Río Veneno (de Beto Hernández)

RIOVENENO

 

 

es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 27 – Palabra: VENENO

 

Obra: Río Veneno

Autor: Beto Hernández

Editorial: La Cúpula Ediciones

 

Reseñé por aquí hace unos días Nuevas historias del viejo Palomar de Beto Hernández, que vendrían a ser las últimas historias publicadas sobre la saga de Palomar -aunque no necesariamente las últimas en su cronología- y el azar de la palabra del día -“veneno”- me abre la puerta a reseñar el principio de la saga, recogida en las historias del libro Río Veneno.

 

En realidad, Río Veneno tampoco es exactamente el inicio de la saga de Palomar, pero sí que es el inicio cronológico de la serie, la precuela, para entendernos. Tras dibujar varios comics y asentar el universo y los personajes, Beto decidió coger a su personaje más destacado, Luba y visitar sus orígenes. Y ahí está, en sus primeras páginas, recién nacida y el drama ya flota en el aire. Para quien no haya leído las historias de Palomar, en mi opinión da igual por donde empieces a leer la historia porque en cualquier punto de su entrada te puede atrapar. La Luba de la etapa norteamericana es un personaje al que se le percibe como Beto le dibuja el peso de una vida encima. Por eso, cuando el lector acude a Río Veneno, es imposible que se le escape una lágrima al ver dibujada en ella la inocencia primigenia sabiendo algunas cosas que están por venir. También desborda la Luba adolescente, un personaje cargado de energía que arrolla al resto de los personajes con los que se va topando. Así como vemos desarrollarse la relación que tiene con Ofelia desde niña y el momento en el que el famoso martillo aparece por vez primera en sus manos.

 

Río Veneno carece, eso sí, de las características de realismo mágico que tienen el resto de los libros. Beto la concibe más como una suerte de drama latinoamericano con tonos de noir. Los personajes están desarraigados, prima la desconfianza y la incomunicación y en ese sentido, la llegada a Palomar, al final de la obra deja una idea como de haber llegado a un lugar especial, mágico, una suerte de Shangri-La mundano haciendo una transición idónea hacia los relatos que se dibujaron primero. Todo empieza de nuevo.

 

Se le ha considerado un libro inferior al resto de la serie, quizás por distanciarse en el tono y estilo de los libros de Palomar. Pero para mí sigue siendo un libro esencial, como el resto. En el mosaico de estas vidas de ficción que Beto ha ido construyendo a  lo largo del tiempo cada pieza del puzle importa y aporta.

 

 

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Maldiciones (de Kevin Huizenga)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 26 – Palabra: MALDICIÓN

 

Obra: Maldiciones

Autor: Kevin Huizenga

Editorial: Ediciones La Cúpula

 

Kevin Huizenga es uno de esos autores de los que su obra nos ha llegado de una forma un tanto irregular, no necesariamente a cuentagotas, pero sí de forma extraña. Se le ha publicado en diferentes editoriales, se le han publicado algunos libros y otros no. Y da la impresión de que en España no ha acabado de cuajar del todo. Es algo inusual porque por otra parte la obra de Huizenga llegó a obtener hasta cinco premios Ignatz en la década de los dos miles. Quizás es su fondo experimental, muy desarrollado en su formato favorito, el de los “minicomics”- el que impide de alguna forma su conexión con el público. A pesar de que su personaje Glenn Ganges conecta toda su obra, nunca sabemos que nos vamos a encontrar en sus cómics. Quizás ni el propio Glenn. Recuerdo, por ejemplo, la extraña sensación que me provocó leer El Reino Salvaje, un pequeño libro con historia de tan distinto narrativa, tono y tema, que hacía dudar al lector de si había un hilo de conexión entre todas las historias. En algunas aparecía Glenn, en otras no. Otras eran diagramas científicos sin ningún tipo de base real y en otros, textos sobre zoología encuadrados en viñetas sin ningún tipo de dibujo más allá del marco de las mismas, lo que ponía en duda ya no solo el sentido de todo aquello, sino incluso de estar ante un cómic.

