Poncho fue (Sole Otero)

 

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Ediciones La Cúpula, 2017

 

La novela gráfica que nos ocupa hoy empieza con la explicación de las reglas de un juego “social” que es el que da nombre a la obra. El asunto va de la siguiente forma: dos personas acuerdan que cuando una de las dos vea un seiscientos -un poncho- esta, al grito de “poncho”, está en su derecho de propinarle un golpe al otro y anotarse un tanto. En el “poncho fue” los dos rivales se van anotando tantos y propinando golpes hasta que uno de los dos decida retirarse del juego declarando “fue” o “no juego más”. Es importante hablar de este juego no solo porque la pareja protagonista del libro lo practiquen en sus páginas sino porque a nivel subyacente sirve como una suerte de metáfora conceptual representativa de ciertas dinámicas que pueden darse durante una relación sentimental. Y es el caso de lo que sucede entre las dos personas cuya crónica cuenta el libro.

 

La argentina Sole Otero nos cuenta la historia de Lu, que conoce a Santi y ambos empiezan una relación. Su relato empieza “in media res”, con la pareja ya con una relación más o menos establecida -y bastante tormentosa-, si bien va tirando hacia atrás con sucesivos flashbacks para enseñarnos escenas significativas del pasado. La técnica del flashback, en cómic, puede usarse con muchos motivos: desde dotar de cierto ritmo a la obra, a dosificar la información para crear intriga. Yo creo que el objetivo aquí es invitar al lector a que ejerza una cierta reflexividad. Si nos contara la historia de forma lineal, asistiríamos a la crónica de la relación como una montaña rusa, con sus subidas y bajadas. Sería algo que experimentar pero perdiéndonos en la emoción del momento. Sin embargo, al empezar sobre la marcha y posteriormente irnos transportando al pasado, no solo nos pone en la piel de su protagonista, sino que nos pone en el mismo acto de parar, mirar atrás y reflexionar .”¿Como he llegado hasta aquí?”.

 

Las páginas de la novela gráfica vuelan y pronto nos damos cuenta de que a lo que estamos asistiendo es a una suerte de arqueología del proceso de desarrollo de una relación tóxica. Otero divide los roles de forma muy clara y evidente: Santi es el intoxicador, Lu es la intoxicada. Pudiera ser que alguien, a esta distribución le atribuyera una falta de realismo o un exceso de simplificación: “en una relación tóxica ambos pueden serlo”; “las relaciones son cosas muy complejas, difíciles de determinar sobre quien recae la responsabilidad”; “not all men”; “bla-bla-bla”… En definitiva, alguien pudiera quejarse que al hacerlo así la historia de una relación se quede en fábula,  simplificando la realidad de una relación de pareja. A mí no me parece mal que Otero lo cuente como lo hace. Precisamente porque al hacerlo de esta forma la autora puede exponer claramente todas las dinámicas perversas de dominación, manipulación y abuso de una parte hacia la otra y sacarlas a la luz sin confundir a nadie. Cualquier lectora o lector que haya vivido una relación de este tipo -tanto intoxicadores como intoxicados- podrán reconocerlo de inmediato.  Y para los que estén viviendo algo así pero no sean capaces de advertirlo, la lectura los puede poner en alerta y verse a su propia relación con cierta distancia -una de las mejores lecciones que tiene el libro en cierto momento-. Así que, en mi opinión, la obra no solo tiene un enorme valor desde el punto de vista solidario y empático, sino que también lo tiene desde el punto de vista preventivo.

 

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Y a eso viene el caso de que el “poncho fue” sea la metáfora que sintetice lo que es una relación tóxica. Estamos ante el paradigma de la relación de pareja como una competición donde forzosamente, como en todo juego, debe haber alguien que gane y alguien que pierda; debe haber alguien al que derrotar constantemente en cada comportamiento, opinión y decisión. Cada vez que uno convence al otro de que tiene “La Razón” se anota un tanto. Y así, la relación sigue con uno de los dos agrandando su ego en favor de minar la autoestima del otro. Un detalle significativo del “poncho fue” es que se juega las veinticuatro horas del día, siempre está en marcha, siempre que se está con el otro jugador. Igual que en la relación, la duración es indefinida. Pero solo lo es hasta que uno de los dos dice “basta”. Y esta será otra de las lecciones importantes del libro.

 

A este punto hay que decir que estamos ante una obra dura de leer.  Si el lector o lectora ha vivido una relación de estas características, la familiaridad de prácticamente todas las situaciones ilustradas le golpeará como un mazazo. Aunque tampoco es necesario haber pasado por esa experiencia: un mínimo de empatía hacia Lu nos hace pedir, en varios puntos de la lectura, que su calvario termine. Es posible que el estilo de dibujo que usa Otero despiste inicialmente a algún lector de la temática o la historia que se cuenta en el libro: puede recordar a otros géneros o relatos más naifs. Pero si entendemos los estilos de dibujo como una caligrafía, la “voz visual” de la autora -o la voz escogida para este caso- entonces cualquier estilo de dibujo debería permitirnos poder contar cualquier historia. La narrativa es lo que importa y en eso Poncho fue es impecable. Por eso atrapa al lector en las vivencias de Lu y no lo suelta hasta el final: le hace vivir lo que lee y le hace pensar sobre lo que lee. También provoca vergüenza si alguna vez ha tratado de manipular, abusar o culpabilizar a su pareja;  le revela que no es necesaria la violencia física para abusar de alguien. Y para expresar todo eso no es necesario un realismo naturalista en el dibujo. El realismo está en lo que se nos cuenta, en como Otero ha tomado una infinidad de “anécdotas” de pareja y las representa en la historia dentro de ese ciclo eterno del abuso-conflicto-perdón y vuelta a empezar. En ese aspecto, en la narrativa que nos atrapa, Poncho fue cumple y nos pondrá un nudo en el estómago en numerosas ocasiones.

 

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Uno de los aspectos fuertes de la obra está precisamente en las cuestiones de expresividad.  Abunda el uso de la metáfora visual para ilustrar muy efectivamente los sentimientos internos de la protagonista o para representar lo que está sucediendo en la relación. La palabra “culpa”  se clava de forma literal en el cuerpo de Lu, cuando así se siente. Cuando la pareja está perdida en una discusión infructuosa los bocadillos no son capaces de abarcar todo el discurso de cada uno; lo que dicen ya no importa pero sí que importa ilustrar que el discurso ya es solo cháchara y el agobio que provoca. En todos estos recursos -algunos muy comunes en el lenguaje del cómic pero otros de elaboración o adaptación propia- podríamos ver enseguida la referencia al maestro Quino (también de Argentina), que desarrolló muchos de estos en sus viñetas de humor gráfico. Pero el ingenio de Otero reside no en su uso puntual, sino en su uso continuado, como un lenguaje emocional gráfico que se usa constantemente en toda la novela. En ese mismo caso, también recuerdo el Hoy es el último día del resto de tu vida de Ulli Lust, que tira de metáforas visuales para ilustrar estados emocionales en una obra extensa, si bien en Poncho fue el uso mucho más frecuente y añade el uso del color como elemento narrativo. Con el color, Otero expresa sentimientos, sensaciones y estados de conciencia, tanto como lo pueda hacer con el trazo; de esta forma, la obra en conjunto es todavía más única.

 

Para concluir, me gustaría apuntar que mientras leía Poncho fue me parecía una obra excelente para regalar o recomendar a gente que haya vivido una situación como la que la novela describe, como apuntaba más arriba, por ese potencial que creo que tiene de solidaridad para con las víctimas de estas relaciones. Que quizás puede ayudar a abrir los ojos o dar cierre a quien tenga “flecos” por cerrar de relaciones pasadas. Y principalmente lo creo porque a mí me ha servido para el caso: para entender los dos roles y para entender -con cierto horror- que en algún momento he estado en alguno de los dos. No quisiera tampoco dar a entender que el libro deba convertirse en ninguna “biblia” de las relaciones tóxicas; ahora sí, cada persona es un mundo. Y la verdad es que el relato simplemente como relato ya es excelente. Pero sí que me parece que ese plus que tiene de solidarizarse con el abusado y de visibilizar comportamientos tóxicos para aprender a evitarlos -los ejerzamos nosotros o nos los ejerzan- puede ser muy bueno para muchas lectoras y lectores. Eso coloca a Poncho fue en un lugar muy especial y creo que la convierte en una obra de referencia.

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Loquísimo cartel obra de Álvaro Ortiz

 

 

Retomo -por fin- el blog tras meses de ausencia para hacer un breve resumen de mi estupenda experiencia en la edición del Graf de este año y que se ha dado en Barcelona este fin de semana pasado. Antes, no obstante, se me ocurre de dar unas cuantas excusas para la calma chicha que ha habido en este espacio desde la última reseña publicada; y aprovecho y hago un poco de spam (muy bien, Iván, haciendo amigos ahí).

 

Cosas en las que andaba metido

 

Una de las cosas que estuve haciendo fue la reseña del Necrópolis de Marcos Prior en CuCo Cuadernos de Cómic. Tenía la espina clavada por no haberla recomendado en la lista de 2015 que hice para Jot Down. Necrópolis es una obra redonda, con muchos matices, un constructo reflejo de la realidad social en la que vivimos explicada de una forma que obliga a pensar sobre lo que nos están enseñando y con un gran riesgo de que pasemos por ella, dando muchas cosas por hecho (como con la realidad social del día a día). A la hora de ponerme con ella, me salieron tantísimos enfoques posibles que al final la “reseña” se me quedó en una especie de acumulación de ideas y apuntes para posibles ensayos, quizás. Los editores me dejaron pasarme un poco del límite -3000 palabras- e intenté ordenar todas esas ideas y esos aspectos de la obra en los que fijarse de una forma más o menos narrada y fluida. Personalmente estoy contento, creo que es uno de los artículos con los que más he disfrutado, tanto pensando sobre la obra, como luego escribiendo sobre ella. Además, pude recuperar un poco la perspectiva sociológica, que la tenía olvidadísima. Y luego, debo añadir que es un honor enorme poder participar en CuCo.

