Apuntes sobre series de manga (I): Tragones, áreas e inocentes

 

Inicialmente este blog iba a ser un lugar de artículos tirando a sesudos -o al menos intentarlo- que tirara un poco más allá de la reseña que no va más allá de la sinopsis del tebeo y algunas líneas críticas muy generales (para eso ya tengo la cuenta de Instagram “instagrapacomics” VIVA EL SPAM). Pero la verdad es que ese tipo de artículos -plantearlos, recoger las reflexiones, estructurarlas y narrar la reseña- me lleva mucho tiempo y no siempre me salen tan bien como quisiera. No es que vaya a dejar de hacerlos, pero sí que me parece buena idea ir incluyendo algunos artículos más ligeros con más referencias y que me permitan continuar divulgando y criticando las numerosas lecturas que voy haciendo.

 

En los últimos años, si ha habido algo de lo que he aumentado copiosamente su lectura, además, ha sido el manga. Y me he llevado estupendas sorpresas. Como ya apunté en el artículo de introducción a la obra de Inio Asano, no me considero un experto en manga, pero estoy disfrutando muchísimo de la cantidad de obras buenas que estoy descubriendo. Hasta las no tan buenas tienen su puntito. Por ello, me ha parecido buena idea ir haciendo este “diario de lectura” que iré publicando con bastante más frecuencia que los artículos habituales (o eso espero).

 

Vamos a ello.

 

 

MANGA_TRAGONES

Tragones y Mazmorras de Ryôko Kui

(cuatro volúmenes publicados hasta la fecha, cuatro leídos)

 

Cuando empecé la serie pensé “ah, han cruzado fantasía dungeonera con gastronomía, esto es para mí”. Pero pensé en ello también como un manga muy específico, quizás demasiado. O te gustan los dos temas (mejor los dos, claro) o no es un manga hecho para cualquiera. Y sin embargo, la premisa es bastante sencilla: grupo de aventureros que exploran unas mazmorras enormes en busca de tesoros y que andan bajos de recursos deciden que para ahorrar se aprovisionarán sobre la marcha. Es decir, en vez de comprar provisiones antes de entrar a la mazmorra (su pan de lembas, su carne seca y esas cosicas), pues se zamparan a los monstruos que eliminen durante los combates. El resultado son aventuras que concluyen con la elaboración de una receta improvisada que puede usar cualquier bicho digno de aparecer en un Manual de Monstruos: basiliscos, escorpiones gigantes, kelpies. Incluso plantan huertos en las espaldas de los golems para tener sus verduritas frescas. El conjunto de las historias están hiladas con un objetivo de fondo que queda más o menos saldado en el cuarto volumen. Pero Ryôko Kui ha tenido la habilidad de ir introduciendo datos sobre el mundo y añadiendo personajes secundarios para ir dándole amplitud de la historia y así aspirar a objetivos mayores -más “de mundo” que personales de los personajes- y a la continuidad a la serie.

 

Por eso, creo que al final se está convirtiendo en una muy buena serie de fantasía, divertida y original. Sorprende por tirar por la estética de fantasía medieval más rolera de D&D, más occidental -aunque me vienen al recuerdo precedentes como Record of Lodoss Wars, por ejemplo, que la popularizó en Japón- quizás porque se pueda asociar esta más fácilmente al humor que una exótica que suele ser más intensita y dirigida hacia la gran épica. Tragones y Mazmorras empieza desde abajo con sus personajes de nivel uno con sus problemas del día a día de toparse con monstruos y demás. Y creo que ese también ha sido su encanto, al menos hasta la fecha. Eso y las recetas, claro. Ver como el autor se las ha ingeniado para asemejar a los monstruos con alimentos similares para poder preparar platillos y explicar su preparación paso por paso, no tiene precio.

 

 

MANGA_AREAD

Area D de Nanatsuki Kyouichi y Yang Kyung-il

(catorce volúmenes hasta la fecha, catorce leídos)

 

