Ombligos (de Delaf & Dubuc)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

 

Reseñoviembre – Día 7 – Palabra: ASPECTO

 

Obra: Ombligos (Integral)

Autores: Delaf & Dubuc

Editorial: Dibbuks

 

Delaf (apodo de de Marc Delafontaine) y Dubuc (apodo de Maryse Dubuc) son dos creadores de cómic de Quebec, que también son pareja. Él -dibujante- y ella -guionista, también colorista- iniciaron en 2004 una serie de cómics franco-canadienses -mucho más cercanos a la tradición de la bande desinée que al cómic americano- llamada Ombligos, que empezó a publicarse en la revista de humor Safarir. Al año siguiente, la serie atravesó el charco para aterrizar en la conocida revista Spirou. Y unos años más tarde llegó a España de la mano de Dibbuks; se publicaron los dos primeros álbumes, que luego fueron recopilados en un integral. A pesar de su éxito -en aquellas mismas fechas- aquí parece que no terminó de cuajar como para publicar ningún album posterior. Lo que es una lástima porque en muchos aspectos era una serie muy divertida, con un punto mínimo de culebrón, que seguramente no era muy ajena a las circunstancias del público juvenil -que es tanto protagonista del tebeo como el público al que va dirigido.

 

Ombligos cuenta las historias de un grupo de tres adolescentes: Jenny, Vicky y Karine. Las tres van al instituto y todo lo que ocupa sus vidas y parte de sus preocupaciones gira en torno de la cuestión de las apariencias. Ser la más popular del insituto, estar al día de los chismorreos, tener los modelos más cool. Bueno, ese especialmente es el caso de Jenny y Vicky, que son una oda andante al narcisismo. No necesariamente algo negativo de por si -los autores no mandan ese mensaje- pero si en ocasiones que lo es cuando se da como una imposición a otros. Por ejemplo, no es el caso de Karine, que trata de ser un poco ella misma -o que está intentando saber qué es “ser ella misma”-. Pero Karine como todo adolescente duda y queda enredada constantemente en los líos de los que las otras dos son responsables. Alrededor de las tres, el ecosistema de una serie de institutos: otros estudiantes, chicos misteriosos en moto, familiares agradables o repelentes. Es muy interesante en estas historias la cuestión protagonista del narcisismo, sin la aparición de móviles ni redes sociales prácticamente. Seguramente para el momento en el que arrancaron las tiras, el boom aun no se había producido.

 

Los cómics de Ombligos se cuentan en una página al estilo de tira de humor o página dominical. Una página típica la componen de diez a doce viñetas que se resuelve con un gag humorístico en la última de ellas. En este trasunto, Delaf y Dubuc consiguen elaborar una suerte de “metatrama” al estilo de muchas otras historietas de humor en la historia de este género. Es decir, a pesar de haber una cierta conclusión en cada página, algunas historias pueden estar conectadas para dar con una historia mayor. Esto permite la narración hacia el culebrón: introducir nuevos personajes que van entrando y saliendo e incluso hacer evolucionar a los personajes, algo que, evidentemente, acaba enganchando al lector. Destaca mucho el apartado visual, otro punto fuerte de la serie. El estilo de dibujo caricaturesco de Delaf es muy característico de bande desinee de humor infantil-juvenil moderna, al estilo, por ejemplo, del Titeuf de Zep. Muy plástico y práctico para el humor de tipo slapstick, que también tiene su lugar aquí. La paleta de colores de Dubuc también debe destacarse. Muy abierta con mucha variedad, pero sin estridencias, favoreciendo tonos pasteles para los fondos sobre los colores más vivos de los personajes. Traslada energía a estos pero estabilidad a su mundo, para no ahogar al lector.

 

En resumen, un tebeo con muy buena factura final que, como decíamos al principio, es una lástima que no haya acabado de cuajar aquí. Sería interesante ver como son estos tebeos a día de hoy y como les va la vida Jenny, Vicky y Karine. Especialmente porque por lo que veo en las portadas de los álbumes siguientes en las ediciones canadienses hay giros interesantísimos en la historia de las tres. Aquí apenas vimos un apunte. Quizás con el desembarco de series y tebeos juveniles tan buenos como Leñadoras, Raritos, Giant Days o ¡Sonríe!, que están tratando de darle un empuje al tebeo dirigido a este público -fuera parece que lo están consiguiendo-, pueda hacerse un nuevo intento, quien sabe.

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Apuntes sobre series de manga (I): Tragones, áreas e inocentes

 

Inicialmente este blog iba a ser un lugar de artículos tirando a sesudos -o al menos intentarlo- que tirara un poco más allá de la reseña que no va más allá de la sinopsis del tebeo y algunas líneas críticas muy generales (para eso ya tengo la cuenta de Instagram “instagrapacomics” VIVA EL SPAM). Pero la verdad es que ese tipo de artículos -plantearlos, recoger las reflexiones, estructurarlas y narrar la reseña- me lleva mucho tiempo y no siempre me salen tan bien como quisiera. No es que vaya a dejar de hacerlos, pero sí que me parece buena idea ir incluyendo algunos artículos más ligeros con más referencias y que me permitan continuar divulgando y criticando las numerosas lecturas que voy haciendo.