 

La otra cosa importante en la que me metí de cabeza a partir de Octubre fue el anuario de cómics hecho a pachas entre la ACDCómic y Jot Down, Cómics Esenciales 2016, para el que me he estado encargando de la coordinación editorial, además de un par de reseñas. Os podéis imaginar lo que es para mí haber estado revisando los artículos y reseñas de redactores y críticos con los que he aprendido a escribir sobre cómics por haberles leído desde hace ya bastante tiempo. Aparte tuve la oportunidad de conocer y trabajar con muchos más a los que no seguía hasta entonces. El resultado es un libro que muy pronto será una realidad física, contiene una entrevista con Ana Galvañ y Paco Roca, cien reseñas de cien obras seleccionadas de entre lo más destacado del año pasado y cinco artículos de temas de relevancia en la actualidad reciente del mundo del cómic. Además, lleva una portadaza que es una genialidad de los dos entrevistados. Y en fin, que esperemos que vaya muy bien, porque el objetivo principal del libro es continuar difundiendo sobre cómic, ampliando el público lector en España.

 

Finalmente, he publicado en Jot Down también mi selección de lo mejor del año pasado, que, como siempre, se deja muchas cosas, pero que hago con mucho cariño, tratando de meter un poco de todo y con ganas de que la gente descubra obras de estilos y procedencias muy variadas.

 

Ahora ya, vamos al tajo: EL GRAF

 

Tres días, tres

 

A diferencia de otras ediciones en las que por falta de tiempo apenas podía pasarme por allí dos o tres horas o ir a una o dos charlas y hacer las compras, esta vez hemos conseguido el hito de asistir los tres días: el viernes para llegar y hacer las compras en la última hora -y así ya dejarlas hechas- y sábado y domingo -desde hora de apertura a cierre- para asistir a talleres, charlas, arrejuntamientos con conocidos y arrejuntamientos con gente que tenía por conocer. Y creo que esto ha sido lo mejor porque más allá de los eventos concretos, el Graf es todo él un gran evento para pasar el día entero, cada vez más.

 

Talleres para todos, de todo

 

La variedad de talleres que se daban en el Graf de esta edición barcelonesa ha sido para tirarse horas delante del programa decidiendo, cuadrando y estableciendo prioridades. Los tres talleres por los que me decidí fueron la minimaster class de Javier Rodríguez y Natacha Bustos, el taller de composición de Max y Mireia Pérez y el taller de cómic interactivo de las Mars Oddity. Pero es que habían talleres de cómic experimental, de cómic biográfico, talleres para niños y talleres con autores como Antonio Hitos o Álvaro Ortiz. Genial.

 

El taller de Javi y Natacha estaba abierto solo para dibujantes de cómic con preselección de los asistentes. En mi caso, siendo redactor/crítico y no dibujante, agradezco que hicieran la excepción y poder escuchar para aprender. Como dije allí, cuando me presenté, puedo leerme los libros de Antoni Guiral, los tebeos de Scott McCloud y demás obras teóricas, pero me he dado cuenta que cuando hablo con dibujantes aprendo mucho más. O al menos, aprendo de otra forma, más intuitiva, más práctica, más directa. Van al grano. Y esto es lo que me encontré precisamente en esta clase. Según los asistentes se iban presentando e iban comentando sus experiencias para conseguir publicar sus obras o fichar para editoriales -especialmente Marvel- los dos autores iban dando lo mejor de sus propias experiencias para aconsejarles. De entre las cosas que dijeron:

– La importancia de la constancia: identificar donde tenemos carencias (según nuestros objetivos), trabajar ahí y dedicarle tiempo para evolucionar.

– Recordar que lo comercial parte de lo autoral. Pensar en lo que uno quiere hacer más que en lo que quiera ver el público. Al mismo tiempo, también se comentó la importancia de saber encontrar el hueco en lo que se está publicando en cada momento.

– Todos sabemos dibujar. Lo que aprendemos es a contar las historias, la narrativa. Recordar que usamos imágenes para contar cosas. El dibujo no debe ser un problema.

– La importancia de acabar los trabajos (no dejar nada a medias). Esto mismo, precisamente, se lo escuche decir a Xiomara Correa en una charla, el día siguiente, si no recuerdo mal.

– Autoeditarse como forma de empezar a exponerse al público.

– Visualizar el trabajo completo, entender el proceso.

– Arriesgar.

– Hacer lo que a cada uno le parezca. Disfrutar lo que se hace.

– Aprender a establecer prioridades. Pensar en qué invertimos nuestro tiempo y nuestro dinero. Si solo puedes dedicarle media hora a dibujar al día, dedícala.

 

Por su parte, el taller de composición de Max y Mireia fue mucho más práctico. Se dedicó una charla de 15-20 minutos a explicar los aspectos esenciales del trabajo de la composición y luego pasamos a elaborar cómics en los que tratamos de poner en práctica el entendimiento de esos aspectos, con los autores dándonos consejos y ayudándonos a resolver los problemas. Se pusieron dos restricciones posibles a elegir: o bien trabajar con una composición prefijada o bien introducir “un susto”. Para tema del cómic traté de buscar algo original y se me ocurrió hacer un cómic inspirado en las propias lecciones del taller, siguiendo algunas de las líneas del guión que nos pasaron. Le tomé prestado el estilo a Max, por así decirlo -me muero de vergüenza- y saqué lo que veis a continuación, usando “el susto” como restricción.

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Bueno, espero que los profesores no se aberraran mucho con mi creación. La verdad es que me lo pasé muy bien. A Max le hizo gracia la evolución de la línea central y me indicó que el efecto del susto quedaría mejor si las viñetas hubieran quedado separadas por calles y la viñeta del susto, sin marcos. Toda la razón, efectivamente.

 

Finalmente, el tercer taller al que asistí también fue muy interesante. El colectivo de autoras Mars Oddity, nos hablaron sobre cómics interactivos, entendiendo este como un cómic sobre el que el lector puede intervenir para afectar la experiencia lectora, ya sea siguiendo caminos de lectura, abriendo contenidos ocultos, etc. Se habló de las posibilidades de esto tanto en cómic analógico como en cómic digital. Para la práctica, trabajamos con papel y tijeras para montar cómics al estilo de Jason Shiga. Las autoras contactaron con el autor y este estaba entusiasmado con que usáramos su idea en el taller. Aquí podéis ver lo que hicimos. Y además, las Mars nos enseñaron un par de aplicaciones de cómic con las que trabajar con contenido “oculto” y usar esas aplicaciones para leerlo. Estad atentos a estas autoras porque están trabajando en un proyecto muy interesante en el que cada vez más están implicando a más gente y tiene una pinta genial.

 

Charlas y fiejta, mucha fiejta

 

Habiendo distribuido un poco mis prioridades en los talleres, la verdad es que el tiempo para ir a charlas se me redujo casi casi a ir a lo que no me ocupara un taller. Con todo y con eso, pude ir a la charla de la influencia del manga en el cómic de aquí (con Natacha Bustos, María Llovet, Luis Bustos y Victor Puchalski con Pepo Pérez moderando), al final de la charla de dibujar rompiendo cánones (con Arnau Sanz, Klari Moreno, Xiomara Correa y Camille Vannier con Gerardo Vilches moderando) y a la charla de tebeos x (con Elisa Victoria, Emilio Bernárdez, Rocío Vidal y Manolo Carot, con Elisa Victoria moderando por circunstancias imprevistas). Esta última me cuidé especialmente que no se me cruzara con nada porque tenía unas ganas enormes de escuchar a Elisa Victoria -me encantó su libro Porn & Pains (Ed. Esto no es Berlín)- y que improvisó fabulosamente el guión y la moderación de la charla, teniendo en cuenta que la tenía que hacer otra persona.

 

En el apartado de “otros actos” -del que podría escribir más y más líneas- destacar la divertida presentación del Ya será de Klari Moreno a cargo de Borja Crespo con concierto posterior de la autora, el concierto de Paco Alcázar amenizado con lo mejor del youtube español y la entrega de los premios de los Golden Globos -llevado a cabo por la gente de Ilu-Station- que un evento jocosísimo y necesario, especialmente para que no se diga que el sector independiente se toma demasiado en serio a si mismo.

 

Las compras del Graf

 

Para terminar, un repaso muy conciso a las compras hechas en este festival. No entro mucho al detalle dado que la gran mayoría, obviamente, están todavía por leer. Echo en falta por ahí lo último de Begoña García-Alén, autora que he descubierto hace muy poco y de la que apenas he leído sus trabajos publicados en Tik Tok Cómics, pero que me parece interesantísimo lo que hace.

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Fosfatina: De la microeditorial de cómic de vanguardia me llevé tres de la colección Fosfatina 2000 una serie de historias publicadas en este formato como de papel de periódico tan chulo y en la que los autores arriesgan con cómics con estilos abstractos, surrealistas, cubistas, etc. Cayeron Los dos amigos de Andrés Magán, Cerca la noche de Cynthia Alfonso y Gran Danés de Julia Huete. Este último ya lo he leído (ya hace que salió) y me ha parecido una maravilla. También de esta autora compré otro tebeo suyo, El jardín devastado, que comparte edición con uno de Óscar Raña, Los incapaces.