Maldiciones es una obra anterior, recoge historias de Glenn Ganges -y algún otro personaje más del mismo “universo”- y su fondo experimental -que lo hay- no está tan “en los límites” como lo estaría luego El Reino Salvaje, quizás a excepción de alguna historieta concreta. Glenn se podría decir que es el americano blanco de clase media que vive con su mujer en una casa en una población americana cualquiera de casa con jardín, lejos de los grandes núcleos urbanos. Podría ser perfectamente el protagonista tabla rasa de cualquier tira cómica americana. Glenn y su situación de americano medio es una suerte de comodín que le sirve a Huizenga para contar casi cualquier historia. Normalmente empezando de la forma más costumbrista posible y luego derivando hacia un absurdo que no necesariamente busca ser cómico. Por ejemplo, en la historia “Calle 28” Glenn y su mujer buscan tener un hijo, pero no lo consiguen. Tras muchas pruebas e intentos, el médico llega a la conclusión de que Glenn tiene una maldición y tiene que arrancarle una pluma a un ogro que vive en la calle 28 para deshacerla. Glenn lo asume como algo “normal” y emprende la búsqueda del ogro.

 

Otras historias usan o introducen frecuentemente un tono académico o divulgativo (algo que como decíamos volvería a usar en El Reino Salvaje). Por ejemplo en “La maldición” una bandada inmensa de estorninos anida en el barrio de Glenn alterando la vida normal de la gente, que no puede dormir por el ruido o se encuentra sus coches llenos de mierda. Entre la narración de estos hecho, Huizenga nos introduce una extensa historia documental sobre la introducción del estornino en Norteamérica, sus costumbres y como la proliferación de los mismos se había intentado combatir con muchas dificultades. El tema ornitológico es también uno que Huizenga retoma con frecuencia: las aves con frecuencias tienen un papel importante en su obra, son como un personaje omnipresente. También lo suele ser la naturaleza.

 

Quizás lo más comentado de las historietas de Ganges es esa suerte de vacío existencial que dejan sus historias. Como si nada tuviera sentido. Como si todo fuera un chiste. Como si el conocimiento de las cosas, sí, es importante, pero al final, para qué. Quizás la historia que más destila esto es la más diferente del resto “Caso 0003128-24”. En ella, se cuenta con textos el informe de la relación entre un hombre y una mujer que termina por el nacimiento de un hijo de ambos. La historia se cuenta con una asepsia total, un informe desprovisto de emoción alguna por parte del informante. Todos estos textos se van narrando en una secuencia de imágenes de paisajes naturales al estilo de los libros ilustrados del Tao Te Ching. De alguna forma parece como si experimentara sobre como las imágenes pueden influir sobre lo narrado en texto. O viceversa. A mí personalmente, este tono de Huizenga, este sentir de contar historias me recuerda un poco a Inio Asano -se llevan tres años de diferencia-, si bien muy probablemente son autores que no tengan ningún tipo de relación entre si y probablemente no se influencien el uno al otro. También son dos autores de contextos y de tradiciones históricas de historieta que están en las antípodas. Si bien los dos han recogido esas tradiciones para acabar contando lo que han querido, experimentando por el camino o probando a contar historias que no se habían contado aun. Y de alguna forma comparten un tono de fondo, una atmósfera un poco deprimida y nihilista. Todo acabó ya hace tiempo y aquí estamos. Vamos tirando. Y vamos contando historias mientras tanto.

 

 

 

Rork (de Andreas)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 25 – Palabra: OLVIDAR

 

Obra: Rork

Autor: Andreas

Editorial: ECC Ediciones

 

 

Pretender hacer una reseña breve de Rork es una tarea destinada a fracasar. Hay tanto que contar de la increíble historia que dibujó Andreas desde el 1978 hasta finales de siglo pasado que para el efecto de esta reseña lo centraré en tres aspectos pasionales. No va a ser esta una reseña muy académica u objetiva. Me voy a dejar llevar un poco: Rork probablemente entraría en un top 10 de mis tebeos favoritos.