 

En los últimos años, si ha habido algo de lo que he aumentado copiosamente su lectura, además, ha sido el manga. Y me he llevado estupendas sorpresas. Como ya apunté en el artículo de introducción a la obra de Inio Asano, no me considero un experto en manga, pero estoy disfrutando muchísimo de la cantidad de obras buenas que estoy descubriendo. Hasta las no tan buenas tienen su puntito. Por ello, me ha parecido buena idea ir haciendo este “diario de lectura” que iré publicando con bastante más frecuencia que los artículos habituales (o eso espero).

 

Vamos a ello.

 

 

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Tragones y Mazmorras de Ryôko Kui

(cuatro volúmenes publicados hasta la fecha, cuatro leídos)

 

Cuando empecé la serie pensé “ah, han cruzado fantasía dungeonera con gastronomía, esto es para mí”. Pero pensé en ello también como un manga muy específico, quizás demasiado. O te gustan los dos temas (mejor los dos, claro) o no es un manga hecho para cualquiera. Y sin embargo, la premisa es bastante sencilla: grupo de aventureros que exploran unas mazmorras enormes en busca de tesoros y que andan bajos de recursos deciden que para ahorrar se aprovisionarán sobre la marcha. Es decir, en vez de comprar provisiones antes de entrar a la mazmorra (su pan de lembas, su carne seca y esas cosicas), pues se zamparan a los monstruos que eliminen durante los combates. El resultado son aventuras que concluyen con la elaboración de una receta improvisada que puede usar cualquier bicho digno de aparecer en un Manual de Monstruos: basiliscos, escorpiones gigantes, kelpies. Incluso plantan huertos en las espaldas de los golems para tener sus verduritas frescas. El conjunto de las historias están hiladas con un objetivo de fondo que queda más o menos saldado en el cuarto volumen. Pero Ryôko Kui ha tenido la habilidad de ir introduciendo datos sobre el mundo y añadiendo personajes secundarios para ir dándole amplitud de la historia y así aspirar a objetivos mayores -más “de mundo” que personales de los personajes- y a la continuidad a la serie.

 

Por eso, creo que al final se está convirtiendo en una muy buena serie de fantasía, divertida y original. Sorprende por tirar por la estética de fantasía medieval más rolera de D&D, más occidental -aunque me vienen al recuerdo precedentes como Record of Lodoss Wars, por ejemplo, que la popularizó en Japón- quizás porque se pueda asociar esta más fácilmente al humor que una exótica que suele ser más intensita y dirigida hacia la gran épica. Tragones y Mazmorras empieza desde abajo con sus personajes de nivel uno con sus problemas del día a día de toparse con monstruos y demás. Y creo que ese también ha sido su encanto, al menos hasta la fecha. Eso y las recetas, claro. Ver como el autor se las ha ingeniado para asemejar a los monstruos con alimentos similares para poder preparar platillos y explicar su preparación paso por paso, no tiene precio.

 

 

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Area D de Nanatsuki Kyouichi y Yang Kyung-il

(catorce volúmenes hasta la fecha, catorce leídos)

 

No sé exactamente porque empecé a comprar Area D, la verdad. Seguramente algún amigo de la librería me engoriló con él y acabé empezándola. Es un shonen demasiado “variedad de jardín” si se me disculpa la expresión. Sin embargo, por el camino, creo que se le pueden sacar algunas virtudes; e incluso considerarle algunos defectos a priori como virtudes a posteriori. La historia no es nada del otro jueves. Estamos en un mundo en el que a algunas personas se les empiezan a manifestar poderes como a los mutantes de la Marvel. Pero lejos de establecer un conflicto con bandos y una división de la humanidad según sean pro o anti mutantes, aquí todo es más radical: se les captura y se les envía a una inmensa isla-ciudad-prisión para que no molesten. El protagonista, un tipo que va bastante pasado de nivel -como suele pasar-, llega a la isla buscando a alguien y allí la lía pardísima. La prisión es un sitio donde los mutantes están divididos en tres facciones, hay enfrentamientos con los carceleros y con alguna que otra facción oculta. Y todos quieren o bien medirse el lomo con el prota o bien ser su amiguito especial. En lo gráfico, como imitando a los superhéroes de los noventa, las anatomías son imposibles o caricaturizadas y se dividen en cuatro tipos: hombres mazadísimos con filas imposibles de abdominales, mujeres con cuerpos de infarto, crías con sus vestiditos góticos y monstruos variados. Todo el manga está repleto de un fanservice descaradísimo, pero en su descargo hay que decir que nos lo encontramos desde el minuto cero, nos lo encontramos prácticamente durante todo el manga y nos lo encontramos tanto para hombres como para mujeres. Si los autores nos lo ejecutaran solo cada cierto tiempo para atraer la atención del lector, o dirigido solo a un tipo de público, podríamos considerarlo injusto o tramposo; pero al ser que el manga es todo el rato así, casi podríamos aceptarlo como un rasgo del estilo propio del tebeo en cuestión. O acudir a las reservas de ironía para la lectura, claro.

