Las 7 vidas del gato Fritz (de Robert Crumb)

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#Reseñoviembre es una iniciativa que imita al reto de los artistas del #Inktober, pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

 

Reseñoviembre – Día 30 – Palabra: GATO

 

 

Obra: Las 7 vidas del gato Fritz

Autor: Robert Crumb

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Pues hemos llegado al final de Reseñoviembre y la verdad es que me cuesta un poco creer haber sacado una reseña al día durante un mes, prácticamenente sin retrasos. Bueno, seguramente algunas mejores que otras, pero el espíritu creo que se ha mantenido hasta la última entrega. Ha sido emocionante volver a compartir iniciativa con el gran Ander Luque que, además de ser un afilado crítico y divulgador, ha llevado bastante la infraestructura y el megáfono de la cuenta de instagram con mucha inmediatez. Y le estoy agradecidísimo por ello. También a todos aquellos que se han sumado a reseñar desde sus cuentas, blogs, etc… durante todo o parte del mes. En algún momento hemos sido casi una veintena. También agradecimiento a los trolls que se han asomado por ahí e incluso a la gente que sin meterse en el fango de reseñar con la extensión propuesta en la iniciativa han querido asomar la cabeza y lanzar sus propuestas diarias. Un aplauso y un abrazo enorme a todos.

 

Por mi parte veo desde la distancia el mes y veo que me ha salido un Reseñoviembre bastante peculiar. Mucho cómic infantil y juvenil, que he disfrutado mucho leyendo, en parte por las charlas de prescripción de cómic para bibliotecarios en la Biblioteca Can Fabra de Barcelona. También han caído tres obras de Bartolomé Seguí, que he disfrutado mucho leyendo y releyendo; también tiene un motivo que haya aparecido tanto por aquí. Por otra parte, ha habido una cierta presencia de nostalgia noventera que también me ha parecido simpática. Para la entrada final tocan “gatos” y habrán como mil opciones en el mundo del cómic. Me he decantado por una que se fuera más al tebeo underground o el tebeo clásico, que creo que es lo que me ha faltado a lo largo del mes. Así que vamos con Fritz el gato de Robert Crumb, en ese recopilatorio que sacó La Cúpula llamado Las 7 vidas del gato Fritz.

 

Fritz es uno de los primeros personajes con nombre propio de Crumb, uno de los padres fundadores del underground. Sus historietas se inician a mediados de los sesenta y terminan algo después de mediados de los setenta. Es uno de los personajes más populares de Crumb, junto con el gurú Mr. Natural, en la etapa más temprana de su carrera justo antes de que Crumb inventara su personaje más popular: él mismo. El gato antropomórfico era un buen resumen de que lo que pretendía contar el underground con sus publicaciones. Esto es, todo aquello que la censura y las buenas costumbres repudiaban. Fritz era un personaje pendenciero, estafador, que vive de noche -de noche, todos los gatos son pardos- y que allá donde va… la acaba liando parda.

 

Con Fritz, Crumb empezó a tontear con sus fetiches sexuales y con algunos tabús que erizarían el pelo de los sectores más conservadores. Pero también tonteó con la política, haciendo que su personaje tuviera ramalazos de inspiración revolucionaria tanto como lo convirtió en un agente de la CIA que se enfrentaba a los planes de la malvada República Popular China (todo como sátira de las películas de agentes secretos). Quizás, donde más se lució el personaje y donde más atrajo la atención del público -además de los pasajes de sexo, que ocupaban viñeta sí, viñeta no- eran el retrato de la América más callejera, alternativa y/o olvidada. Los afroamericanos aparecían retratados como cuervos con los que Fritz se codeaba sin problemas. Fritz, el gato, llamó la atención de productores de animación y acabó teniendo película, escrita y dirigida por Ralph Bakshi en 1972. Fue la primera película de animación para adultos. Pero Crumb, que veía que su creación se le escurría de las manos, decidió matarlo en el 1978. Una de las chicas a las que usaba para follar como si fueran objetos de usar y tirar, se cansó de los malos tratos del felino y le apuñaló finiquitando su existencia.