 

El primer aspecto es el de la amnesia del protagonista. Siempre es una idea que me ha atraído de cualquier historia y que como gancho funciona fenomenal. Rork es un investigador de lo paranormal, alquimista, nómada, detective y… misterioso. Rork encarna el misterio. Andreas lo dibujo envuelto en misterio, con su larga melena albina, sus largos abrigos oscuros, sus rasgos recios y su mirada firme. Que el personaje no recuerde su pasado no solo permite construirlo sobre la marcha, sino que permite que el lector viva con el protagonista principal la recuperación de la memoria. En cualquier caso, Andreas se reservó siempre la identidad auténtica de Rork para las ultimísimas páginas de la obra, en uno de los finales más ocurrentes y bonitos de la historia del cómic, algo inesperado que, sin embargo, siempre había estado allí.

 

El segundo aspecto es el de las fuentes con las que Andreas construye todo un mundo sobrenatural. Lo usa todo, desde las novelas de detectives hasta el terror lovecraftiano. La fantasía oscuray la ciencia-ficción para adultos típica del cómic francobelga de los ochenta. El misticismo chamánico que se trajeron Jodorowski y Moebius. Pero quizás mi favorito es el estilo de construir lo sobrenatural un poco a la forma borgiana, con conceptos a priori imposibles. Cosas que existen y no. Dimensiones no palpables. Bibliotecas infinitas, catedrales perdidas que contienen laberintos.

 

El tercer aspecto es la cuestión de la forma. En el epílogo de la obra, Andreas creo que nos daba una pista. Varios personajes llegaban a la conclusión de que lo único que quedaba de todos los sucesos extraños que habían ocurrido eran unos signos, unas formas. Y puede que eso hubiera sido Rork: un gran patio de juegos donde experimentar. Donde cada instancia sobrenatural que sucedía en la historia permitía al dibujante jugar con los diseños, con las composiciones para potenciar las sensaciones de estar ante algo extraño, algo nuevo, fuera de las leyes de la física -en este caso las de los cánones del cómic- algo nunca visto hasta entonces. Seguramente para ello Andreas siguió la estela de autores que ya estaban creando época como Alberto Breccia, François Schuiten, Gianni de Luca o Philippe Druillet tanto empleando algunos de sus recursos o inspirándose en su imaginería, como desarrollando recursos propios y estableciendo su propio estilo visual.

 

Irónicamente, como su protagonista que siempre estaba entre mundos, parece que Rork se ha quedado a medio camino entre la gran obra de la bande desinée francobelga, sin alcanzar a los grandes -se le olvida con frecuencia- y la obra de culto, adorada por una pequeña legión de fieles, que volvemos a sus páginas de tanto en cuando. Es como ese libro que tras leerlo, no pierde la magia y que cada vez que volvemos a él, descubrimos detalles nuevos.

Eight-Lane Runaways (de Henry McCausland)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 24 – Palabra: AVENIDA

 

Obra: Eight-Lane Runaways

Autor: Henry McCausland

Editorial: Otto Press (UK)

 

No había leído nada de Henry McCausland hasta que me topé con este cómic de grapa en la librería Fatbottom en Barcelona y me llamó la atención mucho. Buscando su obra por internet, me encuentro que es un ilustrador que parece tener una preferencia por el dibujo de paisajistas que alternan lo rural con lo urbano, siempre con una cierta armonía. En medio de esos paisajes, el ser humano aparece como un elemento más del paisaje, realizando algún tipo de actividad. Pero lo importante es la panorámica, el mundo.