 

La historia, como decía, no es nada del otro mundo y catorce volúmenes después, habiendo cerrado una temporada y empezado otra con nuevos personajes, se mantiene en su ausencia de ideas originales o de giros de guión no convencionales. Estamos ante una excusa para que diversos personajes se acaben enfrentando como en un videojuego de luchas, con el eterno el BIEN contra el MAL por bandera, lo que me parece estupendísimo si es lo que uno busca. Y además, tiene una virtud que hecho en falta en los tebeos de superhéroes americanos: la narrativa de acción. Si una pelea nos va a ocupar cuarenta páginas, no basta con dibujar continuamente a los personajes soltándose mamporros. Queremos giros en la acción. Queremos momentos en los que el héroe tiene la ventaja y momentos en los que la pierde. Queremos que se muestren usos creativos de las habilidades de los personajes. Y Area D ofrece todo eso en la mejor tradición del shonen de batallas como Naruto, One Piece, Bleach, etc. De hecho, diría que empecé Area D precisamente tras acabarse Naruto y puede que este fuera el motivo, que echaba en falta un buen shonen de batallas. Por estas razones, me parece que estamos ante un manga bastante entretenido, con un estilo más o menos propio y honesto con lo que va a ofrecer al lector desde el principio. Buena mierda.

 

Aunque claro, ahora estamos ya con los Jojo’s también (que no tardarán en aparecer por aquí) que tienen sus buenas dosis de anatomías desquiciadas y batallas con maniobras y habilidades exóticas para hacer las delicias del personal.

 

 

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Innocent de Shin’Ichi Sakamoto

(seis volúmenes publicados hasta la fecha, cuatro leídos)

 

¿Sabeis aquello de cuando ves un accidente te tapas los ojos para mirar pero algo se te apodera lo suficiente por alguna extraña razón y te hace entreabrir un ojo para seguir viendo lo que sucede? Pues madre mía, Innocent. Llegué a ella con la serie ya empezado y recomendada por un par de personas. Me tiré a ella sin saber ni siquiera el argumento y la hostiaza no pudo ser más máxima. ¿La hubiera empezado a leer si hubiera sabido el argumento? He ahí mi gran duda. Para todos aquellos que quieran salir de dudas, Innocent es un seinen histórico basado en la novela El verdugo Sansón de Masakatsu Adachi y que narra la vida de Charles Henri Sanson (1739 – 1806) gran verdugo de la ciudad de Paris o “Monsieur de Paris” que era como se conocían a los ejecutores de las penas. El drama es máximo: el protagonista es el primogénito de una familia de verdugos, cuyo nombre y prestigio se debe a su profesión. Él no quiere seguir con la tradición familiar, pero no le cabrá otra.

 

A partir de ahí, seremos espectadores de la vida-calvario de Charles, que debe ejecutar penas a contracorazón y aprender el desagradable oficio de verdugo. Porque decapitar a criminales no es tarea fácil y Sakamoto nos abunda en infinidad de detalles anatómicos sobre como ejecutar y torturar cuerpos humanos.  Sí, el manga abunda en detalles que quizás no necesitamos en nuestras vidas y en escenas bastante gore, sí. Pero, ojo, no es gore  gratuito. No hay ni una sola escena macabra o desagradable que no tenga un sentido, que deba ser contada para transmitirnos la angustia del personaje y lo que está viviendo. Por si fuera poco, Sakamoto lo acompaña de una suerte de lírica visual, un dibujo preciosista y un recurso en la narrativa que abunda en imágenes metafóricas, que hace muy difícil dejar de observar lo que está sucediendo en los momentos más duros. Lo que apuntaba servidor al principio. Con todo esto, Innocent es un manga excelente -hay quien lo pone ya de obra maestra- y se merece muchísimos cumplidos, pero también resulta agotador. Servidor se ha planteado dejarla un par de veces. Depende del estado emocional del lector, puede no ser recomendable. Es una obra muy oscura, si bien hay momentos en los que el optimismo y el idealismo del protagonista, esa alma “inocente” encerrada  en la jaula del contexto histórico y familiar que le ha tocado vivir, pueden resultar refrescantes. Y es encomiable que el autor sea capaz de insuflar algo de luz en todo eso. Pero BUF. Mi consejo es “enter at your own risk”.