Los Nimios: Del fanzine ganador de premio al mejor ídem en la edición del Salón del Cómic de Barcelona del año pasado me llevé los números 10 y 11 y el segundo del Taiga. Es una triste noticia que del Nimio ya se está ultimando su último número, el Nimio Final que se venderá en el Salón del Cómic de Barcelona. Pero en fin, nos han dejado muy buenas historietas por el camino.

Tarot Fanzine: Visualmente atractivo y de diseño interesante -un tríptico que contiene dos libritos de grapa en cada eje (un diseño muy chulo para cómics interactivos)-, este es un fanzine de ilustración que toma para cada tema uno de los arcanos mayores del tarot. En este caso, los números estaban dedicados a El Mago y a La Papisa.

Sirius (Irkus Zeberio): Ciencia-ficción postapocalíptica, primitivos cósmicos, Irkus en plan muy loquer. No sé si puede pedir más.

Medievo; Medievo: Fanzine de autoría colectiva que contiene relatos de trasfondo medieval con tonos diferentes (fantasía, humor, misterio, etc.). Publicado por Termita Press, incluye una lámina de Borja González, el autor de La reina orquídea, que si aún no la habéis leído, deberíais.

Gourmand Gohan 3: Este es el tercer y por lo que parece último libro de Alexis Aldeguer, Maiko San e Ilaria Mauro. Con estos fanzines he aprendido muchísimo de cocina japonesa. Me parece un mérito enorme teniendo en cuenta que es una gastronomía que nos queda lejana y que se nos antoja exótica. Pues ellos lo han sabido compartir con todos y hacerlo ameno y fácil. Más centrado en el sushi, hay que decir también que en una lectura a vuelo pluma me ha dado la impresión de que ha habido una evolución en el trabajo gráfico de este fanzine, en la composición de los procesos de las recetas en la página y en la calidad general. No es un tercer fanzine que se haya hecho “por hacer” y para cerrar. Está hecho con un esmero especial e invita a ponerse con las manos en “el pescao”. Muy recomendado.

Febrero para galgos (Peter Jojaio): Mirad, confieso que no tengo ni idea de qué va. Pero tiene una de las portadas más intrigantes que haya visto en mucho tiempo. Este es de esos tebeos que me tienta a reservar su lectura para el momento y el lugar adecuado, sin que nada moleste.

Ya será (Klari Moreno): Last but not least -precisamente- el primer tebeo de Klari Moreno en solitario editado por editorial ajena, en este caso Libros de Autoengaño. Esta colección de relatos , algunos antiguos, otros inéditos muestra la amplia gama de recursos de la joven autora madrileña y su talento para ilustrar transiciones gráficas y procesos.

 

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La Klari me hizo este delantal y a vosotros no

 

Y esto es más o menos todo, dejándome muchas cosas no reseñables en el tintero, como las charlas con los conocidos y la gente a la que conocía de redes sociales y medios y a los que pude poner cara y conocer, el pasear y toparte con grandes autores no detrás de las mesas, sino en los pasillos compartiendo espacio con todos, las recomendaciones de los colegas, las risas, las pintadas con tiza en un mural que ya es un clásico, las cervezas, etc. La impresión es que este festival es ya uno de los grandes, que cada vez recibe más gente y que pone el foco donde hay que ponerlo cuando le dices a todo el mundo que vas a hacer un festival de CÓMIC. Reverencia al Graf y un aplauso a sus organizadores por una edición inolvidable.

El piano oriental (Zeina Abirached)

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Pudiera pensarse que la novela gráfica, como forma ya evolucionada y madura del medio del cómic y basada en la libertad del autor y en la expresión de su estilo personal, nos llevaría a una situación donde abrir las páginas de cada obra sería una sorpresa tanto en lo visual como en lo argumental. Que quedaríamos libres de tópicos y temas recurrentes, pero también de estilos canónicos e imposiciones editoriales. Pero al fin, en la literatura gráfica pasa también como en la literatura textual. Los estilos gráficos y narrativos más personales al final devienen en influencias y escuelas. Y los nuevos autores acuden a los “nuevos temas”, generando el amago perceptivo en los lectores de que nos hallamos delante de géneros y subgéneros modernos asociados permanentemente a la novela gráfica, al cómic en forma de libro: la biografía, la autobiografía, el humor costumbrista, la novela histórica, etc. Por si fuera poco, las convenciones habituales nos pueden llevar a pensar que esos “nuevos géneros” van ligados a unos estilos de dibujo y de narrativa visual muy específicos, como nos tenían acostumbrados los formatos físicos y formas narrativas precedentes, tanto  el cómic de superheroes, como el manga puramente shonen o el album de humor y aventuras franco-belga. “Este estilo de dibujo es muy de superheroes”. “Este estilo de dibujo es muy de manga”. “Este estilo de dibujo es muy de bédé”. Y al fin, también “este estilo de dibujo es muy de novela gráfica”.

 

Por eso, cuando cae en mis manos El piano oriental -especialmente siendo la primera obra de  Zeina Abirached que leo- aparece revoloteando el fantasma de la comparativa prejuiciosa con obras de otros autores de similares características. Creo que es muy difícil leer a Abirached y no pensar en Marjane Satrapi o David B, claro. Pero la cuestión es que además estamos ante una obra que conecta oriente con occidente -con nexo en París-, que también tiene elementos biográficos y para rematar el cúmulo coincidente también tira de realismo mágico. La sombra de Persépolis y Epiléptico es larga, si bien puede ser una referencia interesante para quienes vayan buscando leer “algo como”… una situación típica con la que seguramente se habrá encontrado más de un librero frente a algún que otro lector casual de cómics que empieza a meter un pie en el medio, sin muchas pistas y que ha leído poco y lo habitual.

 

Lo que ocupa las páginas de esta novela gráfica es la vida -o una parte de ella- de Abdalah Kamanja , alter ego del bisabuelo de la autora, músico y afinador de pianos. Esta está centrada en el momento en el que Kamanja tiene la inquietud de hallar una forma de expresar los ritmos orientales a través de un instrumento típicamente occidental como el piano, y que por defecto no puede ejecutar los cuartos de tono. Ese dilema y su resolución es el eje a través del cual se cuenta esta historia, que la autora salpica de anécdotas cotidianas y biográficas para ayudar a explicar el carácter peculiar de su antecesor, un tipo optimista e infatigable. Abirached se esfuerza en resaltar todos los aspectos de contexto que pueden contribuir a influir en ese momento de “eureka”. Y ahí constantemente conecta lo pequeño, lo cotidiano, con lo universal y lo abstracto. Un paseo por la calle repleto de ruidos cotidianos en la mente de Kamanja, de repente dejan de ser “ruido” y se convierten en “música” -o al menos, en ritmo-. Dos hermanos gemelos idénticos en el exterior, pero muy diferentes en lo interior devienen en la representación del equilibrio de los opuestos. Un juego de mikado representa el aprendizaje de un nuevo idioma donde su dominio y comprensión se mezcla con la del idioma de origen y ello forma una madeja única y personal de formas de comunicarse.

 

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Es por esto que, a pesar de que el libro narra una historia, una biografía, tras su lectura vemos que el objetivo es otro y en eso toma distancia con las obras de Marjane Satrapi y David B. La preocupación de la autora va dirigida a expresar todos estos conceptos abstractos que giran en torno a una vida. Expresar  la alegría, la libertad, los entresijos de un lenguaje, la simetría entre culturas -pero también sus diferencias-, la complejidad de las  estructuras musicales, pero también su armonía y su equilibrio . Y para ello, Abirached tira de dos recursos que emplea de forma excepcional. Por un lado, usa la metáfora visual que inevitablemente lleva la obra a los terrenos del realismo mágico ilustrado; y por otro, usa elaboradas composiciones de página donde tanto sentido tiene cada parte de la página -sus viñetas- como el conjunto de las mismas, para expresar esos conceptos abstractos que intenta imprimir en el papel.  La elegancia del libro, a mi entender, es ese cierto ritmo que le pone la autora a la historia: nos lleva a los lectores de lo cotidiano y real a lo abstracto e interior. En un momento Kamanja está paseando por las calles de Beirut y de repente estamos en su mente observando una representación metafórica de la armonía musical. Hay una suerte de idas y venidas que van poniendo en contacto “lo que está arriba” con “lo que está abajo”. Y así, Abirached crea una suerte de sinfonía con la propia historia.

 

Otro aspecto que me ha llamado la atención del libro es un cierto paralelismo que creo que busca su autora. En otras novelas gráficas hay autores cuya estrategia a la hora de contar las biografías de otros es consiste en ponerse en la piel de esos mismos. Diría incluso que no se trata siquiera de una estrategia “racional” sino de una forma de acercarse a la comprensión de una vida ajena de la forma más íntima y comprometida posible. Me viene a la cabeza, por ejemplo, El arte de volar de Kim y Antonio Altarriba: Altarriba busca ponerse en la piel de su padre, para poder contar su historia. Y aquí Abirached dedica una parte de la obra a contar experiencias propias en las que se encuentra entre dos mundos -principalmente aspectos de la cultura occidental y la oriental, y más específicamente en cuestiones de lenguaje- y como busca su propia síntesis. Y en eso, establece un paralelismo con la búsqueda de su bisabuelo en su intento de resolver el rompecabezas de que un instrumento occidental ejecute ritmos orientales. Abirached nos habla de su propio “piano oriental” y con eso convierte el piano oriental de su abuelo en algo más que un instrumento, lo eleva hasta convertirlo en una expresión de la conciliación de aparentes opuestos.