 

Esto no sería nada especial -muchos ilustradores trabajan la paisajista- si no fuera por la importancia de la misma en la obra que nos ocupa Eight-Lane Runaways. McCausland parece haber construido un mundo en el que contar historias favoreciendo sus preferencias. Y en esto me recuerda a unas palabras que dijo Tillie Walden en una charla. “Dibuja lo que te apetezca dibujar”. El autor de este tebeo construye con eso un mundo. Y luego echo a los personajes a correr.

 

Las primeras páginas de este cómic nos enseñan una vista aerea de donde transcurre la acción, lo que va a dirigir la acción durante la historia. Vemos una geografía de montes cubiertos de bosque y una avenida que la cruza. Nos acercamos un poco más en la siguiente doble página y la avenida que vemos es una pista de carreras de ocho carriles por la que avanzan dos corredores. A estos dos se le van agregando otros hasta formar un grupo de ocho. Todos llevan ropas distintas, no parecen ser de un mismo equipo, a pesar de que corren juntos. También cada uno se une de forma distinta a la carrera. Finalmente llegan a un punto donde alguien les explica una regla a seguir y entonces empieza la carrera de verdad.

 

En Eight-Lane Runaways lo importante es el movimiento. No hay una historia concreta. Las historias pasan en la pista de carreras y alrededor de la misma. Y de las interacciones entre los ocho corredores inciales -entre ellos y con otros- vamos haciéndonos una idea de esta suerte de pequeño paraíso de los runners donde todo el mundo practica deporte y es feliz, de alguna forma, haciendo lo que hace. No hay apenas conflicto, lo que le interesa a McCausland es que los personajes se muevan y el paisaje pueda ir cambiando, lo que le permite dibujar nuevas cosas constantemente y hacer estudios del movimiento. El dibujo es sencillo, limpio y las composiciones juegan en ocasiones a la diagramática, un poco al estilo de Chris Ware. No es baladí traer aquí a Ware: en Eight-Lane Runnaways se detecta una suerte de eco a los pioneros del cómic. Las estampas de Épinal, a Caran d’Ache, a Arthur Frost. Tanto el dibujo como la ingenuidad de las historias revelan esa influencia. También me recuerdan de alguna forma a los cómics de Lyonel Feininger de Wee Willie Winkie’s World donde el paisaje no solo era importante, sino que era un personaje más, cobrando vida. Esta podría ser, sin duda alguna, una referencia capital de McCausland.

 

De Eight-Lane Runnaways han salido publicados dos números más y la verdad es que tengo mucha curiosidad e intentaré hacerme con ellos lo antes posible. Cualquier autor que presente propuestas como estas, recogiendo el testigo de una forma de entender la experimentación que reúne exploración gráfica y divertimento en el acto de dibujar, es digno de atención.

 

 

 

 

 

Los esclavos olvidados de Tromelin (de Sylvain Savoia)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 23 – Palabra: RACISMO

 

Obra: Los esclavos olvidados de Tromelin

Autor: Sylvain Savoia

Editorial: Ponent Mon

 

Sobre la obra de hoy ya hice una extensa reseña en Cuadernos de Cómic tratando de cubrir todos los aspectos interesantes que tiene la obra de Sylvain Savoia, destacando la tradición hasta la fecha de hacer biografía en cómic. Me interesa recuperar esta obra para este evento, Reseñoviembre, por muchas razones. Primera porque a pesar de que escribo estas textas a razón de la palabra “racismo” que es la que define el día en el que va encuadrada, la estoy escribiendo también el día que debería salir la reseña del día con la palabra “olvidar”. Y precisamente lo que quiero hacer al insistir sobre esta obra es recordar lo olvidada que está esta historia -una de racismo, claro está- y como de olvidadas están también algunas de las obras que nos trae Ponent Mon y que nos hacen mirar hacia atrás en la historia para recordarnos los errores que se han cometido, las salvajadas inhumanas que se han hecho. Y aun así parece que no nos interesan. Ya recuperé también Etunwan, que habla de la desaparición de la cultura nativa americana con la llegada de la industrialización, obra que apenas he visto comentar en la crítica. Y esta, Los esclavos olvidados de Tromelin, me parece igual de importante.