Poncho fue (Sole Otero)

 

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Ediciones La Cúpula, 2017

 

La novela gráfica que nos ocupa hoy empieza con la explicación de las reglas de un juego “social” que es el que da nombre a la obra. El asunto va de la siguiente forma: dos personas acuerdan que cuando una de las dos vea un seiscientos -un poncho- esta, al grito de “poncho”, está en su derecho de propinarle un golpe al otro y anotarse un tanto. En el “poncho fue” los dos rivales se van anotando tantos y propinando golpes hasta que uno de los dos decida retirarse del juego declarando “fue” o “no juego más”. Es importante hablar de este juego no solo porque la pareja protagonista del libro lo practiquen en sus páginas sino porque a nivel subyacente sirve como una suerte de metáfora conceptual representativa de ciertas dinámicas que pueden darse durante una relación sentimental. Y es el caso de lo que sucede entre las dos personas cuya crónica cuenta el libro.

 

La argentina Sole Otero nos cuenta la historia de Lu, que conoce a Santi y ambos empiezan una relación. Su relato empieza “in media res”, con la pareja ya con una relación más o menos establecida -y bastante tormentosa-, si bien va tirando hacia atrás con sucesivos flashbacks para enseñarnos escenas significativas del pasado. La técnica del flashback, en cómic, puede usarse con muchos motivos: desde dotar de cierto ritmo a la obra, a dosificar la información para crear intriga. Yo creo que el objetivo aquí es invitar al lector a que ejerza una cierta reflexividad. Si nos contara la historia de forma lineal, asistiríamos a la crónica de la relación como una montaña rusa, con sus subidas y bajadas. Sería algo que experimentar pero perdiéndonos en la emoción del momento. Sin embargo, al empezar sobre la marcha y posteriormente irnos transportando al pasado, no solo nos pone en la piel de su protagonista, sino que nos pone en el mismo acto de parar, mirar atrás y reflexionar .”¿Como he llegado hasta aquí?”.

 

Las páginas de la novela gráfica vuelan y pronto nos damos cuenta de que a lo que estamos asistiendo es a una suerte de arqueología del proceso de desarrollo de una relación tóxica. Otero divide los roles de forma muy clara y evidente: Santi es el intoxicador, Lu es la intoxicada. Pudiera ser que alguien, a esta distribución le atribuyera una falta de realismo o un exceso de simplificación: “en una relación tóxica ambos pueden serlo”; “las relaciones son cosas muy complejas, difíciles de determinar sobre quien recae la responsabilidad”; “not all men”; “bla-bla-bla”… En definitiva, alguien pudiera quejarse que al hacerlo así la historia de una relación se quede en fábula,  simplificando la realidad de una relación de pareja. A mí no me parece mal que Otero lo cuente como lo hace. Precisamente porque al hacerlo de esta forma la autora puede exponer claramente todas las dinámicas perversas de dominación, manipulación y abuso de una parte hacia la otra y sacarlas a la luz sin confundir a nadie. Cualquier lectora o lector que haya vivido una relación de este tipo -tanto intoxicadores como intoxicados- podrán reconocerlo de inmediato.  Y para los que estén viviendo algo así pero no sean capaces de advertirlo, la lectura los puede poner en alerta y verse a su propia relación con cierta distancia -una de las mejores lecciones que tiene el libro en cierto momento-. Así que, en mi opinión, la obra no solo tiene un enorme valor desde el punto de vista solidario y empático, sino que también lo tiene desde el punto de vista preventivo.

 

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Y a eso viene el caso de que el “poncho fue” sea la metáfora que sintetice lo que es una relación tóxica. Estamos ante el paradigma de la relación de pareja como una competición donde forzosamente, como en todo juego, debe haber alguien que gane y alguien que pierda; debe haber alguien al que derrotar constantemente en cada comportamiento, opinión y decisión. Cada vez que uno convence al otro de que tiene “La Razón” se anota un tanto. Y así, la relación sigue con uno de los dos agrandando su ego en favor de minar la autoestima del otro. Un detalle significativo del “poncho fue” es que se juega las veinticuatro horas del día, siempre está en marcha, siempre que se está con el otro jugador. Igual que en la relación, la duración es indefinida. Pero solo lo es hasta que uno de los dos dice “basta”. Y esta será otra de las lecciones importantes del libro.