No sé exactamente porque empecé a comprar Area D, la verdad. Seguramente algún amigo de la librería me engoriló con él y acabé empezándola. Es un shonen demasiado “variedad de jardín” si se me disculpa la expresión. Sin embargo, por el camino, creo que se le pueden sacar algunas virtudes; e incluso considerarle algunos defectos a priori como virtudes a posteriori. La historia no es nada del otro jueves. Estamos en un mundo en el que a algunas personas se les empiezan a manifestar poderes como a los mutantes de la Marvel. Pero lejos de establecer un conflicto con bandos y una división de la humanidad según sean pro o anti mutantes, aquí todo es más radical: se les captura y se les envía a una inmensa isla-ciudad-prisión para que no molesten. El protagonista, un tipo que va bastante pasado de nivel -como suele pasar-, llega a la isla buscando a alguien y allí la lía pardísima. La prisión es un sitio donde los mutantes están divididos en tres facciones, hay enfrentamientos con los carceleros y con alguna que otra facción oculta. Y todos quieren o bien medirse el lomo con el prota o bien ser su amiguito especial. En lo gráfico, como imitando a los superhéroes de los noventa, las anatomías son imposibles o caricaturizadas y se dividen en cuatro tipos: hombres mazadísimos con filas imposibles de abdominales, mujeres con cuerpos de infarto, crías con sus vestiditos góticos y monstruos variados. Todo el manga está repleto de un fanservice descaradísimo, pero en su descargo hay que decir que nos lo encontramos desde el minuto cero, nos lo encontramos prácticamente durante todo el manga y nos lo encontramos tanto para hombres como para mujeres. Si los autores nos lo ejecutaran solo cada cierto tiempo para atraer la atención del lector, o dirigido solo a un tipo de público, podríamos considerarlo injusto o tramposo; pero al ser que el manga es todo el rato así, casi podríamos aceptarlo como un rasgo del estilo propio del tebeo en cuestión. O acudir a las reservas de ironía para la lectura, claro.

 

La historia, como decía, no es nada del otro mundo y catorce volúmenes después, habiendo cerrado una temporada y empezado otra con nuevos personajes, se mantiene en su ausencia de ideas originales o de giros de guión no convencionales. Estamos ante una excusa para que diversos personajes se acaben enfrentando como en un videojuego de luchas, con el eterno el BIEN contra el MAL por bandera, lo que me parece estupendísimo si es lo que uno busca. Y además, tiene una virtud que hecho en falta en los tebeos de superhéroes americanos: la narrativa de acción. Si una pelea nos va a ocupar cuarenta páginas, no basta con dibujar continuamente a los personajes soltándose mamporros. Queremos giros en la acción. Queremos momentos en los que el héroe tiene la ventaja y momentos en los que la pierde. Queremos que se muestren usos creativos de las habilidades de los personajes. Y Area D ofrece todo eso en la mejor tradición del shonen de batallas como Naruto, One Piece, Bleach, etc. De hecho, diría que empecé Area D precisamente tras acabarse Naruto y puede que este fuera el motivo, que echaba en falta un buen shonen de batallas. Por estas razones, me parece que estamos ante un manga bastante entretenido, con un estilo más o menos propio y honesto con lo que va a ofrecer al lector desde el principio. Buena mierda.

 

Aunque claro, ahora estamos ya con los Jojo’s también (que no tardarán en aparecer por aquí) que tienen sus buenas dosis de anatomías desquiciadas y batallas con maniobras y habilidades exóticas para hacer las delicias del personal.

 

 

MANGA_INNOCENT

Innocent de Shin’Ichi Sakamoto

(seis volúmenes publicados hasta la fecha, cuatro leídos)

 

¿Sabeis aquello de cuando ves un accidente te tapas los ojos para mirar pero algo se te apodera lo suficiente por alguna extraña razón y te hace entreabrir un ojo para seguir viendo lo que sucede? Pues madre mía, Innocent. Llegué a ella con la serie ya empezado y recomendada por un par de personas. Me tiré a ella sin saber ni siquiera el argumento y la hostiaza no pudo ser más máxima. ¿La hubiera empezado a leer si hubiera sabido el argumento? He ahí mi gran duda. Para todos aquellos que quieran salir de dudas, Innocent es un seinen histórico basado en la novela El verdugo Sansón de Masakatsu Adachi y que narra la vida de Charles Henri Sanson (1739 – 1806) gran verdugo de la ciudad de Paris o “Monsieur de Paris” que era como se conocían a los ejecutores de las penas. El drama es máximo: el protagonista es el primogénito de una familia de verdugos, cuyo nombre y prestigio se debe a su profesión. Él no quiere seguir con la tradición familiar, pero no le cabrá otra.

