Inio Asano (III): La chica a la orilla del mar

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Cuando en nuestra vida de lector descubrimos a un autor que nos parece interesante –o nos encandila con la primera obra de este que cae en nuestras manos- lo más normal es tirarnos a la lectura de la segunda esperando que muchas de sus coordenadas autorales sean las mismas o al menos muy similares. En mi caso al comentar con otros lectores lo mucho que me había gustado Solanin de Inio Asano, me recomendaron La chica a la orilla del mar fervientemente. Eso sí, la recomendación iba acompañada del aviso de que la obra era muy distinta de la que ya había leído. Lo era y no lo era: habrá que ir por partes.

 

Un punto en común es que los protagonistas de esta historia son jóvenes. Si bien, si en Solanin los protagonistas andaban por una especie de tardoadolescencia, aquí podemos hablar de adolescencia pura y dura. Hace tiempo alguien me dijo que si algo se puede decir con certeza de la adolescencia es que no se puede decir nada con certeza. En la historia se retrata el ir y venir emocional de esas edades y la incertidumbre del no saber lo que se quiere –o cambiar de opinión al respecto según cambie el viento-. Pero también ronda en el retrato una apatía ante un futuro incierto, un dejarse hacer un tanto derrotisa y nihilista. Si bien en Solanin el tema del “futuro incierto” iba en relación al desarrollo de una carrera profesional y vital, aquí las incertidumbres de los personajes residen en el ámbito más íntimo y personal. “¿Me querrá alguien?” “¿Soy normal?” “¿Estaré solo toda la vida?” son los dilemas que atenazan a los protagonistas de esta obra. Y así como en Solanin se expresaban las inquietudes vitales de forma directa, aquí todos estos dilemas quedan prácticamente enterrados dejando patente la incapacidad -o la falta de voluntad- por parte de los personajes para expresar de forma clara emociones y aspiraciones, si es que se tienen. Todo esta tormenta -o vacío- interior (dejo a manos de la lectura de la obra ver qué personaje está retratado como cada cual) está trasladada en las páginas de este manga que cuenta la historia de la relación entre Sato e Isobe y que a poco que el lector desarrolle un poco de empatía con los personajes y con la historia, verá que está condenada a acabar de forma trágica.

 

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Pero ¿es posible ejercer la “empatía”, ponernos en la piel del otro, en La chica a la orilla del mar como en Solanin? En Solanin, Asano nos lo daba todo hecho. Nos ponía cara a cara con personajes que nos lo contaban todo y nos escribía sobre las viñetas sus pensamientos regalándonos una fuente de información exhaustiva sobre sus intimidades. Sin embargo, aquí todo eso desaparece. Se acabaron los personajes hablándote a ti como si estuvieras allí: si en Solanin nos metían en el tebeo como uno más de la troupe de personajes, aquí Asano nos condena a ser un fantasma, alguien que está pero no está con ellos. Y también se acabaron los cuadros de diálogo textualizando pensamientos. En La chica a la orilla del mar se hace el silencio. Y sin embargo, algo percibimos. Asano prescinde de algunos canales de comunicación, pero seguimos viendo que todo sigue ahí: que los personajes tienen un mundo emocional interior nos es patente. Si alguna vez has advertido que alguien a quien conoces muy bien -un familiar cercano o un buen amigo-, le sucede algo aunque no lo verbalice -detectas pequeños detalles de comportamiento- entonces entenderás lo que hace Asano en este manga para dejarnos atisbar las interioridades de los personajes. Sabemos que algo les sucede, pero no sabemos el qué y avanzamos como posesos en su lectura para desentrañar el misterio interior de cada uno. Y es harto difícil: lo que hacen los personajes difiere de lo que dicen; y lo que dicen muy probablemente difiere de lo que piensan.