 

Quizás por esa razón la obra tenga también de fondo alguna función terapéutica -que, por cierto, la música también puede tener- buscada de forma consciente o inconsciente. Y me parece muy bien. Al final, Abirached nos demuestra el poder del dibujo para proyectar imágenes y construcciones sobre dilemas o conflictos personales que en la vida real no sabemos ni cómo empezar a abordar y que incluso nos pueden parecer de imposible resolución. Puede que la expresión dibujada en tinta y papel no sea tampoco un chasquido de dedos milagroso que lo resuelva todo, claro, pero como mínimo sí que puede ser un mapa o una carta de navegación que apunte adonde queremos llegar y que nos permita avanzar hacia ello.

 

comic  El piano oriental  de Zeina Abirached

 

Crisálida (Carlos Giménez)

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Si tuviera que hacer aquí un repaso de la obra y trayectoria de Carlos Giménez probablemente acabaría con muñones en los dedos. Por ello, doy por hecho que el lector frecuente de cómics que aterrice en esta reseña conoce a este autor y su importancia en la historia del cómic español. Para el lector casual que no haya entrado en su obra, valga anotarle que es uno de los autores imprescindibles en la historia del cómic español. Giménez tiene una extensa producción en géneros clásicos -aventuras y ciencia-ficción- pero también se le considera un pionero en el campo de la biografía o el retrato costumbrista de su generación en cómic, dejando algunas obras realmente memorables. Por ejemplo, en la revista Jot Down elegimos Los profesionales como una de las cien obras imprescindibles del cómic de todos los tiempos, pero seguramente Paracuellos o Barrio podrían haberse incluido con igual reconocimiento en esa o en cualquier lista similar. Lo que sí que no puedo evitar plasmar en esta introducción es la rara sensación que experimento al ser esta la primera vez que escribo sobre una obra de Carlos Giménez y que al mismo tiempo esa obra, tras leerla, dé la impresión de que pueda ser la única. Espero, evidentemente, que no sea así.

 

Crisálida, el último trabajo de Giménez, es en varios aspectos tan típica de su autor como una cierta vuelta de tuerca -sería más correcto decir una mutación, quizás- de lo que ha venido haciendo desde siempre. En una sinopsis breve, el tebeo cuenta la etapa de la vida de un dibujante de cómics, Raúl -un alter ego del propio Giménez-, en la que experimenta una desilusión creciente que le lleva a un cierto aislamiento; Raúl va agarrándose a su profesión casi como el último remanente de plenitud y felicidad que le queda. Este estado anímico, esta “crisálida” como el propio personaje bautiza en las primeras páginas del cómic empieza en el momento en que el individuo toma consciencia de su propia mortalidad y terminaría, inevitablemente al suceder ese evento. Raúl comparte protagonismo en este tebeo con el Tío Pablo, otro personaje ya usado con anterioridad por Giménez -también un alter ego de sí mismo, atentos a la carambola-, que presenta aquí como amigo de Raúl y que ejerce el rol de narrador del crepúsculo de éste de cara al lector.

 

Una de las características notables de este trabajo reside en que, así como una parte de la obra del Carlos Giménez abunda en la biografía de una generación con un coro amplio de personajes -en los que se puede incluir él mismo- y un trasfondo histórico notable, esta vez el colectivo humano y el contexto temporal se difuminan. Hay elementos biográficos, sí. Pero si Giménez con anterioridad ha contado la biografía de un colectivo o la de algún compañero en particular -véase su reciente Pepe, que narra la vida del dibujante Pepe González- esta vez trata la suya propia exclusivamente, con un foco potentísimo. Nada más importa que contar lo que a él le pasa o le está pasando. Carlos Giménez aclara en el prólogo de la obra la razón de las semejanzas entre los dos personajes protagonistas de la obra y comenta el rizo del rizo elaborado con esos dos personajes que son, en el fondo, avatares de sí mismo. Sin embargo, a mí personalmente el motivo no me acaba de quedar claro ¿Distanciar personaje y autor para poder observarlo y representarlo con mayor honestidad? ¿Por costumbre del propio autor? ¿Son el Tío Pablo y Raúl dos aspectos diferentes de Carlos Giménez? ¿O son imaginarios del propio autor de si mismo en épocas distintas encontrados aquí? Quién sabe. En cualquier caso el resultado es interesante dado que permite narrar desde múltiples puntos de vista: la historia que cuenta el propio Raúl en primera persona -el relato directo-, la que cuenta el Tío Pablo sobre Raúl -la reflexión vista desde fuera- y la que el propio Raúl deja escrita en sus diarios -la crónica de la vivencia intimista y aislada-. Por una parte, a Giménez le sirve para paliar la monotonía que podría provocar la encadenación de escenas de tono similar -monólogos,  conversaciones y anécdotas narradas con un mismo tema de fondo-. Pero además le permite jugar a aumentar la tensión y la intriga con el lector, aislando y conectando al protagonista con los lectores según le conviene. No es lo mismo que el personaje nos cuente algo, copazo en mano y rodeado de amigos que leer una nota que ha dejado escrita en manos de otros.

 

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En la parte negativa… bueno, debo confesar que he escuchado -ojo, que no leído- más opiniones negativas de Crisálida de las que yo compartiría. Una crítica habitual que me he encontrado es la del abuso de recursos gráficos “fáciles” como la ausencia de fondos  -o que estos queden difuminados-, la repetición de los mismos planos cambiando pequeños detalles o el uso del zoom. Si bien es cierto que la factura final del tebeo no es de las mejores en la carrera de Giménez, me parece que muchos de esos recursos son más que apropiados para lo que quiere expresar el autor y de ahí su pertinencia. Seguramente a esta defensa que esgrimo saldría rápidamente el contraargumento de que esos recursos no los inventa Giménez y que están algo más que manidos. Sinceramente, no me parece que Crisálida, teniendo el objetivo de ser un manifiesto emocional del autor tenga que ser una obra en la que revolucionar desde el ingenio gráfico. Y en esas ¿nos resultaría honesta una obra en la que un autor nos cuenta sus horas más bajas siendo esta misma obra un dechado de creatividad?

 

En mi opinión, la relevancia y la potencia de Crisálida reside en su discurso. Creo que hay pasajes de Giménez que pondrán la piel de gallina a cualquiera que haya pasado por algo similar o que conozca a alguien a quien lo haya vivido. “Ya no quieres verte con según qué personas, no quieres acudir a según qué actos, no quieres figurar en según qué listas ni salir en según qué fotos. Solo quieres que te dejen en paz. Y así es como te vas encerrando en tu crisálida”. Leer estas líneas a mí personalmente, me sobrecogió.

 

Con todo y con eso, me parece que Crisálida no funciona como una historia que cuente como se vive una depresión o un estado de aislamiento de forma universal. A pesar de los seudónimos -que en el fondo creo que es simplemente un recurso que Giménez usa por costumbre- la obra cuenta muy particularmente las vicisitudes de su protagonista. Así, si bien eso convierte al tebeo en un ítem importante en la bibliografía del autor y por lo tanto de interés natural para sus seguidores habituales, eso la aleja del interés de un público mayor que no lo conoce o lo conoce poco. Por decirlo de otra forma, Carlos Giménez está en Crisálida más cerca de autores como Joe Matt o Chester Brown cuando narran sus vivencias o cuando manifiestan sus estados de ánimo que, por ejemplo, de Paco Roca cuando coge un vivencia emocional particular con fondo biográfico y le da el traslado a una sensibilidad más amplia y compartida. Comento esto no porque un tipo de historia o de voz sea mejor que la otra, por supuesto. Lo hago porque creo que ahí ha habido un cambio de tono respecto de las anteriores historias de Giménez en las que sí que conseguía llegar mejor a una cierta universalidad y aquí se ha dado un giro. Crisálida es un relato muy personal, muy desde el “yo” que el lector podrá captar fácilmente, y que atraviesa cualquier juego de seudónimos que nos haga su autor.

 

Para terminar, me queda expresar una duda. Es extraño que para lo que le sucede a Raúl en el tebeo el personaje -también su autor, claro- decida denominarlo “crisálida”. Siendo, según la definición expresada en el tebeo un estado anímico que empieza con la conciencia de la muerte y termina con la llegada de la misma me parece extraño que la figura que se use como símil sea una crisálida y no por ejemplo una mortaja o un sudario, que hace más referencia a la mortalidad. La figura de la crisálida lleva implícita un proceso de transformación, de cambio. Me hace pensar también en algo que dice Giménez en el prólogo y que el crítico Gerardo Vilches destaca en su reseña en Entrecomics. Giménez niega la existencia de experimentación en el mundo del cómic actual en un momento en que precisamente rebosa la experimentación, especialmente en artistas independientes y editoriales pequeñas. Y precisamente al final del tebeo -atención al breve spoiler- lo que sale de la crisálida yo al menos lo asocio con esos estilos independientes, experimentales, que expresan rarezas y misterios con unos pocos trazos garabateados, dejando al lector reflexionando, pensando sobre exactamente qué es lo que ha visto. Eso pasa, de alguna forma, al final de Crisálida. Y quizás eso pueda ser un cambio, algo nuevo, para el propio Giménez.

Inio Asano (III): La chica a la orilla del mar

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Cuando en nuestra vida de lector descubrimos a un autor que nos parece interesante –o nos encandila con la primera obra de este que cae en nuestras manos- lo más normal es tirarnos a la lectura de la segunda esperando que muchas de sus coordenadas autorales sean las mismas o al menos muy similares. En mi caso al comentar con otros lectores lo mucho que me había gustado Solanin de Inio Asano, me recomendaron La chica a la orilla del mar fervientemente. Eso sí, la recomendación iba acompañada del aviso de que la obra era muy distinta de la que ya había leído. Lo era y no lo era: habrá que ir por partes.