 

A partir de ahí, seremos espectadores de la vida-calvario de Charles, que debe ejecutar penas a contracorazón y aprender el desagradable oficio de verdugo. Porque decapitar a criminales no es tarea fácil y Sakamoto nos abunda en infinidad de detalles anatómicos sobre como ejecutar y torturar cuerpos humanos.  Sí, el manga abunda en detalles que quizás no necesitamos en nuestras vidas y en escenas bastante gore, sí. Pero, ojo, no es gore  gratuito. No hay ni una sola escena macabra o desagradable que no tenga un sentido, que deba ser contada para transmitirnos la angustia del personaje y lo que está viviendo. Por si fuera poco, Sakamoto lo acompaña de una suerte de lírica visual, un dibujo preciosista y un recurso en la narrativa que abunda en imágenes metafóricas, que hace muy difícil dejar de observar lo que está sucediendo en los momentos más duros. Lo que apuntaba servidor al principio. Con todo esto, Innocent es un manga excelente -hay quien lo pone ya de obra maestra- y se merece muchísimos cumplidos, pero también resulta agotador. Servidor se ha planteado dejarla un par de veces. Depende del estado emocional del lector, puede no ser recomendable. Es una obra muy oscura, si bien hay momentos en los que el optimismo y el idealismo del protagonista, esa alma “inocente” encerrada  en la jaula del contexto histórico y familiar que le ha tocado vivir, pueden resultar refrescantes. Y es encomiable que el autor sea capaz de insuflar algo de luz en todo eso. Pero BUF. Mi consejo es “enter at your own risk”.

Anuncios

Inio Asano (III): La chica a la orilla del mar

Chicaorilla11

 

Cuando en nuestra vida de lector descubrimos a un autor que nos parece interesante –o nos encandila con la primera obra de este que cae en nuestras manos- lo más normal es tirarnos a la lectura de la segunda esperando que muchas de sus coordenadas autorales sean las mismas o al menos muy similares. En mi caso al comentar con otros lectores lo mucho que me había gustado Solanin de Inio Asano, me recomendaron La chica a la orilla del mar fervientemente. Eso sí, la recomendación iba acompañada del aviso de que la obra era muy distinta de la que ya había leído. Lo era y no lo era: habrá que ir por partes.

 

Un punto en común es que los protagonistas de esta historia son jóvenes. Si bien, si en Solanin los protagonistas andaban por una especie de tardoadolescencia, aquí podemos hablar de adolescencia pura y dura. Hace tiempo alguien me dijo que si algo se puede decir con certeza de la adolescencia es que no se puede decir nada con certeza. En la historia se retrata el ir y venir emocional de esas edades y la incertidumbre del no saber lo que se quiere –o cambiar de opinión al respecto según cambie el viento-. Pero también ronda en el retrato una apatía ante un futuro incierto, un dejarse hacer un tanto derrotisa y nihilista. Si bien en Solanin el tema del “futuro incierto” iba en relación al desarrollo de una carrera profesional y vital, aquí las incertidumbres de los personajes residen en el ámbito más íntimo y personal. “¿Me querrá alguien?” “¿Soy normal?” “¿Estaré solo toda la vida?” son los dilemas que atenazan a los protagonistas de esta obra. Y así como en Solanin se expresaban las inquietudes vitales de forma directa, aquí todos estos dilemas quedan prácticamente enterrados dejando patente la incapacidad -o la falta de voluntad- por parte de los personajes para expresar de forma clara emociones y aspiraciones, si es que se tienen. Todo esta tormenta -o vacío- interior (dejo a manos de la lectura de la obra ver qué personaje está retratado como cada cual) está trasladada en las páginas de este manga que cuenta la historia de la relación entre Sato e Isobe y que a poco que el lector desarrolle un poco de empatía con los personajes y con la historia, verá que está condenada a acabar de forma trágica.

 

preview3

 

Pero ¿es posible ejercer la “empatía”, ponernos en la piel del otro, en La chica a la orilla del mar como en Solanin? En Solanin, Asano nos lo daba todo hecho. Nos ponía cara a cara con personajes que nos lo contaban todo y nos escribía sobre las viñetas sus pensamientos regalándonos una fuente de información exhaustiva sobre sus intimidades. Sin embargo, aquí todo eso desaparece. Se acabaron los personajes hablándote a ti como si estuvieras allí: si en Solanin nos metían en el tebeo como uno más de la troupe de personajes, aquí Asano nos condena a ser un fantasma, alguien que está pero no está con ellos. Y también se acabaron los cuadros de diálogo textualizando pensamientos. En La chica a la orilla del mar se hace el silencio. Y sin embargo, algo percibimos. Asano prescinde de algunos canales de comunicación, pero seguimos viendo que todo sigue ahí: que los personajes tienen un mundo emocional interior nos es patente. Si alguna vez has advertido que alguien a quien conoces muy bien -un familiar cercano o un buen amigo-, le sucede algo aunque no lo verbalice -detectas pequeños detalles de comportamiento- entonces entenderás lo que hace Asano en este manga para dejarnos atisbar las interioridades de los personajes. Sabemos que algo les sucede, pero no sabemos el qué y avanzamos como posesos en su lectura para desentrañar el misterio interior de cada uno. Y es harto difícil: lo que hacen los personajes difiere de lo que dicen; y lo que dicen muy probablemente difiere de lo que piensan.