 

Como toda obra que ya tiene medio siglo de edad, inevitablemente hay que leerla teniendo en cuenta el contexto de la época. Especialmente como una válvula de escape de toda una serie de historias de la contracultura, pero también de las filias y fobias de su propio autor. También como un vistazo a la narrativa y el estilo artístico de Crumb, que ya en aquellas primeras páginas prometía en muchos aspectos. No dudo que algunos lectores de la vieja guardia terminarían un texto sobre Crumb con el plañido rancio ya oído hasta la saciedad de “esto no se podría publicar a día de hoy” . Yo no lo voy a hacer por una simple razón obvia: La Cúpula lo sigue publicando y reeditando sin problemas.

El beso número 8 (de Colleen AF Venable y Ellen T. Crenshaw)

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#Reseñoviembre es una iniciativa que imita al reto de los artistas del #Inktober, pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

 

Reseñoviembre – Día 25 – Palabra: BOCA

 

 

Obra: El beso número 8

Autoras: Colleen AF Venable y Ellen T. Crenshaw

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Que la novela gráfica -en los temas mencionados en otras entradas de este Reseñoviembre (cómic biografíco, social y/o histórico) y en los términos de libertad autoral para forma y formato- ha llegado al cómic juvenil no es algo que ya debiéramos argumentar ni explicar de ninguna forma. Queda quizás, entonces, ir identificando los temas e intereses de una generación de autores -y especialmente autoras- que están introduciendo las inquietudes de su generación a través de sus trabajos, ya sean ficciones o relatos autobiográficos. El coming of age es uno de los relatos a los que más se acudido y ahí tenemos obras como Aquel verano de Jillian y Mariko Tamaki, Piruetas de Tillie Walden, Laura Dean me ha vuelto a dejar de Mariko Tamaki y Rosemary Valero O’Connell o ¡Sonríe! de Raina Telgemeier. Podríamos irnos más atrás e incluir obras como el Blankets de Craig Thompson o el Hoy es el último día del resto de tu vida de Ulli Lust. Los temas dentro del coming of age pueden ser muy variados, así como la franja de edad que se atreviesa a lo largo de la historia. En muchos casos se habla de historias en los que se cuenta un proceso de madurez. Yo preferiría referirme a ellas como historias en las que se narra un proceso. Porque ¿Qué garantiza que alcancemos la madurez? ¿Se alcanza la madurez en todos los aspectos? ¿Quien juzga esa madurez? O yendo al grano ¿Qué es la madurez? Por eso yo prefiero hablar simplemente de procesos. Procesos de aprendizaje y cambio a partir de las experiencias que uno sufre durante la niñez y adolescencia. De los que sacamos lecciones para bien o para mal, que nos cambian y que transportamos emocionalmente.

 

En El beso número 8, la protagonista, Amanda (o Mads para los amigos) tiene una vida emocional un poco complicada tanto por la parte de sus amistades como por la parte familiar. La obra empieza con revelaciones adelantadas de la trama que se irá desarrollando a lo largo del libro. Mads hace una cronología de sus ocho primeros besos y el beso número ocho es significativo porque apunta a la revelación de su homosexualidad. Colleen AF Venable y Ellen T Crenshaw nos enseñan este hecho pero en la obra nos irán mostrando poco a poco la forma en que se llega al hecho y que, de hecho no es menos importante. Porque El beso número ocho es una novela gráfica de fondo, un fondo muy intenso y amplio que busca dibujar una vida y sus decisiones teniendo en cuenta muchos condicionantes en la tormenta emocional que puede ser la vida de una adolescente. Una vida en la que además pesa un secreto familiar que Mads intuye y que se va desvelando poco a poco a lo largo de la novela. Un secreto que también puede ayudarle a tratar esa madeja interior de emociones, deseos e inquietudes. El desarrollo de los personajes que hace Venable es capital: nos muestra a los personajes en diversos aspectos de sus vidas y en la interacción con otros personajes. Prácticamente no hay personajes que se relacionen solo con la protagonista. Sin ser una obra coral y mantener Mads el protagonismo, hay vida más allá de ella. Y en esto se detecta una sensibilidad y un sentido del equilibrio especial. El mundo no gira alrededor de un solo personaje, ni está construido para él o ella. Por supuesto esto también aporta un realismo y una credibilidad que se mantiene a lo largo de todo el relato.