 

Un punto en común es que los protagonistas de esta historia son jóvenes. Si bien, si en Solanin los protagonistas andaban por una especie de tardoadolescencia, aquí podemos hablar de adolescencia pura y dura. Hace tiempo alguien me dijo que si algo se puede decir con certeza de la adolescencia es que no se puede decir nada con certeza. En la historia se retrata el ir y venir emocional de esas edades y la incertidumbre del no saber lo que se quiere –o cambiar de opinión al respecto según cambie el viento-. Pero también ronda en el retrato una apatía ante un futuro incierto, un dejarse hacer un tanto derrotisa y nihilista. Si bien en Solanin el tema del “futuro incierto” iba en relación al desarrollo de una carrera profesional y vital, aquí las incertidumbres de los personajes residen en el ámbito más íntimo y personal. “¿Me querrá alguien?” “¿Soy normal?” “¿Estaré solo toda la vida?” son los dilemas que atenazan a los protagonistas de esta obra. Y así como en Solanin se expresaban las inquietudes vitales de forma directa, aquí todos estos dilemas quedan prácticamente enterrados dejando patente la incapacidad -o la falta de voluntad- por parte de los personajes para expresar de forma clara emociones y aspiraciones, si es que se tienen. Todo esta tormenta -o vacío- interior (dejo a manos de la lectura de la obra ver qué personaje está retratado como cada cual) está trasladada en las páginas de este manga que cuenta la historia de la relación entre Sato e Isobe y que a poco que el lector desarrolle un poco de empatía con los personajes y con la historia, verá que está condenada a acabar de forma trágica.

 

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Pero ¿es posible ejercer la “empatía”, ponernos en la piel del otro, en La chica a la orilla del mar como en Solanin? En Solanin, Asano nos lo daba todo hecho. Nos ponía cara a cara con personajes que nos lo contaban todo y nos escribía sobre las viñetas sus pensamientos regalándonos una fuente de información exhaustiva sobre sus intimidades. Sin embargo, aquí todo eso desaparece. Se acabaron los personajes hablándote a ti como si estuvieras allí: si en Solanin nos metían en el tebeo como uno más de la troupe de personajes, aquí Asano nos condena a ser un fantasma, alguien que está pero no está con ellos. Y también se acabaron los cuadros de diálogo textualizando pensamientos. En La chica a la orilla del mar se hace el silencio. Y sin embargo, algo percibimos. Asano prescinde de algunos canales de comunicación, pero seguimos viendo que todo sigue ahí: que los personajes tienen un mundo emocional interior nos es patente. Si alguna vez has advertido que alguien a quien conoces muy bien -un familiar cercano o un buen amigo-, le sucede algo aunque no lo verbalice -detectas pequeños detalles de comportamiento- entonces entenderás lo que hace Asano en este manga para dejarnos atisbar las interioridades de los personajes. Sabemos que algo les sucede, pero no sabemos el qué y avanzamos como posesos en su lectura para desentrañar el misterio interior de cada uno. Y es harto difícil: lo que hacen los personajes difiere de lo que dicen; y lo que dicen muy probablemente difiere de lo que piensan.

 

Por otra parte, uno de los elementos que más sorprende del tebeo es su tratamiento del sexo. No es ninguno secreto que en el manga más comercial los personajes están tremendamente sexualizados. El grupo de personajes de los shonen habituales consisten en un protagonista masculino tan entusiasmado como anodino rodeado por un harén de personajes femeninos de diferentes características físicas diseñadas para conectar con los fetiches de todos los lectores posibles. Por eso es raro encontrar una historia en el que el sexo cumpla una función realista en la historia. El sexo, cuando aparece está introducido en la historia para los personajes, no para el lector. En La chica a la orilla del mar el sexo es uno de los ejes de la historia, de lo que hay que contar. El sexo es lo único que une a los dos personajes protagonistas, que son incapaces de sincerarse el uno con el otro, de entenderse. Y quizás a través del sexo tampoco mucho, dado que los personajes reproducen constantemente los fetiches más variados de la pornografía de forma preeminentemente física, sin ningún tipo de conexión emocional. Sería muy fácil decir que este manga es como un Nueve semanas y media a la japonesa, pero la verdad es que hay mucho más. Difícilmente su lectura resulta erotizante -no la consideraría cómic erótico, aunque algunas de sus imágenes puedan serlo-, sabiendo que, fuera del sexo, Sato e Isobe están profundamente heridos. Están desconectados del resto del mundo. Solo se tienen el uno al otro y no les vendría mal contarse las cosas que no se cuentan pero que realmente les importan. Pero no lo hacen. Solo follan. Se usan mutuamente como desahogo.

 

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El caso es que cuando nos proponemos afirmar que estamos ante un slice of life de la relación sexual de dos adolescentes, hacemos aguas cuando Asano inserta en el manga algunos componentes de thriller o incluso de terror. El tema de la ausencia del ser querido flota en esta obra como en otras de este mismo autor. Hay personajes que no están, pero de los que se habla: han tenido un peso profundo en otros, podrían aparecer más adelante o no, pero Asano magistralmente convierte su ausencia en una presencia. En Solanin, los puntos de humor aligeraban la dureza de algunos momentos de la obra. En La chica a la orilla del mar no se nos concede este alivio. Los golpes de efecto puntuales buscarán subir la tensión a través de dosis de realismo mágico un tanto tenebroso. Y así nos tendrá en vilo con el destino de los protagonistas hasta el final.

 

Concluyendo, supongo que habrá quien caiga en la tentación fácil de afirmar que el final de La chica a la orilla del mar –y atención porque es inevitable dejar caer algunos elementos de SPOILER a continuación- es un final fácil, ingenuo y feliz. Todo parece arreglarse porque sí, por fortuna, por casualidad. Cada personaje parece caer donde debe o donde puede. Y parece que no les va tan mal. Y sin embargo, si lo pensamos dos veces, el final es terrorífico. Solanin era un retrato de la solidaridad y de la comprensión entre pares. La chica a la orilla del mar es todo lo contrario: es un retrato del egoísmo de sus personajes, de proyectar en otros necesidades que van y vienen sin llegar a colmar el pozo infinito de sus anhelos, utilizandolos como objeto. Al final, no hay reflexión de lo sucedido, no se alcanza ningún tipo de madurez emocional, no hay ningún tipo de superación personal. La vida sigue y es más grande que nosotros mismos. Si acaso a Isobe en la última escena, se le intuye una cierta conciencia de lo sucedido, pero no queda claro si realmente se ha aprendido o si se puede aprender algo de lo sucedido. Y por ello, La chica a la orilla del mar se queda en prácticamente unas antípodas perfectas de lo que se nos contaba en Solanin, sin bajar un ápice la calidad de la historia narrada.

 

 

La estructura del primer ciclo de Las aventuras del Capitan Torrezno

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Se habla poco de Las aventuras del Capitán Torrezno de Santiago Valenzuela. Quizás es el sino de la que es probablemente una de las series más extensas –tanto en lo que lleva publicado con anterioridad como en su ambición de cara al futuro- publicadas en nuestro país en la actualidad. Damos por hecho la publicación continuada de la mismo y con certeza absoluta esperamos la salida de un nuevo libro cada año o año y medio, cadencia media de la obra. Iniciada en el año 2002, Las aventuras del Capitán Torrezno tienen en su haber  un ciclo entero, compuesto de seis volúmenes, y un segundo ciclo en proceso cuyo tercer volumen apareció a principios del año pasado. Creo que no es nada descabellado afirmar que estamos ante algo prácticamente inédito. Además, según su autor, el completo de la obra está bastante planificado a la salvedad de los detalles o decisiones que se puedan tomar sobre la marcha. Lo importante de la cuestión es que en Las Aventuras del Capitán Torrezno, cuyo conjunto consta ya de unas mil seiscientas páginas, no hay huidas hacia adelante.

Sin embargo, no hay que dejarse deslumbrar solo por las cuestiones de extensión. La obra tiene tal cantidad de aspectos que me gustaría comentar que solo se me ocurre irlos abordando de uno en uno. Y en este artículo en particular he decidido empezar por la, a mi entender, brillante arquitectura de la estructura del primer ciclo.

Alguien que pueda leer esto de “la arquitectura de la estructura” puede pensar que aquí el articulista está marcándose una redundante floritura innecesaria –como ahora sí acabo de hacer- pero no, no es el caso. Pero vayamos por partes. Empezaré explicando de que va el tebeo de Valenzuela y así a modo de introducción para quien desconozca esta obra y a su autor, simultaneamente podré ir desarrollando lo que quiero explicar.

Introducción : Un principio que contiene un final

El primer volumen de esta extensa saga –Horizontes lejanos– expone la premisa de su historia. Un individuo “corriente” –de momento dejémoslo ahí- acaba en un mundo extraño con una cierta imaginería fantástica. La premisa recordará fácilmente al Den de Richard Corben. Ese personaje es Torrezno y aunque no lo parezca, esta no es su primera aventura. Sus primeras historias tuvieron lugar en varios fanzines madrileños de inapiración underground. El Torrezno –su nombre real no lo sabemos, este es más un mote- era un parroquiano de los bares de las barriadas madrileñas, que junto con otros personajes variopintos vivía aventuras de un surrealismo bastante oscuro, con bastantes golpes de humor. Esta podría ser una más, esto es así, la aventura definitiva. El Torrezno acaba en este mundo extraño y pronto se convierte en una suerte de “héroe por accidente”. Sus correrías en este primer volumen terminan por llevarle a Deeneim, una de las ciudades más importantes de este mundo -situada en una posición elevada, defendida por una doble línea de formidables muros y flanqueada parcialmente por vías fluviales- y que será la que centrará la acción del primer ciclo, dado que el tema principal de este girará entorno al asedio que sufrirá dicha ciudad.