 

Por otra parte, uno de los elementos que más sorprende del tebeo es su tratamiento del sexo. No es ninguno secreto que en el manga más comercial los personajes están tremendamente sexualizados. El grupo de personajes de los shonen habituales consisten en un protagonista masculino tan entusiasmado como anodino rodeado por un harén de personajes femeninos de diferentes características físicas diseñadas para conectar con los fetiches de todos los lectores posibles. Por eso es raro encontrar una historia en el que el sexo cumpla una función realista en la historia. El sexo, cuando aparece está introducido en la historia para los personajes, no para el lector. En La chica a la orilla del mar el sexo es uno de los ejes de la historia, de lo que hay que contar. El sexo es lo único que une a los dos personajes protagonistas, que son incapaces de sincerarse el uno con el otro, de entenderse. Y quizás a través del sexo tampoco mucho, dado que los personajes reproducen constantemente los fetiches más variados de la pornografía de forma preeminentemente física, sin ningún tipo de conexión emocional. Sería muy fácil decir que este manga es como un Nueve semanas y media a la japonesa, pero la verdad es que hay mucho más. Difícilmente su lectura resulta erotizante -no la consideraría cómic erótico, aunque algunas de sus imágenes puedan serlo-, sabiendo que, fuera del sexo, Sato e Isobe están profundamente heridos. Están desconectados del resto del mundo. Solo se tienen el uno al otro y no les vendría mal contarse las cosas que no se cuentan pero que realmente les importan. Pero no lo hacen. Solo follan. Se usan mutuamente como desahogo.

 

Chicaorilla33

 

El caso es que cuando nos proponemos afirmar que estamos ante un slice of life de la relación sexual de dos adolescentes, hacemos aguas cuando Asano inserta en el manga algunos componentes de thriller o incluso de terror. El tema de la ausencia del ser querido flota en esta obra como en otras de este mismo autor. Hay personajes que no están, pero de los que se habla: han tenido un peso profundo en otros, podrían aparecer más adelante o no, pero Asano magistralmente convierte su ausencia en una presencia. En Solanin, los puntos de humor aligeraban la dureza de algunos momentos de la obra. En La chica a la orilla del mar no se nos concede este alivio. Los golpes de efecto puntuales buscarán subir la tensión a través de dosis de realismo mágico un tanto tenebroso. Y así nos tendrá en vilo con el destino de los protagonistas hasta el final.

 

Concluyendo, supongo que habrá quien caiga en la tentación fácil de afirmar que el final de La chica a la orilla del mar –y atención porque es inevitable dejar caer algunos elementos de SPOILER a continuación- es un final fácil, ingenuo y feliz. Todo parece arreglarse porque sí, por fortuna, por casualidad. Cada personaje parece caer donde debe o donde puede. Y parece que no les va tan mal. Y sin embargo, si lo pensamos dos veces, el final es terrorífico. Solanin era un retrato de la solidaridad y de la comprensión entre pares. La chica a la orilla del mar es todo lo contrario: es un retrato del egoísmo de sus personajes, de proyectar en otros necesidades que van y vienen sin llegar a colmar el pozo infinito de sus anhelos, utilizandolos como objeto. Al final, no hay reflexión de lo sucedido, no se alcanza ningún tipo de madurez emocional, no hay ningún tipo de superación personal. La vida sigue y es más grande que nosotros mismos. Si acaso a Isobe en la última escena, se le intuye una cierta conciencia de lo sucedido, pero no queda claro si realmente se ha aprendido o si se puede aprender algo de lo sucedido. Y por ello, La chica a la orilla del mar se queda en prácticamente unas antípodas perfectas de lo que se nos contaba en Solanin, sin bajar un ápice la calidad de la historia narrada.