 

A este punto hay que decir que estamos ante una obra dura de leer.  Si el lector o lectora ha vivido una relación de estas características, la familiaridad de prácticamente todas las situaciones ilustradas le golpeará como un mazazo. Aunque tampoco es necesario haber pasado por esa experiencia: un mínimo de empatía hacia Lu nos hace pedir, en varios puntos de la lectura, que su calvario termine. Es posible que el estilo de dibujo que usa Otero despiste inicialmente a algún lector de la temática o la historia que se cuenta en el libro: puede recordar a otros géneros o relatos más naifs. Pero si entendemos los estilos de dibujo como una caligrafía, la “voz visual” de la autora -o la voz escogida para este caso- entonces cualquier estilo de dibujo debería permitirnos poder contar cualquier historia. La narrativa es lo que importa y en eso Poncho fue es impecable. Por eso atrapa al lector en las vivencias de Lu y no lo suelta hasta el final: le hace vivir lo que lee y le hace pensar sobre lo que lee. También provoca vergüenza si alguna vez ha tratado de manipular, abusar o culpabilizar a su pareja;  le revela que no es necesaria la violencia física para abusar de alguien. Y para expresar todo eso no es necesario un realismo naturalista en el dibujo. El realismo está en lo que se nos cuenta, en como Otero ha tomado una infinidad de “anécdotas” de pareja y las representa en la historia dentro de ese ciclo eterno del abuso-conflicto-perdón y vuelta a empezar. En ese aspecto, en la narrativa que nos atrapa, Poncho fue cumple y nos pondrá un nudo en el estómago en numerosas ocasiones.

 

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Uno de los aspectos fuertes de la obra está precisamente en las cuestiones de expresividad.  Abunda el uso de la metáfora visual para ilustrar muy efectivamente los sentimientos internos de la protagonista o para representar lo que está sucediendo en la relación. La palabra “culpa”  se clava de forma literal en el cuerpo de Lu, cuando así se siente. Cuando la pareja está perdida en una discusión infructuosa los bocadillos no son capaces de abarcar todo el discurso de cada uno; lo que dicen ya no importa pero sí que importa ilustrar que el discurso ya es solo cháchara y el agobio que provoca. En todos estos recursos -algunos muy comunes en el lenguaje del cómic pero otros de elaboración o adaptación propia- podríamos ver enseguida la referencia al maestro Quino (también de Argentina), que desarrolló muchos de estos en sus viñetas de humor gráfico. Pero el ingenio de Otero reside no en su uso puntual, sino en su uso continuado, como un lenguaje emocional gráfico que se usa constantemente en toda la novela. En ese mismo caso, también recuerdo el Hoy es el último día del resto de tu vida de Ulli Lust, que tira de metáforas visuales para ilustrar estados emocionales en una obra extensa, si bien en Poncho fue el uso mucho más frecuente y añade el uso del color como elemento narrativo. Con el color, Otero expresa sentimientos, sensaciones y estados de conciencia, tanto como lo pueda hacer con el trazo; de esta forma, la obra en conjunto es todavía más única.

 

Para concluir, me gustaría apuntar que mientras leía Poncho fue me parecía una obra excelente para regalar o recomendar a gente que haya vivido una situación como la que la novela describe, como apuntaba más arriba, por ese potencial que creo que tiene de solidaridad para con las víctimas de estas relaciones. Que quizás puede ayudar a abrir los ojos o dar cierre a quien tenga “flecos” por cerrar de relaciones pasadas. Y principalmente lo creo porque a mí me ha servido para el caso: para entender los dos roles y para entender -con cierto horror- que en algún momento he estado en alguno de los dos. No quisiera tampoco dar a entender que el libro deba convertirse en ninguna “biblia” de las relaciones tóxicas; ahora sí, cada persona es un mundo. Y la verdad es que el relato simplemente como relato ya es excelente. Pero sí que me parece que ese plus que tiene de solidarizarse con el abusado y de visibilizar comportamientos tóxicos para aprender a evitarlos -los ejerzamos nosotros o nos los ejerzan- puede ser muy bueno para muchas lectoras y lectores. Eso coloca a Poncho fue en un lugar muy especial y creo que la convierte en una obra de referencia.

Inio Asano (III): La chica a la orilla del mar

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Cuando en nuestra vida de lector descubrimos a un autor que nos parece interesante –o nos encandila con la primera obra de este que cae en nuestras manos- lo más normal es tirarnos a la lectura de la segunda esperando que muchas de sus coordenadas autorales sean las mismas o al menos muy similares. En mi caso al comentar con otros lectores lo mucho que me había gustado Solanin de Inio Asano, me recomendaron La chica a la orilla del mar fervientemente. Eso sí, la recomendación iba acompañada del aviso de que la obra era muy distinta de la que ya había leído. Lo era y no lo era: habrá que ir por partes.

 