 

Formalmente, en el estilo de dibujo se hace gala de la ya mencionada -y advierto que esto es un palabrejo/concepto que me he inventado y que cabría desarrollar/investigar más- “línea clara americana”. Un dibujo limpio, de líneas pulidas, que ordena bien los elementos en página y en este caso con una cierta derivación hacia la caricatura plástica. Veo en un precedente en Craig Thompson, pero en este caso sin las florituras y los ornamentos de este autor. Y con variaciones -y seguramente influencias del manga o el cartoon- lo hemos visto en la obra de las Tamaki, en Valero O’Connell, en Walden o en Telgemeier (muchos cómics infantiles y juveniles hacen gala de este estilo). En el caso de Crenshaw veo una posible influencia de Thompson, pero quizás también me trae ecos de referencias más clásicas del cómic americano, que no sabría precisar. Por la composición de sus páginas y por los ritmos y tiempos de la acción. Es una narrativa ágil que permite al lector moverse con interés a través de los diálogos captando todas las expresiones de los personajes que están transmitiendo emociones constantemente. Y permite saltar de escena a escena con fluidez. Los temas, los secretos e incertidumbres, están siempre en el aire y devoramos ávidamente las páginas del cómic en busca de respuestas, también con interés por el estado de los personajes. Para terminar, dejo un apunte de lo que me dejo por comentar. No menciono apenas el tema LGTB en esta reseña precisamente porque me gustaría naturalizarlo. Las autoras hacen un retrato de un descubrimiento de la sexualidad y de la identidad sexual. Está muy bien que se venga tratando en las obras de esta temática, que todos los críticos las reseñemos y está bien que no lo referenciemos de forma especial en nuestras reseñas como una suerte de reclamo o de advertencia para los lectores que compartan o no esa sexualidad o identidad sexual. Todos hemos vivido el descubrimiento de una sexualidad de una forma o de otra y leer casos diferentes a los propios puede ser tan interesante o emocionante como leer obras referentes a los similares.

Dungeon Quest – Primer Volumen (de Joe Daly)

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#Reseñoviembre es una iniciativa que imita al reto de los artistas del #Inktober, pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

 

Reseñoviembre – Día 3- Palabra: CALVA

 

 

Obra: Dungeon Quest – Primer Volumen

Autor: Joe Daly

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

 

Hace ya unos años que La Cúpula publicó el primer volumen de esta serie (no se publicaron más posteriormente, aunque hay, hasta donde sé dos volúmenes más) que a priori se me antoja extraña, por varios motivos, pero también precisamente por estos, muy interesante. Joe Daly es un autor sudafricano nacido en Londres cuya obra encaja dentro de la escena del cómic alternativo y de vanguardia. Sus trabajos, por ejemplo, han aparecido en antologías como Kramer’s Ergot y Mome.

 

Dungeon Quest podría facilmente considerarse una suerte de isekai occidental; esto es una historia en la que el protagonista viaja a un universo de fantasía con trasfondo o mecánicas de videojuegos y/o juegos de rol. Sin embargo, en la obra que nos ocupa, el protagonista no viaja a ningún sitio en particular. Millenium Boy, un chaval con un cabezón calvo enorme, aburrido de estar en su casa haciendo deberes y viendo la tele, decide echarse a la calle a vivir aventuras. Para sorpresa del lector, tan quijotesca decisión se sostiene en que el mundo en el que vive Millenium Boy -y que a priori se nos asemejaba al nuestro- funciona con mecánicas y trasfondo de videojuego de aventuras. Así, Daly juega un poco a hacer un Scott Pilgrim pero de inspiración surrealista del maestro Jim Woodring y con un tono más oscuro y más incorrecto. Así, el protagonista va fichando a amigos suyos como aliados para la aventura y van liquidando a los enemigos del camino y consiguiendo equipo y armas mientras suben de nivel (la obra va actualizando las “fichas de personaje” de los protagonistas).