 

La historia nos la cuenta Savoia en dos relatos paralelos que suceden alternativamente en el 1761 y en el 2008, con dos siglos y medio de diferencia. La primera cuenta el hecho central de esta crónica. Un barco francés cargado de esclavos naufraga en el Océano Índico, permitiendo que una parte de la tripulación -tanto esclavistas como esclavos- sobreviva en un islote de apenas un kilómetro de largo, sin más vegetación que arbustos. Los franceses tras varios intentos consiguen salir en una barcaza construida con los restos del buque, pero dejan allí a los esclavos, a su suerte. Durante quince años consiguieron sobrevivir hasta que fueron rescatados los supervivientes que allí quedaban. El otro relato, el más cercano al presente, es el del propio Savoia, dibujado como un cuaderno de viajes antropológico. En él cuenta como se embarca con un grupo de expedicionarios en un proyecto arqueológico en el islote de Tromelin para recuperar los restos de la sociedad que allí construyeron.

 

El relato es escalofriante. Savoia modula muy bien el estilo gráfico de uno y otro relato para que el lector sienta el paso del tiempo. También elabora ciertas simetrías o paralelismos con uno y otro relato. La salida forzada de los esclavos de sus hogares y el inicio del viaje desde Francia de Savoia. El naufragio violento y desastroso en Tromelin y el aterrizaje seguro y tranquilo de los expedicionarios en el mismo sitio muchos años después. El autor siembra muchas reflexiones durante toda la obra, pero creo que lo más importante es el eco que deja al final del relato. Su receptor es el lector, quien debe decidir qué hacer con lo que ha leído. Dejarlo pasar como una historia curiosa más o recordarla, pasarla a otros y procurar que no vuelva a suceder.

 

Wildstar (de Al Gordon, Jerry Ordway, Reuben Rude y Olyoptics)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 22 – Palabra: PEGAJOSO

 

Obra: Wildstar

Autores: Al Gordon, Jerry Ordway y Reuben Rude/Olyoptics

Editorial: Planeta de Agostini (World Comics)

 

Todos los que vivimos la Image primigenia guardamos el recuerdo de las primerias series que salieron, con gran bombo y platillo, sus estrategias comerciales y sus personajes refritos de otros personajes que apilaban capas de molar sobre capas de molar pero que en el fondo estaban bastante vacíos de contenido más allá de algunas ideas iniciales que podían ser interesantes sin ser del todo originales. En el maremagnum de series que se parecían a otras series, surgió una miniserie que iba bastante a contracorriente pero que destacaba, de alguna forma por hacer un poco verdad aquello de lo que la editorial iba poniéndose medallas al principio, que es el hecho de darle libertad a los autores para hacer sus propias obras.

 

Wildstar, guionizada y entintada por Al Gordon, dibujada por Jerry Ordway y coloreada por Reuben Rude y Olyoptics, es una película de acción ochentera, vestida de tebeo de superheroes. Terminator con mallas. Es tan Terminator, que su protagonista, en muchas ocasiones nos recuerda al amigo Arnold Schwarzenegger directamente. Micky Gabriel, el típico joven americano blanco que ha salido en mil tebeos, se topa con Wildstar un humano venido del futuro para intentar cambiarlo al que le están dando caza otros que también vienen de allí. Tanto Wildstar como sus perseguidores poseen unos organismos alienígenas que se adhieren a sus cuerpos y que, en una relación de simbiosis les facilitan poderes sobrehumanos variados. Terminator con mallas con un poquito de David Cronenberg, quizás. Toda la miniserie narraba esa persecución de forma bastante canónica, pero resultaba entretenida y no olía a refrito de refrito de refrito. Tuvo continuidad en una serie regular posterior, pero no tuvo mucha duración. Sí que el personaje tuvo apariciones puntuales en otras series, pero más allá de eso, allí se quedó.