 

Por otra parte, uno de los elementos que más sorprende del tebeo es su tratamiento del sexo. No es ninguno secreto que en el manga más comercial los personajes están tremendamente sexualizados. El grupo de personajes de los shonen habituales consisten en un protagonista masculino tan entusiasmado como anodino rodeado por un harén de personajes femeninos de diferentes características físicas diseñadas para conectar con los fetiches de todos los lectores posibles. Por eso es raro encontrar una historia en el que el sexo cumpla una función realista en la historia. El sexo, cuando aparece está introducido en la historia para los personajes, no para el lector. En La chica a la orilla del mar el sexo es uno de los ejes de la historia, de lo que hay que contar. El sexo es lo único que une a los dos personajes protagonistas, que son incapaces de sincerarse el uno con el otro, de entenderse. Y quizás a través del sexo tampoco mucho, dado que los personajes reproducen constantemente los fetiches más variados de la pornografía de forma preeminentemente física, sin ningún tipo de conexión emocional. Sería muy fácil decir que este manga es como un Nueve semanas y media a la japonesa, pero la verdad es que hay mucho más. Difícilmente su lectura resulta erotizante -no la consideraría cómic erótico, aunque algunas de sus imágenes puedan serlo-, sabiendo que, fuera del sexo, Sato e Isobe están profundamente heridos. Están desconectados del resto del mundo. Solo se tienen el uno al otro y no les vendría mal contarse las cosas que no se cuentan pero que realmente les importan. Pero no lo hacen. Solo follan. Se usan mutuamente como desahogo.

 

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El caso es que cuando nos proponemos afirmar que estamos ante un slice of life de la relación sexual de dos adolescentes, hacemos aguas cuando Asano inserta en el manga algunos componentes de thriller o incluso de terror. El tema de la ausencia del ser querido flota en esta obra como en otras de este mismo autor. Hay personajes que no están, pero de los que se habla: han tenido un peso profundo en otros, podrían aparecer más adelante o no, pero Asano magistralmente convierte su ausencia en una presencia. En Solanin, los puntos de humor aligeraban la dureza de algunos momentos de la obra. En La chica a la orilla del mar no se nos concede este alivio. Los golpes de efecto puntuales buscarán subir la tensión a través de dosis de realismo mágico un tanto tenebroso. Y así nos tendrá en vilo con el destino de los protagonistas hasta el final.

 

Concluyendo, supongo que habrá quien caiga en la tentación fácil de afirmar que el final de La chica a la orilla del mar –y atención porque es inevitable dejar caer algunos elementos de SPOILER a continuación- es un final fácil, ingenuo y feliz. Todo parece arreglarse porque sí, por fortuna, por casualidad. Cada personaje parece caer donde debe o donde puede. Y parece que no les va tan mal. Y sin embargo, si lo pensamos dos veces, el final es terrorífico. Solanin era un retrato de la solidaridad y de la comprensión entre pares. La chica a la orilla del mar es todo lo contrario: es un retrato del egoísmo de sus personajes, de proyectar en otros necesidades que van y vienen sin llegar a colmar el pozo infinito de sus anhelos, utilizandolos como objeto. Al final, no hay reflexión de lo sucedido, no se alcanza ningún tipo de madurez emocional, no hay ningún tipo de superación personal. La vida sigue y es más grande que nosotros mismos. Si acaso a Isobe en la última escena, se le intuye una cierta conciencia de lo sucedido, pero no queda claro si realmente se ha aprendido o si se puede aprender algo de lo sucedido. Y por ello, La chica a la orilla del mar se queda en prácticamente unas antípodas perfectas de lo que se nos contaba en Solanin, sin bajar un ápice la calidad de la historia narrada.

 

 

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Rituales (Álvaro Ortiz)

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Hace casi tres años Astiberri publicó Panorama, la novela gráfica española hoy, una antología de historietistas contemporáneos bastante interesante coordinada por Santiago García. Cuando leí Derretido de Álvaro Ortiz -uno de los cómics incluidos en la misma- me quedó la sensación de que algo se me escapaba en su lectura, pese a ser una historia interesante, muy intrigante. Posteriormente hice una asociación de ideas: lo relacioné con un género de historieta concreto y aún más con una editorial. Me dio la impresión de que Ortiz había dibujado una vuelta de tuerca de los cómics de terror de la EC, un anticómic de los de aquel estilo. Contemplar Derretido desde esa óptica me hizo valorarla como una de las mejores de la antología.