 

La estructura de la obra, al menos, en el primer volumen es bastante procedimental, lo que no deja de sorprender por cierto trasfondo psicodélico y surrealista que en otras obras habría llevado la trama por sendas más insospechadas. Es cierto, claro, que es el primer volumen, por lo que el autor va alternando cada tipo de encuentro (encuentro de aliados al grupo, enfrentamiento con enemigos, parada para comprar equipo, diálogos entre los personajes mientras siguen su camino). Quizás Daly trata aquí de reflejar un poco la monotonía repetitiva de algunos de estos juegos. En la representación de los personajes tiene aspectos que a mí personalmente me hace dudar de si estamos ante una sátira -a priori, sí, pero quizás mal llevada- de los grupos de roleros o de gamers. La chica, Frikigirl, que llega al final para cerrar el grupo, no tiene apenas una línea de diálogo y sirve para hacer una exposición del sexismo mal llevado del protagonista. Daly juega la baza crítica a través de otro personaje, pero en el resto de la historia (hasta el primer volumen) el personaje es prácticamente invisible o sustituible.

 

Obviando este aspecto, Dungeon Quest resulta entretenida y curiosa. Su estilo de dibujo es limpio y oscuro, muy heredero de la escuela de “línea clara oscura” de Charles Burns. La atmósfera es tan cotidiana como sombría, como mandando el mensaje de que el mundo ya es algo tan siniestro como los mundos de fantasía oscura, dándose el caso de que la evasión de la realidad propia de los productos de entretenimiento, en este caso se produce aterrizando en la misma realidad. Pero si ahí Daly empezaba a dibujar una reflexión en el aire, cabría confirmarla con la continuación de la obra.

Río Veneno (de Beto Hernández)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 27 – Palabra: VENENO

 

Obra: Río Veneno

Autor: Beto Hernández

Editorial: La Cúpula Ediciones

 

Reseñé por aquí hace unos días Nuevas historias del viejo Palomar de Beto Hernández, que vendrían a ser las últimas historias publicadas sobre la saga de Palomar -aunque no necesariamente las últimas en su cronología- y el azar de la palabra del día -“veneno”- me abre la puerta a reseñar el principio de la saga, recogida en las historias del libro Río Veneno.

 

En realidad, Río Veneno tampoco es exactamente el inicio de la saga de Palomar, pero sí que es el inicio cronológico de la serie, la precuela, para entendernos. Tras dibujar varios comics y asentar el universo y los personajes, Beto decidió coger a su personaje más destacado, Luba y visitar sus orígenes. Y ahí está, en sus primeras páginas, recién nacida y el drama ya flota en el aire. Para quien no haya leído las historias de Palomar, en mi opinión da igual por donde empieces a leer la historia porque en cualquier punto de su entrada te puede atrapar. La Luba de la etapa norteamericana es un personaje al que se le percibe como Beto le dibuja el peso de una vida encima. Por eso, cuando el lector acude a Río Veneno, es imposible que se le escape una lágrima al ver dibujada en ella la inocencia primigenia sabiendo algunas cosas que están por venir. También desborda la Luba adolescente, un personaje cargado de energía que arrolla al resto de los personajes con los que se va topando. Así como vemos desarrollarse la relación que tiene con Ofelia desde niña y el momento en el que el famoso martillo aparece por vez primera en sus manos.

 

Río Veneno carece, eso sí, de las características de realismo mágico que tienen el resto de los libros. Beto la concibe más como una suerte de drama latinoamericano con tonos de noir. Los personajes están desarraigados, prima la desconfianza y la incomunicación y en ese sentido, la llegada a Palomar, al final de la obra deja una idea como de haber llegado a un lugar especial, mágico, una suerte de Shangri-La mundano haciendo una transición idónea hacia los relatos que se dibujaron primero. Todo empieza de nuevo.

 

Se le ha considerado un libro inferior al resto de la serie, quizás por distanciarse en el tono y estilo de los libros de Palomar. Pero para mí sigue siendo un libro esencial, como el resto. En el mosaico de estas vidas de ficción que Beto ha ido construyendo a  lo largo del tiempo cada pieza del puzle importa y aporta.

