mejores rasgos como autor y, para mí, una de las razones para leerle en cada nuevo tebeo que saca. Y esa es la capacidad de narrar historias con temas realmente “jodidos” -asesinatos, funerales, muertos, algún arranque gore, la llegada del apocalipsis- sin recurrir al drama exagerado ni a la necesidad de epatar al lector. Tiene una capacidad admirable para no caer en trucos sensacionalistas, un cierto espíritu “zen” para la narración pausada y tranquila, prácticamente contemplativa. Nos cuenta ficciones trágicas acariciando lo truculento y continua con un “bueno ¿y qué? La vida sigue, a ver qué es lo siguiente que viene”. En ese punto estoico me recuerda mucho a Beto Hernández en sus historias de Palomar y a cierto maestro japonés del manga tristemente fallecido recientemente, Shigeru Mizuki.

 

No quiero terminar este artículo sin decir también que Rituales me ha parecido la obra más divertida de Ortiz. Pese a que la defino como un “anticómic de terror”, no creo que eso la lleve a ser una parodia de ese género. Pero sin embargo sí que tiene algunos elementos que son más que suficientes para arrancarle una risa al lector. Por un lado, está el hecho de la estatuilla protagonista con su enorme falo y que rompe con cualquier imagen de terrorífico primigenio Lovecraftiano que podamos tener en la cabeza. También hay algunos guiños sueltos, a la mitología de ese mismo autor, que el lector podrá encontrar en algunas viñetas. Y Ortiz tampoco pierde la oportunidad de hacerse autoparodia incluyendo a un personaje que es un sosías de si mismo, que recibe críticas de críticos de cómic variados. Eso sí, a mí lo que más gracia me ha hecho -aunque seguramente no era del todo buscado- ha sido la forma de pisarle a Milo Manara la biografía en cómic de Caravaggio, puliéndosela él en un capítulo de Rituales. Y sin enseñar un solo culo.