 

Para quien no conozca lo que son “los cómics de la EC”, me estoy refiriendo a los tebeos que publicaba la editorial americana Entertaining Comics entre mediados de los 40 y mediados de los 50 y que abarcaban todo tipo de historias de terror -pero también tebeos de humor, historias criminales e historias bélicas-, ambientadas en escenarios muy distintos. Su cabecera más conocida era el popular Tales from the crypt. Aquel tipo de historieta -como Derretido– se desarrollaba en muy pocas páginas. A base de leer cómics y cómics de esa casa, uno era capaz de pillar los patrones narrativos que imperaban habitualmente en las historias.

 

Un ejemplo: un par de personas -posiblemente de dudosa reputación o directamente con antecedentes criminales- se encuentran ante una oportunidad de hacer una fortuna, conseguir poder o un artefacto mágico. Algo en el camino supone para conseguirlo: un fantasma, una maldición, un guardián, unas reglas a seguir, un peligro indecible. Sin embargo, el obstáculo definitivo y real es la moralidad de los propios protagonistas. Frecuentemente, el más malo de los personajes muere, básicamente por ser malo pero también por no entender el mecanismo o las normas de a lo que se enfrenta. Siempre queda el auténtico protagonista, que es el que llegará al final. Si éste cede a la baja moral y además se cree más listo que la situación a la que se enfrenta -y no lo es- este acostumbra a pringar al final de la historia. Frecuentemente también, al final de la historia una voz narrativa se dirige al lector diciéndole que es que esto le ha pasado por ser malo/avaricioso/lujurioso/mentiroso/gañán y que jugar con fuerzas que no se comprenden, mal asunto. Los cómics de EC atrajeron la atención del público por toda su truculencia, por el atractivo hacia lo oscuro y por esos giros finales que dejaban al corazón inocente con el culo torcido. Tenían una intención muy clara de acojonar al lector -eran cómics de terror, claro- pero sobre todo eran cómics que buscaban dejar caer alguna moraleja final y en eso no dejaban de ser continuadores de las fábulas y cuentos para niños, una evolución moderna de los mismos. “Las apariencias engañan”, “no vayas con extraños”, “no engañes al prójimo”, “no te aproveches del débil”, “no toques lo que no es tuyo, más si tiene cuatro mil años de antigüedad, tiene inscripciones extrañas y está guardado en sótanos oscuros”.

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Derretido tenía mucho de los elementos de esos tebeos. Empezando con un señor desconocido que se derrite en público, ya me vino a la mente Aire frío, un relato breve de H.P. Lovecraft adaptado a cómic por Bernie Wrightson y publicado en la revista Eerie -revista de tebeos de terror continuadora de la tradición de la EC- en el 1975. Luego había un protagonista que le manga la cartera y otras posesiones a este señor desconocido ya fallecido-ya tenemos algo de amoralidad por ahí- y con ella accede a una extraña estatuilla que representa a un individuo de corte tribal con un falo gigantesco y que no sabe bien-bien de donde proviene ni para qué sirve. Y a partir de ahí el esquema clásico de tebeo de terror se subvierte. La estatuilla sigue estando presente en toda la historia e intuimos que algo va a pasar o está pasando, pero no sabemos el qué. El protagonista, a poco que le conocemos, vemos que tampoco es un avatar de la maldad, ni un ejemplo a evitar. Es un tipo como cualquier otro, con sus historias y sus rollos: lo que ha hecho no es para que lo cuelguen del palo mayor. E incluso el tipo se plantea enmendar el acto del robo. A medida que prosigue la historia vemos que no hay un crescendo del drama, no hay una revelación de la verdad definitiva y auténtica o de un secreto terrible y, por supuesto, no hay moralina final. Nadie nos come la cabeza con lo que está bien o lo que está mal. Solo queda el silencio, para que cada uno valore o imagine lo que quiera. Además de todo eso, si alguien recuerda el estilo gráfico de los cómics de la EC, verá fácilmente que hay un mundo de diferencia entre sus convenciones gráficas y el estilo de Álvaro Ortiz. Pero eso no impide que Ortiz cuente una historia de ese género -trucando truculencia por misterio- y que lo haga con su inconfundible estilo, con su voz, dando como resultado una historieta en las antípodas de su posible referente original, sin perderlo del todo de vista. Y aquello permitía afirmar que Derretido era más una historia “de autor” que una historia “de género”.