 

La miniserie, de alguna forma, miraba hacia atrás y hacia adelante de lo que era Image en ese momento. Hacia atrás porque esquivaba el grafismo noventero repleto de trampas y truquitos visuales -en Wildstar no hay “pin-ups internos”, páginas de dos o tres viñetas y suelen recordarnos donde sucede la acción con bastante frecuencia al dibujarnos fondos- para acudir a un estilo de cómic más clasicista en el dibujo, pero funcional y espectacular en su narrativa. En el segundo episodio hay una escena de acción muda de nueve páginas que es un derroche de energía con una secuencia que va in crescendo haciendo que el lector se agarre a la silla. Y hacia adelante porque su estructura de miniserie, de historia casi desconectada del universo Image -salvo una aparición puntual de Savage Dragon- le concedía un estatus de historia independiente que permitía a los autores contar lo que querían contar. El resultado, en mi opinión, era una historia de superheroes muy buena, honesta y entretenida, que dejaba al lector satisfecho tras su lectura porque, además de tener buena factura gráfica, contaba una historia que empezaba y terminaba con un giro medianamente sorprendente hacia el final, al menos en aquel entonces.

 

 

 

 

El mundo a tus pies (de Nadar)

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es una iniciativa que imita al reto de los artistas del , pero desde el reseñismo y la divulgación, ofreciendo 30 reseñas en los 30 días del mes de noviembre, a menudo partiendo de unas palabras-estímulo comunes a todos los participantes.”

Reseñoviembre – Día 21 – Palabra: CRISIS

 

Obra: El mundo a tus pies

Autor: Nadar

Editorial: Astiberri

 

De un tiempo a esta parte acudir al formato apaisado para publicar un cómic se puede considerar prácticamente una decisión autoral, salvo contadas excepciones. En la historia del cómic en España el formato apaisado tiene un hito en los llamados “cuadernos de aventuras”, cómics que se publicaron en las décadas de los cuarenta a los sesenta, cuyo formato siempre era este, el de libreto horizontal. Las historias invariablemente eran del género de aventuras en contextos históricos varios, pero también de fantasía o ciencia-ficción. El héroe -varón siempre- se enfrentaba al villano para salvar el día. Los niños querían ser como El Capitán Trueno, El Hombre Enmascarado o El Jabato, héroes de un coraje infinito, que no se rendían jamás. En el cuaderno de aventuras, no todos los autores supieron aprovechar al 100% el formato horizontal -dibujaban “hacia abajo” como si dibujaran en formato vertical, luego recortado- salvo casos como el de Iranzo con El Cachorro, donde la acción se movía más a través del sentido de izquierda-derecha, aprovechando la horizontalidad que era lo que encuadraba al libro, haciendo más dinámica e ininterrumpida su lectura por parte del lector.

 

Por eso, cuando acaba en mis manos un cómic que decide recurrir al formato apaisado -ahora mismo una excepción respecto de lo que encontramos habitualmente- primero me hace pensar en que hay una decisión autoral a la hora de plantear la obra. Y luego me vienen al recuerdo los cuadernos de aventura.

 

Lo primero que podemos hacer es ojear el libro y enseguida vemos si la narrativa acompaña a ese sentido. En la mayoría de los casos actuales es así. Creo que por parte de los autores contemporáneos se ha adquirido una conciencia de “hacia donde”  va la historia en el espacio físico en la que va a ser ilustrada. Incluido el salto de página. Este es el caso de El mundo a tus pies de Nadar. En ella, el autor no solo es consciente del formato apaisado, sino que va más allá. Muchos de los recursos visuales que se han desarrollado a lo largo de los años -después del cuaderno de aventuras- y que se han desarrollado en “cómics verticales” Nadar los emplea aquí, adaptándolos o versionándolos, siempre teniendo presente el espacio físico dinal y qué recorrido seguirán los ojos del lector. No solo hace esto, sino que además en casi todas las historias la narración consigue exitosamente acentuar las emociones subyacentes en cada escena, el pulso de cada momento. La quietud. La tensión. La rutina. El hastío. La sorpresa. La tristeza. La esperanza.