Pero el primer volumen no es solo una mera introducción. El tercio final del libro nos revela el origen de este extraño mundo, que el avezado lector descubrirá casi antes de llegar a él y que el Torrezno, para divertimento del lector, ignorará. Pero también nos cuenta algo de lo que parece ser su final. En pocas palabras, Valenzuela nos cuenta el alfa y el omega de lo que tiene pensado contar antes de entrar en el nudo que desarrollará la acción del primer ciclo, el asedio de Deeneim.

Así, si hiciéramos un diagrama cronológico de la historia, colocando los volúmenes en la línea temporal de forma ordenada, para empezar, el primer volumen se situaría en estas posiciones:

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(espero disculpen mi impericia con el Paint)

La maniobra de guión es, en mi opinión, habilísima y necesaria desde el punto de vista de generar interés en el lector de cara poder interesarlo po una obra larga, una aventura épica, unas “Torrezníadas”, si se me permite. Así, Santiago Valenzuela, ya en el primer volumen, además de dar altas dosis de aventura, entretenimiento y humor, genera preguntas que contesta hacia el final de ese mismo libro, pero que a su vez generan más preguntas, fidelizando al lector a la lectura continuada.

Nudo : El asedio de Deeneim en cuatro actos

El final del primer volumen deja al Torrezno en Deeneim. Y lo deja a punto de sufrir un asedio de proporciones enormes. En él se enfrentan las dos grandes culturas del mundo y que se asemejan parcialmente a las nuestras en el sentido de que aglutinan aspectos de occidente (Deeneim) y oriente (ejército del Tártaro). No entraremos en mucho detalle de los acontecimientos, pero sí que señalaremos que la historia del asedio ocupará los cuatro volúmenes centrales del primer ciclo, esto es, del segundo al quinto, entre la conquista de las murallas de la ciudad desde fuera y las conspiraciones que se suceden dentro. Las historias narradas en este gran bloque combinarán aventura, acción bélica e intriga política. Por el camino, el Torrezno seguirá descubriendo más cosas del mundo en el que vive y Valenzuela seguirá dotando de fondo a este mismo por el camino. El estilo gráfico variará. Así como en el primer volumen, el estilo es más oscuro y grotesco, más heredero de los fanzines de los que provenía el personaje, aquí ya se da una deriva hacia una línea más clara y limpia -seguramente más asociable en el imaginario del lector de tebeos con el estilo gráfico del tebeo común de aventuras- y los paisajes ganan en profundidad de espacio, creando una sensación de mayor amplitud del universo.

Al margen de que en algún momento muy puntual se eche un vistazo al futuro o al pasado, el tiempo en el que suceden los acontecimientos de estos cuatro volúmenes es completamente lineal y consecutivo. Es una crónica del asedio de Deeneim, tanto desde la perspectiva de un bando como de la del otro, que empieza en el segundo volumen y termina en el quinto.

Completando un poco más la línea cronológica que hemos dibujado en el diagrama anterior, colocando estos cuatro volúmenes, el asunto quedaría así.

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Aunque el final mostrado en el primer volumen no se alcanzará con el final del quinto volumen –todavía cabrán historias antes de que este llegue-, queda patente como el inicio de la historia, Horizontes lejanos, rodea el relato de la crónica del asedio en anterioridad y posterioridad.

Hasta aquí, todo parece más o menos una estructura sencilla -introducción, desarrollo y desenlace- pero no se vayan todavía que viene la ejercicio que finaliza la acrobacia, un espectacular y arriesgado salto mortal hacia atrás.

Conclusión : Un final que contiene un principio

El último volumen del primer ciclo de Las aventuras del Capitán Torrezno supone una jugada genial por parte de Valenzuela. Empezando su lectura, nos damos cuenta de que la acción está situada mucho más allá de lo que aparentaba ser el final  de la historia en el primer volumen. La acción transcurre en una entrevista de estilo periodístico –entre dos personajes que a priori no conocemos- que sucede en el futuro. El motivo de esa entrevista consiste en escarbar eventos pasados, para tratar de entender quien era el Torrezno en su día antes de que todo empezara. Por lo tanto, Valenzuela coloca un nuevo omega en su historia; amplia de nuevo la meta para enganchar a los lectores con el segundo ciclo.

Pero también amplia el alfa de la historia. En la narración que se da de los orígenes del Torrezno en esta entrevista, Valenzuela aprovecha para insertarnos algunas de las historias publicadas en fanzines, ya dificiles de encontrar para el lector que tuviera curiosidad por aquellos primeros trabajos en los que se gestó el personaje, las primeras historias reales del Torrezno y su curiosa troupe. El resultado es más que interesante. El estilo oscuro, sucio, expresionista -muy underground- de aquellas historias surrealistas, cachondas y salvajes de los fanzines contrasta mucho con el estilo más limpio y claro usado en el desarrollo de este primer ciclo y en el que se ilustra también la entrevista. Realmente nos da la impresión de estar accediendo a la prehistoria del Torrezno, a otros tiempos en los que todo era diferente tanto temática como formalmente. No en vano el volumen se titula Los años oscuros.

Y de esta forma, concluyendo el diagrama que hemos ido elaborando, este volumen de epílogo rodearía de la siguiente forma la línea cronológica

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El efecto final es tan práctico como ingenioso. Los volúmenes inicial y final están elaborados de una forma que buscan enganchar al lector con la historia, hacia adelante. Pero la forma de ir “construyendo” la línea cronológica según sus volúmenes, trazan un paralelismo entre la estructura de la obra y la estructura física de la ciudad protagonista, la ciudad de Deeneim. Así como se cuenta la historia del asedio a una gran ciudad rodeadada por dos prominentes murallas, la propia crónica del asedio queda rodeada dos veces por las historias que lo flanquean en su pasado y en su futuro. En el primer libro hay un inicio y un final de la historia; y en el último libro hay un principio y un final que abarca lo anterior. Sin lugar a dudas, creo que hay una cierta “meta-“ buscada por su autor, que consigue y que permite cerrar con broche de oro el primer ciclo de una gran obra.

Algunas reflexiones

Al margen de los paralelismos que uno quiera trazarle –aunque seguramente habrá quien quiera ver en estas comparaciones mías un entretenimiento similar a buscar caras de Bélmez si bien yo creo que es evidente que esto proviene de un diseño buscado por su autor- sí que me parece que se pueden sacar unas conclusiones y reflexiones de estos mecanismos estructurales.

Por un lado, destacar la habilidad de Valenzuela para usar un personaje de unos cómics de un formato estilístico, temático y editorial y llevarlo a otro: del underground fanzinero al álbum de aventuras épicas y fantásticas. Acertadamente, el Torrezno toma su inspiración visual, su icónico perfil, del clásico bufón de las barajas de cartas y que representa la carta comodín en el juego; y a Valenzuela le sirve tanto para un roto como para un descosido. Al jugar con la estructura de esta forma, Valenzuela justifica la transición del personaje, y a la vez mantiene el recuerdo de sus orígenes. Juega al contraste, pero a la vez unifica el conjunto de la obra. No deja nada detrás. Esto se ha visto antes, ciertamente. Lo hemos visto en obras y personajes con las que han pasado décadas y que otros autores han recuperado y han reinventado. A bote pronto, podríamos hablar de cómics muy célebres de Moore o de Morrison recuperando a personajes de décadas de antigüedad. Pero en este caso, la obra no cambia de manos. Es el propio autor el que se permite jugar con su propio personaje.

Por el otro, destacar el carácter único de la obra de Valenzuela. Se me ocurren muy pocos cómics actuales llevados por un mismo autor, capaz de plantear una base estructural de este tipo. Sí, existen series muy extensas, pero todas están condicionadas a sus formatos mínimos editoriales, esto es, el tebeo de grapa o el álbum europeo. La gran mayoría creo que ni tan siquiera se plantean contar una “gran historia” y crear una hoja de ruta tan estudiada y planificadas -¡establecer ciclos!- por razones editoriales y comerciales. Muchas de ellas no salen de la serie limitada o la trilogía de álbumes. Sí que sucede, sin embargo, en la literatura, con todo el fenómeno de las llamadas “novelas-río” y sobre todo con autores de patente popularidad.

Otorgarle a la obra el premio nacional hace unos años creo que fue importantísimo para la continuidad de la obra. Seguramente, el número de lectores que llegaron a Las aventuras del Capitán Torrezno mediante la obtención del premio –entre los que me incluyo- fue considerable. Y no solo de ello se benefició esta saga, sino el resto de su obra –de la que cabría escribir todavía más artículos- haciendo que el público apueste aun más ya no solo por esta “novela-gráfica-río” sino por su autor. Lo que hace que se retroalimente su continuidad.

Sin embargo, aun me da la impresión de que el Torrezno no acaba de salir de un cierto estatus de obra de culto. Tiene unos lectores muy acérrimos, defensores de la obra y de su autor, pero una repercusión menor entre el global de los lectores habituales de cómic. A mí personalmente, me gustaría que el Torrezno entrara definitivamente en ese hall of fame de personajes creados por autores españoles reconocidos con bastante popularidad tanto por los lectores frecuentes de cómic como por los ocasionales. Aunque esto creo que va a ser bastante difícil, aun con un premio nacional en su haber.