Un punto en común es que los protagonistas de esta historia son jóvenes. Si bien, si en Solanin los protagonistas andaban por una especie de tardoadolescencia, aquí podemos hablar de adolescencia pura y dura. Hace tiempo alguien me dijo que si algo se puede decir con certeza de la adolescencia es que no se puede decir nada con certeza. En la historia se retrata el ir y venir emocional de esas edades y la incertidumbre del no saber lo que se quiere –o cambiar de opinión al respecto según cambie el viento-. Pero también ronda en el retrato una apatía ante un futuro incierto, un dejarse hacer un tanto derrotisa y nihilista. Si bien en Solanin el tema del “futuro incierto” iba en relación al desarrollo de una carrera profesional y vital, aquí las incertidumbres de los personajes residen en el ámbito más íntimo y personal. “¿Me querrá alguien?” “¿Soy normal?” “¿Estaré solo toda la vida?” son los dilemas que atenazan a los protagonistas de esta obra. Y así como en Solanin se expresaban las inquietudes vitales de forma directa, aquí todos estos dilemas quedan prácticamente enterrados dejando patente la incapacidad -o la falta de voluntad- por parte de los personajes para expresar de forma clara emociones y aspiraciones, si es que se tienen. Todo esta tormenta -o vacío- interior (dejo a manos de la lectura de la obra ver qué personaje está retratado como cada cual) está trasladada en las páginas de este manga que cuenta la historia de la relación entre Sato e Isobe y que a poco que el lector desarrolle un poco de empatía con los personajes y con la historia, verá que está condenada a acabar de forma trágica.

 

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Pero ¿es posible ejercer la “empatía”, ponernos en la piel del otro, en La chica a la orilla del mar como en Solanin? En Solanin, Asano nos lo daba todo hecho. Nos ponía cara a cara con personajes que nos lo contaban todo y nos escribía sobre las viñetas sus pensamientos regalándonos una fuente de información exhaustiva sobre sus intimidades. Sin embargo, aquí todo eso desaparece. Se acabaron los personajes hablándote a ti como si estuvieras allí: si en Solanin nos metían en el tebeo como uno más de la troupe de personajes, aquí Asano nos condena a ser un fantasma, alguien que está pero no está con ellos. Y también se acabaron los cuadros de diálogo textualizando pensamientos. En La chica a la orilla del mar se hace el silencio. Y sin embargo, algo percibimos. Asano prescinde de algunos canales de comunicación, pero seguimos viendo que todo sigue ahí: que los personajes tienen un mundo emocional interior nos es patente. Si alguna vez has advertido que alguien a quien conoces muy bien -un familiar cercano o un buen amigo-, le sucede algo aunque no lo verbalice -detectas pequeños detalles de comportamiento- entonces entenderás lo que hace Asano en este manga para dejarnos atisbar las interioridades de los personajes. Sabemos que algo les sucede, pero no sabemos el qué y avanzamos como posesos en su lectura para desentrañar el misterio interior de cada uno. Y es harto difícil: lo que hacen los personajes difiere de lo que dicen; y lo que dicen muy probablemente difiere de lo que piensan.

 

Por otra parte, uno de los elementos que más sorprende del tebeo es su tratamiento del sexo. No es ninguno secreto que en el manga más comercial los personajes están tremendamente sexualizados. El grupo de personajes de los shonen habituales consisten en un protagonista masculino tan entusiasmado como anodino rodeado por un harén de personajes femeninos de diferentes características físicas diseñadas para conectar con los fetiches de todos los lectores posibles. Por eso es raro encontrar una historia en el que el sexo cumpla una función realista en la historia. El sexo, cuando aparece está introducido en la historia para los personajes, no para el lector. En La chica a la orilla del mar el sexo es uno de los ejes de la historia, de lo que hay que contar. El sexo es lo único que une a los dos personajes protagonistas, que son incapaces de sincerarse el uno con el otro, de entenderse. Y quizás a través del sexo tampoco mucho, dado que los personajes reproducen constantemente los fetiches más variados de la pornografía de forma preeminentemente física, sin ningún tipo de conexión emocional. Sería muy fácil decir que este manga es como un Nueve semanas y media a la japonesa, pero la verdad es que hay mucho más. Difícilmente su lectura resulta erotizante -no la consideraría cómic erótico, aunque algunas de sus imágenes puedan serlo-, sabiendo que, fuera del sexo, Sato e Isobe están profundamente heridos. Están desconectados del resto del mundo. Solo se tienen el uno al otro y no les vendría mal contarse las cosas que no se cuentan pero que realmente les importan. Pero no lo hacen. Solo follan. Se usan mutuamente como desahogo.

 

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El caso es que cuando nos proponemos afirmar que estamos ante un slice of life de la relación sexual de dos adolescentes, hacemos aguas cuando Asano inserta en el manga algunos componentes de thriller o incluso de terror. El tema de la ausencia del ser querido flota en esta obra como en otras de este mismo autor. Hay personajes que no están, pero de los que se habla: han tenido un peso profundo en otros, podrían aparecer más adelante o no, pero Asano magistralmente convierte su ausencia en una presencia. En Solanin, los puntos de humor aligeraban la dureza de algunos momentos de la obra. En La chica a la orilla del mar no se nos concede este alivio. Los golpes de efecto puntuales buscarán subir la tensión a través de dosis de realismo mágico un tanto tenebroso. Y así nos tendrá en vilo con el destino de los protagonistas hasta el final.