 

 

Maldiciones (de Kevin Huizenga)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 26 – Palabra: MALDICIÓN

 

Obra: Maldiciones

Autor: Kevin Huizenga

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Kevin Huizenga es uno de esos autores de los que su obra nos ha llegado de una forma un tanto irregular, no necesariamente a cuentagotas, pero sí de forma extraña. Se le ha publicado en diferentes editoriales, se le han publicado algunos libros y otros no. Y da la impresión de que en España no ha acabado de cuajar del todo. Es algo inusual porque por otra parte la obra de Huizenga llegó a obtener hasta cinco premios Ignatz en la década de los dos miles. Quizás es su fondo experimental, muy desarrollado en su formato favorito, el de los “minicomics”- el que impide de alguna forma su conexión con el público. A pesar de que su personaje Glenn Ganges conecta toda su obra, nunca sabemos que nos vamos a encontrar en sus cómics. Quizás ni el propio Glenn. Recuerdo, por ejemplo, la extraña sensación que me provocó leer El Reino Salvaje, un pequeño libro con historia de tan distinto narrativa, tono y tema, que hacía dudar al lector de si había un hilo de conexión entre todas las historias. En algunas aparecía Glenn, en otras no. Otras eran diagramas científicos sin ningún tipo de base real y en otros, textos sobre zoología encuadrados en viñetas sin ningún tipo de dibujo más allá del marco de las mismas, lo que ponía en duda ya no solo el sentido de todo aquello, sino incluso de estar ante un cómic.

Maldiciones es una obra anterior, recoge historias de Glenn Ganges -y algún otro personaje más del mismo “universo”- y su fondo experimental -que lo hay- no está tan “en los límites” como lo estaría luego El Reino Salvaje, quizás a excepción de alguna historieta concreta. Glenn se podría decir que es el americano blanco de clase media que vive con su mujer en una casa en una población americana cualquiera de casa con jardín, lejos de los grandes núcleos urbanos. Podría ser perfectamente el protagonista tabla rasa de cualquier tira cómica americana. Glenn y su situación de americano medio es una suerte de comodín que le sirve a Huizenga para contar casi cualquier historia. Normalmente empezando de la forma más costumbrista posible y luego derivando hacia un absurdo que no necesariamente busca ser cómico. Por ejemplo, en la historia “Calle 28” Glenn y su mujer buscan tener un hijo, pero no lo consiguen. Tras muchas pruebas e intentos, el médico llega a la conclusión de que Glenn tiene una maldición y tiene que arrancarle una pluma a un ogro que vive en la calle 28 para deshacerla. Glenn lo asume como algo “normal” y emprende la búsqueda del ogro.

 

Otras historias usan o introducen frecuentemente un tono académico o divulgativo (algo que como decíamos volvería a usar en El Reino Salvaje). Por ejemplo en “La maldición” una bandada inmensa de estorninos anida en el barrio de Glenn alterando la vida normal de la gente, que no puede dormir por el ruido o se encuentra sus coches llenos de mierda. Entre la narración de estos hecho, Huizenga nos introduce una extensa historia documental sobre la introducción del estornino en Norteamérica, sus costumbres y como la proliferación de los mismos se había intentado combatir con muchas dificultades. El tema ornitológico es también uno que Huizenga retoma con frecuencia: las aves con frecuencias tienen un papel importante en su obra, son como un personaje omnipresente. También lo suele ser la naturaleza.

 

Quizás lo más comentado de las historietas de Ganges es esa suerte de vacío existencial que dejan sus historias. Como si nada tuviera sentido. Como si todo fuera un chiste. Como si el conocimiento de las cosas, sí, es importante, pero al final, para qué. Quizás la historia que más destila esto es la más diferente del resto “Caso 0003128-24”. En ella, se cuenta con textos el informe de la relación entre un hombre y una mujer que termina por el nacimiento de un hijo de ambos. La historia se cuenta con una asepsia total, un informe desprovisto de emoción alguna por parte del informante. Todos estos textos se van narrando en una secuencia de imágenes de paisajes naturales al estilo de los libros ilustrados del Tao Te Ching. De alguna forma parece como si experimentara sobre como las imágenes pueden influir sobre lo narrado en texto. O viceversa. A mí personalmente, este tono de Huizenga, este sentir de contar historias me recuerda un poco a Inio Asano -se llevan tres años de diferencia-, si bien muy probablemente son autores que no tengan ningún tipo de relación entre si y probablemente no se influencien el uno al otro. También son dos autores de contextos y de tradiciones históricas de historieta que están en las antípodas. Si bien los dos han recogido esas tradiciones para acabar contando lo que han querido, experimentando por el camino o probando a contar historias que no se habían contado aun. Y de alguna forma comparten un tono de fondo, una atmósfera un poco deprimida y nihilista. Todo acabó ya hace tiempo y aquí estamos. Vamos tirando. Y vamos contando historias mientras tanto.