Segundo ciclo: lo que está sucediendo ahora

El segundo ciclo del Torrezno ha visto publicado su tercer volumen en 2015 y continua con las aventuras de su protagonista. El trasfondo bélico sigue, ya que si el primer ciclo trataba de un asedio, el segundo habla de una campaña bélica de conquista. Pero me parece que, más allá de eso el segundo ciclo va sobre una búsqueda. La figura que aparece constantemente en el segundo ciclo, es la de una escalera, otro elemento seleccionado por Valenzuela que es tanto un elemento cotidiano y habitual como simbólico. Subiendo la escalera se “alcanza un estadio superior”. De momento, no detecto en este segundo ciclo juegos especiales con la estructura o paralelismos entre la estructura de la historia y su contenido o elementos relevantes de su contenido. Aunque sí que hay una diferencia del tamaño de los2peldaño volúmenes del primer ciclo con los del segundo. En mi estantería, cada ciclo podría ser un “peldaño”. Pero consideremos esto como algo ocasional, de momento.

En un artículo que escribí sobre Las aventuras del Capitán Torrezno en Jot Down 100: Cómics –aquí desarrollo algunas de las ideas que apunté allí- señalé que en la distribución temática por ciclos, me parecía que la obra pudiera estar buscando tocar cada uno de los grandes temas de la literatura señalados por Borges en el relato Los cuatro ciclos. El primero es un asedio y el segundo, una búsqueda. Los dos restantes serían, un regreso y el sacrificio de un dios. Y hay indicios en los volúmenes del primer ciclo de que estos temas podrían tratarse. Estos son temas que suelen aparecer con frecuencia en las grandes historias, desde las clásicas de la antigüedad, hasta las comerciales modernas. Creo que Valenzuela es muy consciente de ellos y ya los ha tratado con evidencia en obras como El gabinete del Doctor Salgari. Por lo que no sería raro que el Torrezno tirara por ahí. Y sería algo genial, espectacular. Sin embargo, me cabe la duda por el hecho de que el autor, en algún momento, ha señalado que Las aventuras del Capitán Torrezno poseerían solo tres ciclos. Lo que no quitaría que los temas apareciesen igualmente, a pesar de que cada gran tema estuviera dedicado a un ciclo.

Lo que sí que es claro –y para terminar, insisto- es que estamos ante una gran obra, una obra única, que, en mi opinión, aun necesita de mayor difusión. Quizás incluso un intento de importación al extranjero. Italia sería un interesante punto de mira. Un tebeo de aventuras, seriado extensamente, con gran cantidad de diálogos, en blanco y negro…  todo esto es tremendamente cercano para el público italiano lector de los tebeos de la Bonelli. Por lo pronto, cabe que aquí celebremos con gran jolgorio la aparición de cada nuevo libro de esta monumental serie de tebeos y sigamos recomendándola a los que aun no la conocen.

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Hace una semana y unos días se ha celebrado la cuarta edición del Graf en Barcelona. ¿Que no sabéis qué es el Graf? Pues el Graf es uno de los festivales de autoedición y fanzine más interesantes de España, con sede itinerante (normalmente se celebran dos ediciones por año una en Barcelona y otra en Madrid). Su evolución en tan breve espacio de tiempo es notable. Al menos en el evento sito en la ciudad condal -que es el que he podido visitar yo cada año- se han dado muchas mejoras cualitativas que permiten que se hable ya de éste como un festival de referencia en la escena de la autoedición. Ya el año pasado se dio el salto al espacio cultural de la Fabra i Coats, lo que supone un recinto con una superficie mayor que permite incluir más espacio para stands, un salón de actos para las charlas, un espacio de bar -siempre importante, no saben ustedes como tragan y beben estos fanzineros- y una pequeña biblioteca de tebeos. Este año, además, se han incluido talleres para todos los públicos.

 

El balance, según la organización, es muy positivo. Más de dos mil visitantes es una cifra importante para un salón de estas características. Y quinientas personas asistiendo a actos me parecen muchísimas, todo un éxito en lo que respecta al interés del público por los eventos. En este aspecto me parece que rivaliza incluso con el Salón del Cómic de la misma ciudad. Pueden creerme que he ido años y años a charlas varias de este último y si tuviera que calcular a ojo diría que la asistencia de público por evento es equivalente e incluso superior en el caso del Graf (aunque el número total de asistentes seguramente sería mayor en el primero, debido al mayor número de actos y talleres que se celebran). Personalmente, en el Graf, asistí a dos charlas del sábado por la mañana. La charla de Memoria y viñetas. La España del s.XX en Cómic moderada por David F. de Arriba y compuesta por Pepe Gálvez, Jaime Martín y Sento, por un lado, fue muy interesante. De las intervenciones destacaría la de Jaime Martín en la que, a través de alguna anécdota de lectores de su cómic Las guerras silenciosas se pone de relieve como el cómic como medio puede poner en contacto a generaciones -padres e hijos- sobre temas de los que, en familia, no se habían hablado jamás. Los hijos se acercan a las historias por el medio y los padres se acercan al medio por las historias. La sinergia es poco menos que maravillosa. La otra charla a la que asistí fue la de El motor de los cómics. Divulgación y crítica de historieta hoy moderada por Mireia Pérez y compuesta por José A. Serrano, Gerardo Vilches, Roser Messa, Anna Abella y Daniel Ausente. En esta, evidentemente, acudí libreta en mano, tomando nota de lo que se dijo. Me quedé con bastantes apuntes: la importancia de evitar hacer una crítica binaria -una obra no es buena o mala a secas-, el empleo del tiempo y el espacio del crítico para destacar las obras que cree que merecen difusión -y dedicar menos a la crítica negativa-, la pérdida de información de la crítica que se hace por redes sociales en tanto que esta no facilita la búsqueda de entradas o comentarios y la cuestión de que -¡ay!- hoy por hoy un crítico de cómics no puede vivir solo de ser crítico de cómics.

 

Más allá de las charlas, tuve el placer de reunirme brevemente con algunos conocidos y justo después hacer el recorrido por los stands. Desgraciadamente, este año el tiempo apremiaba y no pude estar todo el tiempo que hubiera querido en el Graf. La visita a los stands fue un poco a tiro hecho, localizando a los autores de los que ya sabía algo y a los que les iba a comprar lo suyo sí o sí. Y ahí me perdí algo que, para mí, es lo más bonito del mundo de la fanzinería: el dejarse llevar por lo nuevo, por lo que no conoces. Cartografiar la fanzinería es algo extremadamente difícil. Aquí hice un intento de mapeado del fanzine en España bastante fallido, por ejemplo. Pero también esa es un poco la gracia. Todos los comiqueros estamos al tanto de las novedades editoriales que van saliendo cada mes y que llegan puntualmente a las librerías. Conocemos los autores y conocemos las cabeceras. Pero por ejemplo, cada vez que entro en Fatbottom -la librería barcelonesa especializada en autoediciones- es imposible tener localizado y situado a tantísimo colectivo y autor independiente tanto del país como de fuera. Para mí, es un poco como cuando eras un crío y te acercabas al quiosco sin saber bien-bien que habría salido porque no controlabas de series, de periodicidades o de editoriales. Y lo mismo te llevabas un Spiderman, que unos Transformers o un Mortadelo. Y esa es un poco la movida del Graf y de la fanzinería. Dejarte sorprender, vagabundear por los stands, ojear piezas que normalmente no verás y poder charlar con sus autores, incluso. Y eso es lo que hice mal, por falta de tiempo.

 

También tengo que añadir que me hubiera encantado asistir a alguno de los talleres de fanzines, que por lo visto han estado muy bien y algunas de las dinámicas que se llevaban a cabo en ellos creo que me hubieran encantado.

 

Pero pongamos punto y final a las quejas y a los lloros y pasemos a lo interesante: el botín.

 

Nimio 5, 6, 7,8 (Luis Yang, María Ponce, Anabel Colazo, Nuria Tamarit y Ferro, Nuez Ediciones) y Daga (Luis Yang)

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Lo primero que tengo que decir del Nimio es que es mi candidato a mejor fanzine del Salón del Cómic de este año. A sus componentes -a los que para mis adentros los llamo como “la conjura galaico-valenciana”- los sigo desde hace dos o tres años en fanzines como Sacoponcho o Belize, que han tenido menos números, supongo, por la dificultad de coordinar a un mayor número de autores. En Nimio se notan ya las tablas a la hora de coordinar y enfocarse en unos autores concretos –Luis Yang, María Ponce, Anabel Colazo, Nuria Tamarit y Ferro- aunque puedan existir intervenciones puntuales de otros colaboradores. La temática de las historias del Nimio es muy diversa y varía de la acción y la aventura al costumbrismo con golpes de humor, pero siempre está encuadrada en un trasfondo de mundo fantástico. En ocasiones, este mundo fantástico se nos amaga como compartido por los personajes de las diferentes series, pero lo que le da al fanzine un aspecto de cohesión como publicación es que sus autores se hayan puesto de acuerdo para emplear todos una composición de página con parrillas de viñetas de 3×3, lo que aumenta la sensación de estar leyendo un universo editorial con firma propia. Nimio tiene tres series de historietas con personaje fijos:  El cartero de Luis Yang, Cuellos tejanos de pana alta de Ferro y Miguel el Mago de Anabel Colazo. Uno de los aspectos más destacables del Nimio, sin duda alguna es la gran habilidad narrativa de sus autores y sus estilos gráficos ya muy definidos y característicos que yo personalmente asocio más a obras de animación que de cómic como el minimalismo cute de Hora de Aventuras o el estilo japonés “a la Miyazaki”. Hay incursiones también en el campo de lo abstracto y la experimentación. Pero más con una voluntad de juego y de disfrute que de ejercicio intelectual. Y de ir mudando el estilo de vez en cuando. Porque así es más entretenido y hacer siempre lo mismo, aburre. Bravo. Además de los Nimios le compré también a Luis su Daga, un tebeo de acción y fantasía oscura con un estilo minimalista y sucio, que me ha encantado. Un fallo tuve, eso sí: no llevarme el fanzine Taiga. Se les acabó el segundo y el primero, pensando que ya lo tenía, no lo compré. Peccato. A ver si en el Salón del Cómic.