 

Concluyendo, supongo que habrá quien caiga en la tentación fácil de afirmar que el final de La chica a la orilla del mar –y atención porque es inevitable dejar caer algunos elementos de SPOILER a continuación- es un final fácil, ingenuo y feliz. Todo parece arreglarse porque sí, por fortuna, por casualidad. Cada personaje parece caer donde debe o donde puede. Y parece que no les va tan mal. Y sin embargo, si lo pensamos dos veces, el final es terrorífico. Solanin era un retrato de la solidaridad y de la comprensión entre pares. La chica a la orilla del mar es todo lo contrario: es un retrato del egoísmo de sus personajes, de proyectar en otros necesidades que van y vienen sin llegar a colmar el pozo infinito de sus anhelos, utilizandolos como objeto. Al final, no hay reflexión de lo sucedido, no se alcanza ningún tipo de madurez emocional, no hay ningún tipo de superación personal. La vida sigue y es más grande que nosotros mismos. Si acaso a Isobe en la última escena, se le intuye una cierta conciencia de lo sucedido, pero no queda claro si realmente se ha aprendido o si se puede aprender algo de lo sucedido. Y por ello, La chica a la orilla del mar se queda en prácticamente unas antípodas perfectas de lo que se nos contaba en Solanin, sin bajar un ápice la calidad de la historia narrada.

 

 

Inio Asano (II): Solanin

 

 

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El manga, como producto cultural exportado por todo el mundo, deja un cierto imaginario en sus lectores sobre las formas de vida y las costumbres del país en el que suceden sus historias. A través de obras de ficción, aventura y fantasía -las primeras que nos llegaron de forma masiva-, tenemos una imagen del adolescente japonés que se perpetúa obra tras obra. Pero este protagonista estereotipado, esta “variedad de jardín” repleta de clichés oculta mucho de la realidad del colectivo al que pretende representar -si es que lo hace- ya sea contando una épica fantástica, un romance o una comedia. ¿Qué pasa cuando termina el instituto? ¿Qué pasa cuando van a la universidad? ¿Qué pasa cuando salen a buscar trabajo? La historia de la juventud japonesa, retratada en los shonen más comerciales que hemos podido leer aquí, empieza y muere en el instituto. Y a sus lectores nos queda lejos una visión realista tanto de la misma como de lo que sucede después.

 

Hay que dar un salto a publicaciones dirigidas a públicos más adultos para dar con esos retratos algo más realistas, para encontrar historias que profundicen en los personajes y que les den un poco de alma. Por mencionar alguna obra precedente a la que trataré en este artículo, destacaría Nana de Ai Yazawa, manga josei -manga destinado a mujeres adultas- seriado que cuenta la historia de dos jóvenes chicas con objetivos muy diferentes en la vida que buscan independizarse en Tokio y acaban compartiendo piso. Nana tuvo bastante éxito -y desprendo de ello que había un público muy amplio interesado en este tipo de relatos-, pero una enfermedad retiró a su autora de la continuación de la obra en el 2009; pese a que Yazawa se recuperó, la obra quedó paralizada y sin final.

 

Solanin, de Inio Asano, por suerte, no ha tenido esa mala fortuna. Una de sus mayores bazas es que, a pesar de haber sido seriada en una revista, está pensada más como una “novela gráfica” con sus correspondientes capítulos -y un mapa de ruta muy claro- que como un “culebrón” a una deriva, algo que los editores podrían pedir estirar mientras la obra sea exitosa entre el público. Solanin no tiene ese problema, no parece regirse por audiencias ni por encuestas de éxito. Y quizás por eso uno de los adjetivos que más se repite cuando se habla de este manga es que es una obra “redonda”. Y es así. Conocemos a los personajes sobre la marcha, en su vida cotidiana, sin un gran evento que marque el arranque de la historia. Paulatinamente se nos presentan sus dilemas, que van evolucionando o complicándose. Y hacia el final estos problemas se resuelven -de una forma o de otra- dejándole al lector una sensación de cierre, de que el autor ha contado exactamente lo que quería contar. Todos los personajes tienen su espacio, tanto los protagonistas como los secundarios -que prácticamente dejan de serlo por el mimo con el que se les trata- y hay un control absoluto del ritmo y del tono con una visión perfecta de la historia al completo. Uno de los éxitos de Solanin, pues, está en desmarcarse de estas dinámicas editoriales que arruinan el conjunto de la obra. Sabe contar una historia y tiene presente que esta tiene que tener un cierre. Y esto es capital en esta obra en la que uno de los temas que toca -quizás el gran tema de la obra, aunque no el único- es el de como los individuos nos sobreponemos a ciertas dificultades poniendo voluntariamente un punto y final a ciertas cosas. Porque si no lo hacemos, a la larga, pueden hacerse obsesivas y perjudiciales para nosotros. El mensaje es poderoso por si mismo. No sé si de forma metaliteraria incluso pueda servir como recadito para el mundo editorial japonés.