 

El salto de Derretido a Rituales, la obra que nos ocupa y que incluye a la primera, tarda unos dos años aproximadamente. La historia original pierde su título -además de ser redibujada por completo- y entra a formar parte del coro de relatos que conforman esta novela gráfica. La premisa que yo le encuentro a Rituales es muy parecida a lo que creo que se buscaba en Derretido. Si antes teníamos el eco de una historia de terror ahora lo que tenemos es un eco de una gran novela de intriga, conspiraciones, tramas con sectas que quieren despertar a antiguos dioses y por supuesto, terror. Pero Ortiz obvia todo eso o casi todo eso en el cómic. Por decirlo de alguna forma, rodea el grueso de lo que podría ser una novela de ese género, contando historias paralelas o secundarias, historias con un punto muy costumbrista y que aquí se convierten el relato principal. Así, nos cuenta la historia de varios personajes en varias geografías y épocas. Muchas tienen que ver con algunos de los temas-fetiche de Ortiz: viajes al extranjero, biografías breves, historias de estudiantes que quedan para tomar café… De alguna forma y en mayor o menor grado, todas esas historias tienen relación con la gran historia, con “lo gordo” que está sucediendo fuera de cámara y que nunca se nos enseña por completo. Porque realmente no es necesario: cuando uno llega al final de Rituales sin enseñarnos “lo gordo”, nosotros sabemos exactamente lo que ha sucedido y podemos imaginarnos como puede haber sucedido. Somos conscientes de que han habido unos relatos explícitos de los que hemos sido testigos y un gran relato implícito que no hemos visto, pero que sabemos que estaba ahí. La gracia, en este caso, es no ver a los heroicos investigadores -o verlos y que estos no estén a la altura de lo que se viene- no ver a los villanos sectarios, no ver los preparativos para la llegada de una gran invocación. Y a pesar de todo sabemos que andan por ahí aunque no estén dibujados, ni su historia sea la protagonista. Y al final sucede lo que tiene que suceder. Hay un muy sutil marcador “contrarreloj” escondido en las páginas de Rituales, que marca que algo se acerca paulatinamente. Aunque, claro, este es un guiño solo para el lector; los personajes no cazan una al vuelo.

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Álvaro Ortiz, con Rituales, mantiene uno de sus mejores rasgos como autor y, para mí, una de las razones para leerle en cada nuevo tebeo que saca. Y esa es la capacidad de narrar historias con temas realmente “jodidos” -asesinatos, funerales, muertos, algún arranque gore, la llegada del apocalipsis- sin recurrir al drama exagerado ni a la necesidad de epatar al lector. Tiene una capacidad admirable para no caer en trucos sensacionalistas, un cierto espíritu “zen” para la narración pausada y tranquila, prácticamente contemplativa. Nos cuenta ficciones trágicas acariciando lo truculento y continua con un “bueno ¿y qué? La vida sigue, a ver qué es lo siguiente que viene”. En ese punto estoico me recuerda mucho a Beto Hernández en sus historias de Palomar y a cierto maestro japonés del manga tristemente fallecido recientemente, Shigeru Mizuki.

 

No quiero terminar este artículo sin decir también que Rituales me ha parecido la obra más divertida de Ortiz. Pese a que la defino como un “anticómic de terror”, no creo que eso la lleve a ser una parodia de ese género. Pero sin embargo sí que tiene algunos elementos que son más que suficientes para arrancarle una risa al lector. Por un lado, está el hecho de la estatuilla protagonista con su enorme falo y que rompe con cualquier imagen de terrorífico primigenio Lovecraftiano que podamos tener en la cabeza. También hay algunos guiños sueltos, a la mitología de ese mismo autor, que el lector podrá encontrar en algunas viñetas. Y Ortiz tampoco pierde la oportunidad de hacerse autoparodia incluyendo a un personaje que es un sosías de si mismo, que recibe críticas de críticos de cómic variados. Eso sí, a mí lo que más gracia me ha hecho -aunque seguramente no era del todo buscado- ha sido la forma de pisarle a Milo Manara la biografía en cómic de Caravaggio, puliéndosela él en un capítulo de Rituales. Y sin enseñar un solo culo.