 

 

 

¡Háblame de amor! (de Robert Crumb y Aline Kominsky)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 20 – Palabra: ATRACCIÓN

 

Obra: ¡Háblame de amor!

Autores: Robert Crumb y Aline Kominsky

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Hace ya hará unos buenos cinco años escribí un artículo sobre Robert Crumb para la revista trimestral Jot Down. Era el quinto número y el tema propuesto para esa publicación -cada número de la trimestral tiene de fondo un tema, idea, país, etc.- era “Políticamente incorrecto”. Me faltó tiempo, obviamente para proponer escribir sobre el padre -o abuelo, ya- del underground. Y lo que intenté contar en ese artículo es un retrato panorámico del autor que tendría por aquel entonces setenta años ya. Haciendo una revisión de toda su bibliografía, se me ocurrió que podía dividir al autor en tres etapas -que se solapan más o menos en el tiempo- o tres facetas del autor. El artículo lo titulé haciendo un juego de palabras desordenado con el de un western muy famoso. Lo titulé “El feo, el malo y el bueno”.

 

A grosso modo, “el feo” sería el Crumb joven, grotesco, experimental, desagradable para ciertas morales. “El malo sería el Crumb más adulto, ya con estatus de gran celebridad, no solo del cómic, sino de la contracultura, que se hizo a si mismo personaje, sabedor de que su forma de ser y sus perversiones llamaban la atención, provocaban. Era el Crumb sin pelos en la lengua; aunque nunca los había tenido. Finalmente, “el bueno” sería el Crumb más maduro el admirador de la belleza, el artesano preciosista de sus trabajos, un Crumb al que ya le queda lejos el underground y su obra tras pasar por manos de editoriales como Taschen, bueno, diríamos que ya no es contracultura precisamente. Todos esos Crumbs se han sucedido los unos a los otros y al mismo tiempo han coexistido en “diferentes porcentajes”.

 

Retomo y me enrollo con todo esto porque hay una única obra de Crumb que podría decirse que recoge buena parte de esas facetas o al menos las dos últimas. ¡Háblame del amor! recoge tebeos autobiográficos dibujados por el autor desde 1974 hasta 2011 en cabeceras como Dirty Laundry o Self-Loathing Comics. Sin embargo, en esta serie de tebeos Crumb es solo un 50% de la parte creativa. ¿Como? ¿El egocentrista Crumb cediendo espacio en sus cómics?

 

Pues sí.

 

La otra parte de ¡Háblame de amor! la lleva Aline Kominsky. Kominsky es una autora de cómics autobiográficos que empezó en el mundillo del underground a través de autores como Spain Rodriguez o Kim Deitch. Publicó cómics en obras colectivas como Wimmen’s Comix y Twisted Sisters junto con Diane Noomin y Trina Robbins. Y se la considera una de las autoras pioneras del cómic autobiográfico, cuyo trabajo debería tener un mejor reconocimiento. Lo último -o al menos no lo primero- que deberíamos reseñar de Kominsky en cualquier revisión de su carrera, debería ser su relación con Robert Crumb. Pero en este caso es inevitable sacarlo a colación porque los dos han sido pareja hasta la fecha actual y este cómic -que cubre casi todo ese periodo- está hecho por los dos. A cuatro manos. Pero literalmente.

 

Cuando digo literalmente es que Crumb y Kominsky hicieron un pacto. Cada uno dibujaría alternativamente estas historias biográficas que irían sobre su relación de pareja -con algunos offsides puntuales- y lo que estaban viviendo en cada momento. Se alternarían los episodios. Pero en cada episodio, independientemente de quien lo dibuje, cada uno de los autores se dibujaría a si mismo. Así, por ejemplo, en los tebeos dibujados por Crumb, cuando Kominsky aparece, su personaje está dibujado por ella. Y viceversa, en los cómics dibujados por Kominsky, en los que Crumb-personaje está dibujado por Crumb-autor. El resultado es un juego interesante de cederse el espacio narrativo para contar sus historias, manteniendo un espacio propio independiente, el de la representación del propio cuerpo. Esta regla se rompería en alguna ocasión puntual, pero durante todo el libro que recoge estas historias que comprenden décadas, el juego se mantiene en su mayor parte. Incluso hay incursiones de otros autores, cuando estos aparecen por la vida de la pareja, como Art Spiegelman o Charles Burns, que toman los lápices para dibujarse a si mismos, en una ocasión especial.