 

SolaninPersonajes

 

La historia trata de un grupo de jóvenes que se halla en el momento de transición entre los estudios y el mundo laboral. Asano nos pone en la piel del colectivo de los veinteañeros japoneses en la tesitura de decidir un camino en la vida. ¿Me busco un trabajo de oficina, estable, mecánico y aburrido, donde empezaré siendo el último mono y quizás pueda ascender a algo más dentro de un sistema jerárquico y así hasta el fin de mis días? ¿O bien me decido por una opción más arriesgada, más vocacional y más creativa pero con altas posibilidades de fracasar? Aquí se aborda un “drama” generacional japonés, que no está tan lejos del de las inquietudes de cualquier joven recién salido -o a punto de salir- de la universidad, en cualquier otra parte del primer mundo. Engancha porque, de alguna forma -y al menos inicialmente- trata de responder a estas preguntas. O, como mínimo, pone la pregunta sobre la mesa y así visibiliza una incertidumbre generacional y una crítica hacia un mundo laboral gris, autoritario y poco enriquecedor. La resolución de ese dilema define el salto de la juventud a la adultez. Que no necesariamente a la madurez, ojo. Y eso es mucho.

 

El caso es que Solanin empieza desde lo cotidiano y desde lo universal, mostrándonos a unos personajes con los que el lector se puede identificar más o menos fácilmente. Pero a medida que pasan las páginas los personajes dejan rápidamente de ser “cualquier posible joven” o “cualquier posible persona”. El autor va ahondando en los personajes y hace aflorar ante el lector sus miedos y sus inquietudes. Y los inunda de pequeños detalles expresivos que los hacen únicos. Ya no nos importan porque pudieran ser como nosotros por tener vidas o inquietudes similares. Nos importa lo que se cuentan -lo que nos cuentan-, lo que van a hacer, lo que van a decir o lo que sienten porque les sucede a ellos y solo a ellos. Los personajes se convierten un poco en amigos del lector. Asano ha conseguido que desarrollemos una empatía con los personajes, colocándonos, como uno más, dentro del grupo.

 

Leyendo el cómic se me descubren un par de técnicas narrativas de como Asano llega a eso -en Solanin es tan importante el qué como el cómo-, a crear esa relación directa entre un personaje y el lector. Una de ellas es el uso del primer plano en los diálogos entre los personajes. Cuando un personaje tiene una charla con otro, el autor nos pone el punto de vista del personaje que escucha, “nos convierte en él”; o casi, a veces a un metro por detrás del personaje. Pero lo que importa es que nos pone cara a cara con el personaje que se está expresando y prácticamente parece que nos lo cuente todo mirándonos a los ojos. Y así, a medida que vamos leyendo el cómic no es raro que nos sintamos como parte de ese grupo de amigos. Asano se ha preocupado de dedicarles momentos significativos a cada personaje, incluso a los secundarios, por lo que a todos los vamos conociendo a base de incluirnos en esas conversaciones en las que estamos muy cerca del personaje que nos explica su vida. Esta técnica, por supuesto, no la inventa Asano, pero la aplica y desarrolla excelentemente bien. Es característica de otros mangakas y en particular me recuerda mucho -aunque no tengan nada que ver en cuanto a género- al Naruto de Masashi Kishimoto, que constantemente nos pone la cámara junto a sus personajes, como si estuviéramos al flanco de los mismos, como un personaje más.

 

SolaninMeiko

 

La otra técnica relevante para el desarrollo de la empatía es mucho más íntima, cuando se expresa un monólogo interior en forma de texto acomodado en viñetas enteras. Se hace partícipe al lector de la intimidad última del pensamiento de los personajes de lo que quizás no expresarían a nadie. Así, de alguna forma, ese monólogo interior deja de serlo para convertirse, de nuevo, en una especie de diálogo con el lector. Bueno, yo al menos me he encontrado a mí mismo leyendo pasajes de la intimidad de los personajes y evocando mis propias experiencias personales mentalmente como si a ese personaje -a ese amigo- pudiera servirle mi experiencia como ayuda.

 

A Solanin, para concluir, no le falta ni le sobra nada. Sabe lo que quiere contar y como quiere contarlo. Es quizás la obra más luminosa de Asano de entre las que hemos podido ir leyendo por aquí aun con sus “medias horas oscuras del alma”. No le falta tampoco algunos golpes de humor con los que el autor consigue aliviar y/o romper algunos momentos de drama o incluso para jugar un poco a la tragicomedia-un recurso que hemos visto en las obras de más reciente publicación como Buenas noches, Punpun o Dead dead demons dededede destruction-. Al final, Solanin es un canto a la fuerza interior de cada individuo para tomar decisiones en momentos duros, al salto al vacío hecho con valentía. Pero también es un canto a la solidaridad, al apoyo mutuo ante las dificultades, a seguir hacia adelante acompañado de los que queremos. Es una despedida de las inseguridades a las que nos habíamos ido agarrando y que nos conectaban más con una soledad estéril que con un mundo compartido con otros lleno de posibilidades.