 

No tiene gracia (Joaquin Guirao, Libros de Autoengaño)

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Recuerdo de hace bastantes años ya haberle leído al sociólogo Peter Berger en alguno de sus estudios elaborar una defensa del humor como herramienta del ser humano frente a lo que es incapaz de explicar, frente al absurdo que es incapaz de explicar. La otra opción era caer en el terror frente a lo incomprensible, el miedo, la inseguridad y quizás la locura. Es por eso que el humor y el terror fácilmente podrían ser dos caras de una misma moneda frente al dilema de lo raro, lo extraño, lo que no podemos aceptar. Y si esto es así, entonces Joaquín Guirao tiene un talento increíble para lanzar la moneda y hacer que esta aterrice de pie. ¿Humor o Terror? La decisión está en nuestras manos. Me declaro incapaz de sentenciar con que páginas de Esto no tiene gracia, uno debería reírse o incomodarse, depende de cada uno. Sería muy sencillo decir “humor negro” y ya. Pero no. Guirao deja caer la moneda y es caso de cada uno dejarla caer hacia un lado o hacia otro. Y tiene temas para todos los gustos. También en esta recopilación se puede disfrutar del amplio abanico de estilos gráficos del autor. La historieta que más me ha gustado es la de Cómo hacer cómics. La hostia con reverb a los dinosaurios que pululan por internet sentando cátedra desde sus tronos hechos de múltiples ediciones de El Príncipe Valiente es de proporciones épicas.

 

La reina orquídea (Borja González, El verano del cohete)

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Otra de las citas obligadas era la de hacerme con este tebeo, gracias a la reseña que Gerardo Vilches le hizo al tebeo en Entrecomics. Cualquier vuelta de tuerca de narraciones clásicas me parece más que interesante y La reina orquídea (El verano del cohete) cumple perfectamente con la labor de maravillar e inquietar al lector. Tomé el libro con acto de fe, sin apenas hojearlo y la recompensa ha sido alta. Si alguna influencia referencial hubiera de darle, seguramente tendría que situarla alrededor de la nouvelle bande desinée. Pero lo mejor de este tebeo es darse a su lectura: disfrutar de viñetas que buscan ser el eco minimalista de frescos pictóricos sin pérdida de dinamismo en la historia, dejar que los ciclos cromáticos y las transiciones del tebeo nos atrapen y llegar a su final en un mudo silencio de admiración.

 

Klari Moreno

 

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De Klari Moreno también tenía referencias por Entrecomics -no le puedo agradecer más a la web y a Gerardo la insistencia en dar foco a fanzines y obras publicadas en editoriales pequeñas que frecuentemente se me escapan- y tenía claro que iba a acabar visitando su stand. Por si fuera poco tras encontrarme con David F. de Arriba, antes de dar el paseo por los stands, él también insistió en la recomendación: tienes que ir a ver a una chica que se llama Klari Moreno. De esta joven autora madrileña del barrio de Chamberí creo que me lo llevé todo. Creo que lo más destacable es que tiene un estilo de dibujo muy personal y reconocible ya de forma muy temprana, algo por lo que muchos dibujantes se tiran de los pelos. Pero igualmente destaca su inquietud, una necesidad por experimentar e ir probando trazos, formas y composiciones sin perder un cierto equilibrio entre la estrategia gráfica racional y la expresión de lo emocional. En este artículo de Elisa McCausland se hace mención a un momento de absorción de imágenes y creo que su trabajo expresa esa búsqueda. En Origen, nudo y origen (La malvada Ediciones)trabaja con el punto de vista y la representación del paisaje para dar testimonio visual del ciclo de vida de una semilla a través de sus mutaciones. Women, wolfs n’bdsm (autoedición) es un conjunto de representaciones de mujeres atadas según la disciplina del shibari y cuya tensión llevada a cabo por diminutas bestias lupinas provocan la explosión líquida y la mutación en líquido y/o en lupino. Suspensión líquida (Ediciones Valientes) profundiza en esa temática representativa pero en forma de cómic detallando secuencialmente un proceso de atado y mutación de principio a fin con una cierta carga emocional en el recorrido. Relacionarse muy duro (La malvada ediciones) es un fanzine que recoge diversas metáforas visuales de la relación entre dos individuos insistiendo en los procesos de tensión y distensión, lo líquido como forma simbólica y donde explora el efecto de los espacios vacíos en la narración; por ello recomiendo, si pueden, que se hagan con la edición más grande de las dos que ha hecho de este trabajo. Finalmente, Hocicos Húmedos es un trabajo hecho a pachas con Joaquín Guirao dedicado al mundo perruno, pero muy alejado de los trabajos de cómics sobre mascotas habituales.

 

¿He dicho finalmente? Que va. A punto estaba de irme y me encontró el Amigas, que también me habían comentado que estaba muy bien. Y me consiguió una copia de este irreverente fanzine antes de alejarme mucho de allí. No le puedo estar más agradecido.

 

Gourmand Gohan (Alexis Aldeguer, Maiko San, Ilaria Mauro)

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¿Dije más arriba que por culpa de la falta de tiempo no pude dejarme sorprender por encontrar algo que no me esperara? Pues lo de Gourmand Gohan es la excepción. No es que la idea sea novedosa, pero si que no me esperaba encontrarme en el Graf un fanzine de recetas. Si ya soy un incondicional de los tebeos gastronómicos de cualquier tipo de cocina, formato o narrativa, imaginad que me topo allí con un fanzine de recetas de fusión entre la gastronomía japonesa y la mediterránea. ¡Como si no estuviera suficientemente enganchado al manga Oishinbo! Me lleve los dos ejemplares autoeditados hasta la fecha por sus propios autores: Alexis Aldeguer, Maiko San e Ilaria Mauro. El tebeo es divertido, ameno, didáctico,… las recetas parecen -aun no me he puesto a la labor de probarlas- bastante sencillas y sus autores las explican bastante bien. Además, son bastante originales por la cuestión de fusionar las dos gastronomías por lo que es un libro más que fenomenal para sorprender a visitas y convites.  Entre los muchos platos que se detallan bien seguro que vamos a darle un tiento al Okonomiyaki (la “tortilla” japonesa) y el Iwashi no Tsumire (unas albóndigas de sardina que tienen que estar deliciosas).

 

Panoli Creaciones y Ana Belén Rivero

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En el stand de Panoli tenían también cosas interesantes. El fanzine Fandom recoge dos historias convergentes en su centro. Tebeo de humor costumbrista, su primer número cuenta la historia de dos “tribus urbanas”, en este caso chonis y pijas. Comparten su autoría Clara Soriano por la parte de las pijas, autora que ganó el premio de autora revelación en el Salón del Cómic de Barcelona por Colmado Sánchez y con la que me he reído a carcajada limpia con su reseña de las 50 Sombras de Grey dibujada para El Jueves. Las chonis quedan al cargo de Genie Espinosa, de la que debo reconocer que no la conocía apenas pero cuya parte también me ha gustado mucho. Igualmente fue una grata adquisición El enigma de Boskov de Lorenzo Montatore, especialmente por poder llenarme un poco los ojos del estilo de este autor antes de hacerme con La muerte y Román Tesoro. Montatore tiene un dibujo muy característico que viene de la escuela del humor gráfico para prensa o para revista satírica de años ha, usado para contar historias con un punto dramático y existencialista. Seguramente Herriman podría ser una influencia también. Last but not least, allí cayó también el fanzine de Ana Belén Rivero, Mierda Cósmica, una catilinaria humorística y ácida en la que elabora un catálogo de las cosas que nos joden. Todo ello lo expone con un trasfondo de ciencia-ficción de dimensiones paralelas bastante gracioso presentado por Carl Sagan. Nada puede fallar.

 

 

Lo que me dejé

 

Por un lado, se me quedó en el tintero comprar el Que no, que no me muero de María Hernández Martí y Javi de Castro, que tiene una pinta estupenda. El porqué no me hice con él allí mismo -aparte de que seguramente iba a tener que pagarlo con las motas de polvo de mi cartera o bien robarlo, después de todo lo ya adquirido- se debe a que servidor es muy listo y se puso a hacer la vuelta por los stands a la hora de comer, cuando la mitad de los responsables no estaban o tenían a otros cubriendo su stand o su parte de él. Pero no me cabe duda de que caerá.

 

Por otra parte, debió ser la única vez que veo a Ceferino Galán con su parada de El Naufraguito y que no le compro ninguno. Según Ceferino, El Naufraguito ha cerrado su publicación en el número 101, publicado ya hace unos meses. “Aunque nunca se sabe” me dijo la última vez que pude charlar con él. “En el 101 lo mandamos al cielo y en el cielo puede pasar cualquier cosa”. Para los que no lo sepan, El Naufraguito es probablemente el fanzine más antiguo publicado en España -más de dos décadas ya- y posiblemente el que más números tiene. Mi colección particular ya tiene unos sesenta y es maravillosa, cada número es una sorpresa y un alarde de ingenio. Pero no es mi intención dejarla a medias precisamente. Ojalá muchos años más de este veterano e inusual fanzine.