 

Por lo demás, en lo que vemos, no hay conflicto a la hora de contar las historias respecto al qué se enseña y al como. Con todo lo diferentes que son sus estilos gráficos, los dos son bastante directos, grotescos y autoflageladores. No tienen mucho problema para expresar opiniones que puedan ofender más o menos al personal, ni de expresar sus traumas internos más personales, ni tampoco mostrar sus aventuras sexuales sin filtro alguno. Y así, somos testigos de la historia de vida de esta pareja, fruto de una atracción que no ha cesado desde que se conocieron. Desde la California de los setenta hasta el retiro en Francia actual, veremos sus primeras anécdotas de pareja, la llegada de su hija Sophie Crumb -que recogería la tradición familiar- y su adaptación -más o menos- a la vida europea. En definitiva, un libro imprescindible para completar la panorámica de dos autores que son igualmente imprescindibles para entender una parte de la historia de los comics.

 

 

 

 

Nuevas historias del viejo Palomar (de Beto Hernández)

 

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

 

Reseñoviembre – Día 8 – Palabra: CESTA

 

Obra: Nuevas historias del viejo Palomar

Autor: Beto Hernández

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Palomar fue una odisea fabulosa. Como lector que descubrió la obra de los Hermanos Hernández hace menos de diez años -a mí me parece un descubrimiento bastante tardío- le estoy eternamente agradecido a Beto Hernández el haber creado un universo de personajes tan increíblemente cercanos como de otro mundo.

 

La saga contaba las vidas de una serie de personajes que vivían en un pueblo ficticio latinoamericano con dicho nombre; frecuentemente las historias giraban en torno a Luba, una mujer que llegó al pueblo de joven y que lo puso provocando reacciones diversas. Cada historieta contaba una historia que podía tener que ver con uno o más personajes; conectadas, veíamos pasar el tiempo, desarrollarse sus relaciones, darse pérdidas o llegadas de nuevos personajes. Tras Palomar, Beto trasladó el personaje de Luba -y algunos otros- a Norteamérica- donde la crónica era entonces la de la comunidad latina en los Estados Unidos.

 

Uno de los encantos de estos cómics, además de los personajes bien definidos que lo poblaban, era su narrativa de realismo mágico. Beto rechazaba que le comparasen con Gabriel García Márquez, aunque era una buena estrategia para vender y mover sus tebeos y hacerlos llegar a gente no lectora de los mismos. Y seguramente lo hacía porque el realismo mágico que practica él y el que practicaba el escritor colombiano eran distintos. No es lo mismo trabajarlo desde el cómic que desde la literatura; en el primero hay que introducir los elementos visuales para que esto se produzca. Y la fuente de “magia” con la que se bañaban el costumbrismo visual de Palomar no venía tanto del folklore literario, sino de la historia de los propios cómics, de referencias muy sutiles que hacía que las historias tuvieran ecos de tebeos clásicos de humor, romance, fantasía, ciencia-ficción o género negro incluso. De este realismo mágico podrían escribirse tesis larguísimas, que tristemente, tendremos que dejar para otro día en un texto más en profundidad.

 

Nuevas historias del viejo Palomar es una suerte de “bis”. Con el grueso de la historia del pueblo y de Luba ya contada, Beto quiso volver para contarnos algunas historias sueltes, pertenecientes a diversos momentos de la cronología de la saga. Si bien es cierto que no tienen la potencia de las historias precedentes y las incursiones “mágicas” son de las más explicitas vistas en la serie de libros. Sin embargo… siempre es agradable volver a Palomar y que se te caiga una lagrimilla cuando ves a Tonantzin recorriendo las calles de ese mítico pueblo, vendiendo babosas fritas transportadas en un cesto sobre la cabeza, como hacía antaño.