 

El mundo a tus pies es, a priori, un tebeo en las antípodas de los cuadernos de aventuras. Ambientado en la época del momento de su concepción -y, por la tanto, testimonio de la misma- cuenta tres historias de personas que están viviendo en sus vidas las consecuencias de la crisis económica iniciada a principios de este siglo. Por ello, estas personas, que están desempleadas o que trabajan por un salario mínimo -si llega-, que no están necesariamente en una situación de pobreza -pero a la que les bastaría un empujón para lanzarlos a ella- estarían muy lejos de ser los protagonistas de tebeos como las aventuras épicas de El Capitán Trueno. Por ello, también a priori -y me repito intencionadamente- titular el libro “El mundo a tus pies” suena a ejercicio de ironía. En realidad el mundo pesa sobre las cabezas -más que estar a los pies–de estas personas cuya situación laboral y económica está lejos de ser la deseable. Nadie querría estar en su situación.

 

Creo que Nadar también estudia muy bien qué historias quiere contar y la situación y circunstancias de sus protagonistas para abordar todos los temas de la crisis. Hay una reflexión sociológica muy importante en su trabajo que lo acerca a autores como Marcos Prior. En las historias de Carlos, David y Sara no solo importa lo que les pasa a ellos, sino también las de los personajes que los rodean -sus familiares, sus amigos, sus compañeros de trabajo-. El autor se las arregla muy bien para que ellos tres sean los protagonistas, para que sus dilemas sean los quids de las historias contadas pero también abre campo al resto de personajes para hacer una panorámica social amplia. De esta forma el recorrido es exhaustivo.

 

Y empezamos a considerar también que los protagonistas, de alguna forma, son héroes también, aunque el tono del relato no es épico ni mucho menos. Los protagonistas de El mundo a tus pies son personas que pueden sufrir discriminación por múltiples razones desde las sociedades en las que vivimos. Por no tener estudios, por marcharse al extranjero -convirtiéndose en extranjeros-, por dedicarse a la prostitución, por ser gay, por trabajar limpiando escaleras, por ser comercial telefónico, por ser mujer. Todos están muy lejos de los varones blancos musculados de entonces. Y Nadar coge a todas esas personas y las dignifica. Las enseña en sus entornos, con la situación que están viviendo, expresando sus inquietudes, dialogando con otros y tomando decisiones difíciles, decisiones que tienen consecuencias. Y consiguen llegar a ciertas resoluciones no por un ejercicio de coraje y osadía individual -o no solo- sino por un ejercicio de reflexión y diálogo -interno o con otros-. Los dignifica, los hace héroes, manteniendolos humanos. Porque resisten y toman decisiones. Porque no se rinden. Y el título, pues, no funciona como ironía, sino como ejercicio de rendición literal, como oda. Aunque el mundo pese sobre sus cabezas, el mundo debería estar a sus pies. Y ese es el mensaje que manda Nadar.

 

Al final, las tres historias de El mundo a tus pies creo que funcionan en realidad como una sola. Por toda esta construcción panorámica comentada, pero también por la conexión implícita entre las historias. Hay una tensión creciente entre ellas. La historia de Carlos es más dialogada, algo más apacible -no sin cierta tensión en el recorrido- en su conclusión. La de David es más silenciosa pero también inquietante, con una determinación que no se expresa pero se siente. La de Sara, la última, recoge la tensión construida en un dilema final que enfrenta a dos generaciones elevando la tensión a cotas máximas y resolviéndola tanto con un puñetazo en la mesa como con comprensión y algo de amor. Con acción y reflexión. El tono de cada historia, de alguna forma, es una expresión del carácter de cada personaje. Pero están conectadas entre ellas haciendo que el conjunto funcione en una dirección. Como el tren que, curiosamente, protagoniza la última viñeta del tebeo.